martes, 21 de noviembre de 2017

NUEVOS DERECHOS SOCIALES


Apenas es aún otra cosa que una llamada de atención frente a la desigualdad rampante. En Gotemburgo, Suecia, los gobernantes europeos han definido un “pilar” de nuevos derechos sociales, con el vago compromiso de impulsarlos en todos los países, así de la Unión Europea como de más allá del espacio institucional y jurídico de la misma.
Todos los inicios son pequeños, por mucho que se solemnicen. He leído en alguna parte que el instrumento creado por la UE es un esfuerzo para poner coto al populismo. Me parece un argumento de una lógica viciada. Sugiere que el mal original que se trata de atajar no es la desigualdad en sí misma, sino el hecho de que la indignación que provoca dé alas a los “populismos”, extraño cajón de sastre, cada vez más utilizado para designar cada vez más realidades distintas.
Pero el origen de esa desigualdad patológica no está en el populismo, sino en el comportamiento salvaje de un capitalismo neoliberal, financiarizado y más rapaz que nunca.
El nuevo pilar de derechos definidos por la UE no es aún más que un incentivo, un aliciente institucional a dar forma terrenal a las vaguedades etéreas que se describen, y plasmarlas en realidades concretas, país por país. El primer derecho que se trae a cuento es el de una educación “de calidad”. Siguen otros, caracterizados de la misma forma imprecisa: a la “igualdad de oportunidades”, a la “inclusión social”, a un salario “justo, que permita condiciones de vida decentes”. Son desiderátums, no aún derechos efectivos reivindicables: en cada uno de ellos se puede recorrer una escala variable de situaciones entre el cero y el infinito.
Sin embargo es importante, de momento, lo que se niega con una declaración de ese tipo. Se niega una educación “sin” calidad, se niega la desigualdad de oportunidades, la exclusión social, los salarios indecentes.
En el ámbito de los derechos sociales y de ciudadanía, ningún concepto es unívoco, nada es decididamente bueno o malo. Se hace necesario, entonces, que las partes sociales e institucionales implicadas discutan los contenidos y evalúen los efectos de cada norma, que se experimente colectivamente para ver a qué situaciones conduce, y que se rectifique de común acuerdo en caso de advertirse un desvío entre la norma y el objetivo pretendido. Determinadas iniciativas contienen una gran carga de ambivalencia. La renta básica, por ejemplo, puede favorecer, según las condiciones que se establezcan, la inclusión social, pero también lo contrario, si su función real es la de compensar a los damnificados por una exclusión social reconocida y ratificada. Sería el caso si se sustituye el derecho inalienable de toda persona a un trabajo digno o decente, por el derecho vicario a una renta vitalicia de subsistencia. De esta forma, la república de trabajadores definida en los artículos primeros de algunas constituciones, degeneraría en un mero consorcio de consumidores.
Lo decisivo de la nueva definición ambigua de los derechos sociales va a ser la fuerza reivindicativa con la que sean asumidos. Los gobiernos, incluido el español, han dado el primer paso al reconocerlos “en la perspectiva” – no en el derecho positivo –, pero sus efectos en la vida de las personas no existirán si no son incluidos, no de forma genérica sino en lo concreto y en el detalle, en las plataformas reivindicativas que preparen los partidos en sus programas electorales, y los sindicatos en la concertación centralizada más la negociación en cascada en sectores y en empresas.
Otro principio, bien establecido en su formulación teórica pero desmentido luego en el trantrán de lo cotidiano, debe entrar también a informar las plataformas políticas y sindicales con la mayor urgencia: me refiero al desarrollo sostenible, a la lucha por la conservación del planeta, contra el cambio climático, por las energías renovables y contra la rapiña de las materias primas. La vieja disyuntiva entre progreso y conservación ya no tiene sentido, cuando el “progreso” se traduce por beneficio rápido para el accionista, y la conservación ha ascendido en la escala de valores de la humanidad hasta situarse en primerísimo plano, como una cuestión de vida o muerte (literalmente).
La ventana de oportunidad en la que se encuentran al respecto tanto partidos políticos como sindicatos, es que el trabajo ha mutado: la fábrica fordista, que tanta contaminación generó paralelamente a tanta riqueza, es hoy chatarra obsoleta, y el despliegue de las nuevas tecnologías en el ámbito de la producción y de los servicios dibuja nuevas posibilidades de cooperación y de codeterminación en los objetivos de una economía mucho menos centrada en la cantidad que en la calidad del trabajo, y mucho más pendiente del cuidado exquisito en las formas de producir, como premisa indispensable para que la humanidad tenga, en primer lugar y ante todo, un futuro (porque incluso esto está cuestionado); y en segundo, inmediato e imprescindible lugar, un futuro mejor para todos.
 

domingo, 19 de noviembre de 2017

EL FORAJIDO Y EL SHERIFF


Veo en elpais una fotografía descubierta en fecha reciente en la que aparecen juntos Billy the Kid y el hombre que lo mató, Pat Garrett. Aparecen ambos formando parte de un grupo de hombres jactanciosos y malcarados, pero no parecen conscientes el uno de la presencia del otro. Uno había empezado ya, y seguiría por breve tiempo, una carrera criminal: robos con violencia, la vida y la muerte prendidas en la rapidez para presionar el gatillo. El otro elegiría el lado de la ley.
No hay gran diferencia entre los dos, en la imagen. Esta remite a un Oeste salvaje, aún no sometido a los códigos de Hollywood, que lo convertiría en espectáculo dominical de masas. En la Britannica aparecen biografías sucintas de los dos personajes. Garrett nació en Alabama, y a los 17 años se despidió de su familia y marchó a Texas, a buscarse la vida como cazador de búfalos. Billy nació en el East Side de Nueva York, y acompañó a sus padres en la emigración ritual al oeste. Los dos hombres coincidieron hacia 1878 en Lincoln, Nuevo México, donde posiblemente se hizo la fotografía, en el interior de alguna cantina.
Poco después, en 1880, el Kid mató a dos hombres en la calle mayor, y se dio a la fuga. Garrett, que había sido elegido sheriff del condado, lo persiguió y apresó. Billy volvió a escapar, después de matar a los dos agentes que lo custodiaban. Finalmente Pat pudo localizarlo en Fort Sumner, Nuevo México, en el rancho de un hombre llamado Peter Maxwell. Le tendió una emboscada, y lo abatió a tiro limpio el 14 de julio de 1881, entre dos luces.
No lo desafió, no hubo un duelo al sol poniente entre dos pistoleros rápidos y mortíferos. Sencillamente, Garrett disparó aprovechando el descuido del otro. Había una recompensa por la persona de Billy, vivo o muerto, dead or alive. Billy Bonney (o Henry McCarthy, nombre verdadero o inventado con el que asistió a la escuela en su Nueva York natal) tenía al morir 21 años y había matado a 27 hombres.
Su matador no escapó al mismo destino. Patrick Floyd Garrett, propietario de un rancho en Las Cruces, siempre en Nuevo México, fue baleado el 29 de febrero de 1908, en un camino solitario, por un vecino con el que tenía un pleito de lindes, Wayne Brazel. En el juicio, Brazel alegó legítima defensa y salió absuelto. Siempre hubo la sospecha de que en este caso hubo también una emboscada, y el matador no estaba solo cuando se deshizo de su rival. Pat Garrett tenía muchos enemigos y una reputación de hombre peligroso.
 

viernes, 17 de noviembre de 2017

REESCRIBIR EL RELATO


Quienes nos aseguraban alegremente que la independencia estaba a tocar, que no iba a pasar ninguna desgracia y no había que tener ningún miedo, nos aseguran ahora exactamente lo contrario. Marta Rovira, número dos de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y candidata in pectore de Oriol Junqueras para la presidencia de la Generalitat después de las próximas elecciones ilegítimas, cuenta a quien la quiera oír (en RAC1) que desde “Madrit” se amenazó al Govern legítimo con muertos en las calles si se tiraba adelante con la DUI.
No fue esa la sensación que tuvimos en su momento. Como pruebas en contrario, se pueden señalar por lo menos dos: 1) que sí se tiró adelante con la DUI; 2) que no hubo – afortunadamente – víctimas personales como consecuencia de aquel poco memorable “acto simbólico”, para darle la calificación elegida por Carme Forcadell, presidenta del extinto Parlament y que ya ha anunciado su intención de reincidir en el intento, en las filas precisamente de ERC.
Nos encontramos así ante un relato perfectamente duplicado: no habíamos de tener miedo, y por ello se tiró la independencia para adelante, pero sí habíamos de tener miedo, y por esa razón se recurrió al simbolismo, no fuera que alguien prenguès mal. En consecuencia, no disponemos aún de una independencia de la buena, pero todo se apañará en una próxima legislatura si mantenemos la fe, y ampliamos en lo posible el voto masivo al mismo circo que nos ha colocado en una situación insoportablemente desairada. Después del sí pero no, ahora es llegado el momento del no pero sí. Adelante una vez más con los faroles. Del simbolismo del que nunca fuimos informados vamos a pasar ahora a la realidad real, sin ser informados tampoco de cuáles son las circunstancias que han cambiado. El paso se hará sin necesidad de rendir cuentas a nadie por el estropicio causado, y sin aclarar quién ni cómo habrá de pagar la cuantiosa factura.
Eso sí, se nos aclara que la nueva independencia llegará esta vez sin DUI, para evitar que llegue la sangre al río. Ahora el proceso incluirá la búsqueda de un consenso pacífico y relajado con un gobierno central dispuesto a freírnos a todos a tiros, a la más mínima.
Lo decididamente insoportable de Marta Rovira no es que sea mentirosa, que Deu n'hi do, sino que además es redicha. Me trae recuerdos ominosos de una “seño” que tuve en el parvulario: ella siempre lo sabía todo, y nosotros/as, la liga de los con bata, no solo no sabíamos nada sino que tampoco merecíamos saberlo.
No se puede humillar así la dignidad innata de un/una párvulo/la. Si Marta Rovira sabe más que nosotros, que nos lo cuente. Pero sin trampas. No a través de dos relatos contradictorios que estamos obligados a creer a pies juntillas, los dos a la vez.
 

jueves, 16 de noviembre de 2017

SALVATOR MUNDI


Un cuadro atribuido a Leonardo da Vinci ha sido vendido en Nueva York por una cantidad equivalente a 382 millones de euros. Es la pintura más cara de la historia comercial del arte. No es, sin embargo, ni de lejos, la mejor pintura de Leonardo, que difícilmente podría competir a su vez por el título de mejor pintor de la historia.
Se impone la conclusión de que el Salvator Mundi ha sido muy sobrevalorado en la reciente subasta de Christie’s. Algunos expertos han puesto en relación su sonrisa con la de Mona Lisa, dado que las dos pinturas fueron creadas por la misma mano y hacia la misma época. Me da igual. De hecho mi nieta Carmelina (12 años), que visitó el Louvre este verano pasado, no alcanzaba a comprender por qué la Gioconda estaba rodeada por un gentío, con lo sosa que era, mientras al lado la Virgen de las Rocas, mucho más bonita, no tenía ninguna cámara japonesa que la enfocara.
Otro especialista ha dicho que el Salvator es una especie de Santo Grial de la pintura. Seguramente lo ha dicho en twitter, y lo único que se proponía era conseguir miles de miles de likes. Es el triunfo de lo efímero en las redes, el cortoplacismo llevado a sus últimas consecuencias. En todo caso, importa recordar que la búsqueda del Grial (el cáliz de la Última Cena) tuvo importancia histórica debido a que algunas leyendas lo consideraban oculto por artes mágicas, y le atribuían propiedades prodigiosas. El Salvator estuvo, eso sí, perdido durante siglos, reapareció en circunstancias dudosas, fue manipulado, un coleccionista norteamericano lo compró por 90 dólares, y hacia 2005 los expertos, después de una limpieza a fondo, reconocieron en él la mano del maestro. Hasta ese momento había en el mercado una veintena de Salvator clasificados como obras de taller o copias contemporáneas de la tabla de Vinci. Nadie puede decir que la vedette actual de la subasta de Christie’s haya sido el único original auténtico de toda esa troupe destinada a oratorios privados de gentes acomodadas. Ni siquiera es del todo seguro que sea un original. Hay expertos que miran el asunto con bastante escepticismo.
Sobre una base tan aleatoria y cuestionable se hacen y se deshacen muchas reputaciones, tanto en el terreno del arte como en otros. Antes han sido los cuadros más caros de la historia una obra de Picasso indistinguible de otras menos afortunadas desde el punto de vista económico, y otras de Lucien Freud, o de Paul Gauguin, tampoco especialmente destacadas en la obra de sus autores. La significación de las cifras monetarias en la valoración de una entidad, el arte, que tiene un carácter eminentemente subjetivo, es nula.
Pero es que tampoco la cotización del dinero viene a ser un metro de platino iridiado. De modo que si el mismo Salvator vuelve a salir a subasta dentro de, digamos, veinte años, no será ninguna sorpresa que se venda por el doble o por menos de la mitad de lo que ayer pagó un comprador anónimo, no mencionado en ninguno de los periódicos en los que he leído la noticia.
 

martes, 14 de noviembre de 2017

QUEREMOS TANTO A ICETA


Puede que a fin de cuentas las próximas elecciones catalanas no sirvan para nada; que no signifiquen ninguna solución.
Lo digo con la boca chica, por supuesto; no lo deseo. Tenemos una oportunidad de remendar el casco de la nave y tapar unas cuantas vías de agua. El independentismo ha llegado ya al punto extremo de su recorrido, ha declarado la república. Sin glamour, sin solemnidad, sin convicción, mirando al tendido y con cara de funeral, pero la ha declarado. Resulta que no se proponía nada más. Nunca estuvo en la mente de nuestros gobernantes, según declaración propia, algo así como por ejemplo gobernar la república; solo querían declararla. “No estábamos preparados para la independencia”, van diciendo en distintos foros. El procés  ha devenido más o menos lo que la vida según Macbeth: un cuento contado por un idiota (lo siento, no lo digo yo, lo dijo Shakespeare, vayan a él con las reclamaciones). «Lleno de ruido y de furia, y sin ningún significado.»
Dejemos de lado los destrozos que todo el asunto ha traído en la economía y en el tejido social. Lo grandioso, por las dimensiones de lo deplorable, es la exhibición de irresponsabilidad que han dado quienes aseguraban anteayer que todo estaba previsto hasta el último detalle, y confiesan ahora que improvisaban sobre la marcha.
Por tanto la convocatoria de elecciones, siquiera sea en aplicación del odiado artículo 155 de una Constitución palmariamente insatisfactoria, representa una oportunidad para ir colocando las cosas en su sitio; si más no, para reemplazar las irresponsabilidades del gobierno anterior por un proyecto plural quizá defectuoso y alicorto, pero capaz de llevar a cabo los zurcidos necesarios en el vestido de gala, y dejar tal vez puestos algunos cimientos de otra cosa.
Es en esta situación cuando la alcaldesa de Barcelona rompe su pacto de gobierno con el PSC. ¿Por qué?, nos preguntamos estupefactos, y ella responde: «Això va de democràcia.»
Mentar la democracia en una situación así no es de recibo. De democracia va la cosa todos los días, ha ido en toda la etapa anterior, irá de nuevo mañana y pasado mañana. Ofenderse porque Miquel Iceta defienda el 155 es empeñarse en seguir en el plano meramente declarativo, y no descender al suelo. Quizá peor, es un movimiento con un fundamento último de carácter electoral, y eso sería lamentable por lo que nos espera a todos después de la noche del recuento.
El PSC – Iceta, si condescendemos a personalizar – viene a ser el punto fijo del péndulo de Foucault. No se mueve, solo pivota en la defensa de sus posiciones. No es lo que muchos deseamos, pero supone un agarradero fiable. Por sí solo no pesa gran cosa, pero todo oscila a su alrededor.
De lo que se trataba ahora es de un reagrupamiento de fuerzas en torno a bases de partida que permitieran avanzar por un camino más despejado y en una dirección más concreta. Algo que debería ser capaz de unir a todo el catalanismo de cabeza fría, y aislar al que se ha desmadrado sin remedio, pongamos que estoy hablando de Junqueras y de Rufián.
Si ese era el objetivo, hemos dado un serio paso atrás. Por eso digo que temo que a fin de cuentas las elecciones no sirvan para nada.
 

domingo, 12 de noviembre de 2017

PREFIGURACIONES


Hace unos días me referí a los instantes literarios “de largo recorrido”, a propósito de “Ana Karenina”. Hay, por supuesto, muchos más recursos – artificios, si se les quiere llamar así – en la panoplia narrativa de León Tolstói. Con él estamos en pleno Gran Siglo de la novela. La radio y la televisión estaban aún en el limbo, y lo que consumía el público burgués para su entretenimiento eran novelones por entregas, que les llegaban capítulo a capítulo en los suplementos dominicales de los periódicos. Al parecer, Tolstói se hartó a mitad de trayecto de la historia de la Karenina, que le parecía vulgar; pero tenía a su público lector absolutamente enganchado, de modo que, a regañadientes y al parecer gracias a los buenos oficios de la condesa su esposa, consiguió acabarla.
El mecanismo del folletín, es decir de la entrega de la historia “por fascículos”, influyó mucho en la técnica narrativa de aquellos años. Era preciso mantener latente por todos los medios la atención aplazada del lector. Los literatos expertos en el género (Eugenio Sue, por ejemplo) dosificaban las truculencias de modo que los puntos altos de la trama quedaran colocados al final de los sucesivos capítulos, a fin de hacer desear al lector la continuación. También alternaban acciones paralelas, cada una de las cuales quedaba interrumpida en un punto crítico para dar paso a la otra durante algunas semanas. Las novelas eran muy largas; consumir una de ellas podía durar varios años.
El folletín utilizaba recursos consabidos ahora que hemos perdido la inocencia lectora, pero es interesante ver el manejo que les da Tolstói, cuyas novelas son summas antropológicas, ya que no teológicas, que se extienden y proliferan en episodios secundarios en los que se trata de todo lo divino y lo humano.
Un artificio que utiliza para mantener la tensión narrativa es el de la anticipación o prefiguración, que revela por analogía lo que acabará por ocurrir más adelante, cuando la tragedia anunciada se desencadene por fin. Gabo García Márquez utilizó años después a fondo un recurso parecido, en “Crónica de una muerte anunciada”.
Un ejemplo magistral de prefiguración en Tolstói es la carrera de obstáculos que ocupa varios capítulos de la segunda parte de “Ana Karenina”. El zar mismo, y con él toda la nobleza y la milicia, asisten al espectáculo, en San Petersburgo. El conde Vronsky es el favorito del público, montando a Fru-Fru, pero debe vigilar a Majotin, que monta un caballo muy fuerte y rápido, Gladiador. Pendiente de su romance con Ana y de algunas visitas de cumplido, Vronsky llega al hipódromo con el tiempo justo, cuando ya se ha iniciado la carrera anterior en el programa. Se encarama a su montura en la línea misma de salida, después de que otro entrenador se haya encargado de los galopes de calentamiento. Supone Vronsky que, en la carrera, su destreza de jinete suplirá su falta de concentración. Fru-Fru se comporta maravillosamente, y Vronsky, que ocupa la primera posición después de haber salvado el obstáculo más difícil, se relaja. Pero queda aún el último obstáculo, una ría, y en el momento del salto él mira hacia atrás para ver el terreno que le separa de Gladiador, y, error fatal, se deja caer en la silla cuando la yegua está aún en el aire. Fru-Fru se desequilibra, cae mal y se rompe la columna vertebral. Vronsky, ileso, le da patadas para ponerla de nuevo en pie. Fru-Fru, incapaz de incorporarse, lo mira, dice el autor, “con ojos elocuentes”. Llegan las asistencias y rematan allí mismo al animal. Ana, mientras, sufre en el palco pensando que su amante puede estar herido. El lector intuye ya qué clase de persona es Vronsky y cuál es el destino que espera fatalmente a Karenina.
 

viernes, 10 de noviembre de 2017

EL SINDICATO MÁS ALLÁ DE LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA


Cedo hoy la palabra a Bruno Trentin (1926-2007), la edición italiana de cuyos Diarios para los años 1988 a 1994 ha aparecido ahora, en 2017 (Ediesse, Roma), a cargo de Iginio Ariemma. Muchas páginas del libro están dedicadas a las tareas sindicales; debe recordarse que en esos años precisos Trentin desempeñó la secretaría general de la CGIL. Algunas anotaciones se refieren al sindicato que conoció Trentin, tal como era y en buena parte sigue siendo: una institución viva, positiva, pero lastrada por rutinas, burocracias, resistencias a los cambios, grupos de intereses confrontados permanentemente en peleas mezquinas por ventajas particulares o por cuotas de poder.
Otras anotaciones, más extensas por lo general, contienen reflexiones valiosas sobre las tareas y las funciones que debería asumir un sindicato (no solo el suyo, cualquiera) del siglo XXI en un contexto democrático, en la transición a un nuevo paradigma productivo convocado por la mutación tecnológica, y en la tutela de los derechos establecidos más la proposición de otros nuevos derechos individuales y colectivos para unos trabajadores que son ahora muy diferentes a como habían sido en la fábrica fordista.
Hay una llamada explícita a la negociación colectiva como tarea del sindicato, pero vista como una función más; de ningún modo como la legitimación y justificación de la existencia misma de la acción sindical. Porque eso, dice Trentin, es confundir un medio – tan solo uno entre varios medios posibles – con un fin.
Enfurece a Trentin la idea de un tipo de sindicato que asume en su propia organización interna una reducción consciente y deliberada de las dimensiones y las perspectivas del conflicto social, que debería ser el núcleo y el nervio de su política; lo describe con ironía como «un sindicalismo pragmático, no ideológico, sin tabúes, sanamente innovador y, por qué no, reformista», que se valora a sí mismo por la cantidad de convenios colectivos que firma, «porque un sindicato que no contrata está destinado a desaparecer.»
Está en primer lugar la cuestión del “control de calidad” de lo que se contrata, la falta de sentido de acumular firmas y más firmas en papeles que no mejoran un ápice la condición trabajadora. Pero no es solo eso, Trentin va más allá. «La contratación es un término que no tiene sentido cuando nos confrontamos con el Gobierno y el Parlamento sobre una reforma fiscal o sobre una política multiforme de creación de oportunidades de trabajo, donde intervienen variables orgánicamente sustraídas a la contratación (por razones políticas y por razones técnicas).» Lo mismo sucede en la empresa «cuando se trata de inversiones, de organización del trabajo, de lucha contra la nocividad; donde el elemento de la experimentación predomina sobre la posibilidad de previsiones ciertas.»
Una visión reductiva y neocorporativa sitúa al sindicato como elemento subalterno y ancilar en la jerarquía de las instituciones democráticas, y sentencia que, en todo lo que no sea el intercambio de cantidades ciertas (trabajo por salario), el sindicato debe retraerse a un segundo plano.
Así no tiene el sindicato, ni reclama, atribuciones para intervenir ante la dirección de la empresa en lo que se refiere a la política de inversiones, ni a cuestiones medioambientales relacionadas con la forma de producir y que son susceptibles de hipotecar el futuro de la población en un territorio bastante más extenso que aquel en el que está implantada la fábrica. Estas cuestiones quedan, por lo general, “en una tierra de nadie, cuando no en la tierra del patrón”.
Ni toca al sindicato actuar ante el Gobierno y el Parlamento, incluso a pesar de que él representa a los trabajadores en todas las dimensiones de su vida social y laboral, y los trabajadores son los principales interesados tanto en una política económica dirigida a crear oportunidades de empleo cualificado, como en una política fiscal que distribuya de forma más equitativa la riqueza entre las partes que han concurrido a su creación.
La idea en la que sueña Trentin es la de un sindicato “general”, sujeto activo de la política, presente en todas las dimensiones del conflicto social, legitimado por su representación ─ no abstracta ni burocrática, sino renovada de día en día ─ de los trabajadores concretos en todas sus luchas. Un sindicato capaz de negociar mejoras salariales para las categorías, pero sobre todo de trabajar para las personas, de comprometerse en acuerdos generales que marquen un rumbo de desarrollo sostenible para la economía, basado en un trabajo más digno y más consciente de sí mismo; así como de experimentar en la búsqueda de soluciones a los problemas crecientemente complejos de unas sociedades donde las clases subalternas se indignan ante el autismo egoísta de los poderosos, que profundizan con saña deliberada en las desigualdades congénitas del sistema al tiempo que recitan el mantra consabido del “no hay alternativa”.
 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

CUMPLIR TODAS LAS OBLIGACIONES MENOS LAS PROPIAS


En estricto cumplimiento de los automatismos previstos en la Ley del Embudo que nos desgobierna a todos por desigual, el Ejecutivo encabezado por Mariano Rajoy y Cristóbal Montoro ha metido mano en las cuentas del Ayuntamiento de Madrid.
No es un azar ni una necesidad; es una represalia. De todos es sabido que el consistorio madrileño es un nido de ratas podemitas regentado por una yayoflauta. Los dos anteriores munícipes, Alberto Ruiz Gallardón y Ana Botella, gente de lo más bien, pasan por apuros judiciales debido a su implicación en enjuagues diversos, el primero con el Canal de Isabel II y la segunda con fondos buitre. Entre los dos dejaron el listón muy alto, más de mil millones de deuda municipal. Carmena ha resanado la situación financiera, pero ahora pretendía utilizar el superávit arañado en gasto social, y eso no, a los pobretes ni agua.
De modo que se ha cientocincuentaycinquizado al Ayuntamiento madrileño del mismo modo que se hizo recientemente con la autonomía catalana, y antes aún con las iniciativas parlamentarias de la oposición, vetadas de forma sistemática y puntillosa como anticonstitucionales, por alterar el gasto previsto en los presupuestos del Estado. Un gasto, por lo demás, calculado a ojímetro con el mayor desenfado y que jamás ha cuadrado como estaba previsto. Pero una cosa son los desvíos del propio gobierno, y otra muy distinta los que proponen las fuerzas políticas que no están en él. Aún hay clases, ciertamente.
El gobierno insiste oficialmente en que sus vetos y sus incautaciones de las cuentas ajenas son hechos aislados y sin relación unos con otros; pero ya sabemos cuál es la doctrina gubernamental sobre los hechos aislados, en contextos diferentes. De otro lado, y extraoficialmente, portavocías del partido insinúan que la cosa incautatoria podría ir bastante más allá, y que se perfila un plan para cientocincuentaycinquizar progresivamente todo lo que se mueva fuera de la órbita de la gente guay. Por gente guay se entiende, por ejemplo, a Ignacio González, que ahora mismo ha podido salir de la trena gracias al pago de una futesa en concepto de fianza. Hay que saber ser humanitarios con quienes no son catalanes ni podemitas; también la orden mercedaria redimía a los cautivos cristianos o cristianados, hace siglos.
La situación de nuestra democracia puede parecer ideal a primera vista: el gobierno se propone con la debida firmeza tutelar el cumplimiento de las obligaciones fiscales y presupuestarias de todos los organismos de rango inferior. Pero nadie es perfecto, como es sabido desde que lo demostró Billy Wilder en aquella película. Resulta que el gobierno atiende de forma escrupulosa a todas las obligaciones, menos las suyas propias. Ha repetido déficit en relación con lo presupuestado año tras año, sin faltar uno; incumple con jactancia la previsión de emisiones de gases invernadero acordadas en París para todo el mundo mundial; y avanza impertérrito, sin una dimisión ni una petición de perdón, por el vía crucis judicial que lo flagela y lo ciñe con la corona de espinas de considerar probado documentalmente que la inmensa mayoría de los altos cargos del PP, empezando (o terminando) por el mismo Mariano Rajoy, cobraron durante años sustanciosos sobresueldos ilegales procedentes de una caja B alimentada con corrupciones y corruptelas de todo tipo.
Quizás en los planes de futuro del Partido Popular figure la previsión de cientocincuentaycinquizar a los jueces díscolos, por no hablar de la camiseta de la Roja, que de pronto muestra veleidades republicanas. Quizás ronde también por las asesorías de la calle Génova otro proyecto, más reservado y ambicioso, para meter en cintura por el mismo procedimiento a la ONU y a la cancillera Merkel.
Yo no lo descartaría a priori.
 

lunes, 6 de noviembre de 2017

SIN PROPÓSITO DE ENMIENDA


Sorpresas que da la vida, habría cantado Mackie el Navaja. Una parte no desdeñable de la cofradía indepe estaría dispuesta a repetir “lista de país” y colocar ahora en la cabeza, no al fotogénico Raül Romeva, que gime en prisión en territorio hostil, sino al mismísimo Carles Puigdemont, un contorsionista polifacético que ha eludido el destino de Romeva, o de Junqueras, o de Turull, con un truco al estilo Houdini, y ahora podría hacerse la campaña electoral a través del plasma y en diferido, sin moverse de la sala de recibir de la suite que ocupa en un desconocido hotel de varias estrellas situado en la capital mundial de las coles, o en sus proximidades.
Fantomas Puigdemont, el inasible, la lengua más suelta de Occidente para disfrazar las verdades y componer las postverdades de modo que cada cual sea libre de entenderlas como prefiera, el hombre providencial que llegó a la presidencia de la Generalitat por caminos tan imprevisibles como había llegado antes al Credo Poncio Pilatos.
Perdonen, pero esto no va a salir bien. No puede salir bien de ninguna manera. Cuando Puchi era un desconocido, veíamos sus jeribeques y sus volatines con cierto asombro y un atisbo de respeto: “Hace falta valor”, nos decíamos. Ahora sabemos con exactitud geométrica la absoluta miseria adonde nos ha llevado, y resulta de una elemental prudencia no repetir la suerte. Hablo con total imparcialidad y con el corazón en la mano. Incluso desde el punto de vista del indepe más indepe de colmillo retorcido, no es deseable que este hombre vuelva por donde solía. Como president no ha dado un palo al agua, el país se nos está yendo por el sumidero, nunca ha dicho una frase decente de significado inequívoco ni ha esbozado una intención cualquiera sin contradecirla invariablemente ocho segundos después. Lo esperaban ustedes frente a la Gene hace solo unos días con pancartas en las que se leía “Puigdemont traïdor”, ¿tan pronto lo han olvidado?
Y no dio la cara, ni entonces, acorralado como estaba contra la pared. No dio el sí a la República soñada, dijo que no había garantías y salió corriendo por la puerta de atrás en busca de un exilio de lujo bajo el paraguas de un abogado de prestigio que le están pagando ustedes, que le estamos pagando entre todos, lo queramos o no.
Señores independentistas, hagan una lista de país si es lo que estiman más conveniente; pero pongan al frente a una persona capaz de comprometerse y de mantener su palabra. Preferible que sea persona capaz también de negociar, y que posea la ciencia necesaria para saber qué es una puerta y qué un muro, y alguna noción posea, una vez colocado correctamente delante de la primera, acerca de cuáles son los procedimientos acreditados para poder abrirla.
No nos lleven otra vez al mismo disparadero, sin propósito de enmienda. Esta no es una competencia para ver quién es más burro, no le discutan el título a Rajoy, merecido lo tiene, busquen otra solución por otro lado. Podríamos reivindicar juntos, indepes y no indepes, tantas cosas de interés común. No pongan al frente del pelotón a un bocaancha que no tiene ni prestigio, ni credibilidad, ni siquiera gracia como monologuista.
 

domingo, 5 de noviembre de 2017

EL RITO DE LA HUMILLACIÓN SEXUAL


El acoso y el abuso sexual van en la línea de unas estructuras de fondo que configuran una sociedad crecientemente desigual. En tiempos, el estatus o el standing se exteriorizaban mediante un nuevo modelo de automóvil o una vivienda en un barrio exclusivo; el fundamento de todo ello era la envidia del familiar o el vecino menos afortunado. Hoy, cuando la desigualdad ha crecido en proporciones geométricas, la envidia ajena ya no genera la misma satisfacción de antes: ahora lo que se estila es la humillación explícita del inferior. Y la humillación sexual es, entre todas las posibles humillaciones, la que alcanza un estrato más profundo, más irremediable, más duradero, en la subordinación y la sumisión de una persona a otra.
Es el juego propuesto por Harvey Weinstein, o Kevin Spacey, a actrices/actores jóvenes con talento (el talento es imprescindible, humillar a aspirantes a la fama adocenados carece de morbo; si resultan sexualmente apetecibles, siempre se puede llegar con ellos a una sencilla transacción comercial).
El modelo Weinstein & Spacey consiste básicamente en: «Yo puedo ayudarte a dar un gran salto en tu carrera; ahora bien, tú habrás de hacer algo por mí, a cambio.»
Ese “algo” no implica en ningún caso una igualdad  entre ambas partes, sino precisamente lo contrario. En todos los éxitos posteriores de una actriz prometedora en busca de consagración, Weinstein estará presente, y detrás de su sonrisa complaciente ella leerá la afirmación tácita: “me la has mamado”. Mientras que detrás de las palabras convencionales de agradecimiento de la actriz, seguirá latente y renovada la humillación, la vergüenza oculta: “se la he mamado.”
Weinstein & Spacey son la punta del iceberg, personas de elite mediática que han prescindido de la corrección política para dedicarse alegremente a la depredación. Sabemos, de otro lado, la frecuencia y la consistencia de los abusos sexuales en el terreno de las relaciones entre maestro o entrenador y discípulo o aprendiz, en particular pero no únicamente en materias como la educación física; entre superior e inferior jerárquico, en la relación laboral y también en instituciones de estructuras muy verticales, como el ejército o la iglesia; en el ascendiente espiritual de terapeutas o gurús en relación con las ovejas de su rebaño particular. La humillación del débil parece ser un rito necesario para la autocomplacencia de aquel que quiere ser reconocido universalmente como más fuerte.
Es una más de esas situaciones que solo podrán corregirse con el reconocimiento legislativo de nuevos derechos individuales inalienables y con un impulso político muy fuerte y unitario hacia la igualdad de las personas, la transparencia de los vínculos sociales y el revestimiento de una nueva dignidad para los diferentes.
Las mujeres están encabezando esta lucha ímproba, este trabajo de Sísifo. Los varones hemos de respaldarlas con todas nuestras fuerzas. Este ha de ser el siglo de las mujeres, si no queremos que sea el siglo del fin del mundo.
 

viernes, 3 de noviembre de 2017

LOS FISCALES CONVOCAN A LA REBELIÓN


Se diría que en Cataluña las cosas ya no acontecen, sino que se desparraman. La tocata y fuga de Puigdemont puso la guinda al pastel indigesto de la independencia unilateral: uno no proclama la independencia ante el coro de las naciones y en el minuto siguiente se larga a un país seguro para pedir asilo político (o no pedirlo, no se sabe bien; con Puchi todo son amagos, esbozos y actos inconclusos). Es un problema de estética, si quieren, pero sin duda habría sido más cómodo para todos que el aún entonces president no declarara la DUI y viera esa noche la tele en casa, en zapatillas.
Acompañaron a Puchi en su exilio no forzado algunos consellers. Hubo quien regresó de Bruselas, y quien se ha quedado allí. El Govern ha dado la sensación de ser el ejército de Pancho Villa, a uno y otro lado de la frontera al mismo tiempo y predicando a sus fieles la unidad de propósito que ellos mismos no practican.
En este terreno de cultivo los traidores florecen como las setas después de la lluvia: el último no ha sido Carles Puigdemont y tampoco Toni Comín, cosa extraña. Según el último boletín de noticias oficiosas, ambos están en Europa en una misión sagrada, para reclamar de la Unión en general y de Donald Tusk en particular una actitud solidaria con el procés. El último traidor es, entonces, el ex conseller de Empresa Santi Vila. Los tuits ya lo señalan abiertamente.
La jueza Lamela ha metido en prisión preventiva a todos los consellers que han caído en sus manos, menos uno, Vila, al que exige una fianza de 50.000 euros. La fuga del excéntrico Puchi ha servido de justificación; si él se ha escapado, también los demás lo harán si tienen ocasión. La han tenido, sin embargo, y no se han ido; se les debería tratar con algún respeto, siquiera en su condición de personas humanas. El fiscal Maza (“Más dura será la caída”) ve bien los procedimientos expeditivos de la jueza: «Bastante paciencia hemos tenido ya.»
El Tribunal Supremo se atiene cuando menos a las garantías procesales, concede a los abogados el tiempo solicitado para preparar sus defensas, y apunta a un delito, no de rebelión (no ha habido ninguna conducta violenta), sino de conspiración para la rebelión. Lamela y Maza van, en cambio, por lo derecho: garrotazo y tentetieso, y las posibles reclamaciones, al maestro armero.
También ellos están conspirando para la rebelión, más aún, la están convocando. Algún articulista se pregunta para quién trabajan en realidad: si para el Estado de derecho o para la implantación de un régimen sensiblemente más escorado a lo autoritario. En España empezaría a amanecer, según ellos.
Lo veremos. Mientras, Cataluña ha sido la autonomía donde menos nuevo empleo ha habido y más ha crecido el paro en el pasado mes de octubre. Los datos de las demás comunidades son malos también, en general; pero no tanto.
 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

BIENVENIDO DE NUEVO, JOHN CARLIN


Quizá sea oportuno recordar que "elpais", ese monstruoso conglomerado político-comunicativo al servicio del pensamiento único, rescindió de forma abrupta las colaboraciones habituales de John Carlin sobre fútbol (la sombra de Florentino es alargada) y sobre temas políticos (Cataluña es tabú). Aquel fue another brick in the wall, un ladrillo más en el muro. Lo diverso no tiene lugar en una idea de España nacionalista, populista, inquisitorial, revanchista, que se conformó ideológicamente a partir del franquismo sociológico (Una, Grande y Libre) y que ha perdurado como el secreto a voces mejor guardado y el vicio peor de nuestra democracia aún coja en muchos aspectos. Bien es verdad que "elpais" no está al servicio de un falangismo no tan residual (se ha oído mucho el Cara al sol en el centro de Barcelona, estos días), sino de la multinacional Dinero SL; pero los dos poderes, el ideológico y el económico, reman a la par, y existen numerosos lazos de unión y puertas giratorias que establecen una comunicación fluida entre ambos.
Por eso ha sido una alegría ver de nuevo la firma de Carlin, ahora en una columna de opinión de "lavanguardia", y además con una declaración explícita de amor: “Desde Londres con amor” (1).
Carlin aporta un hálito de sentido común: qué innecesario y qué deplorable ha sido todo esto. Cierto. Todo esto. Lo que se dice con palabras rotundas (sobre Puigdemont), más lo que se transparenta en el modo de actuar del tándem gobierno-judicatura. A saber, dicho con palabras de Carlin: «Lo que me abrumó fue la claridad con la que vi la mezcla de ira, u odio o revanchismo o quién sabe qué complejos que motivan las acciones políticas de aquellos señores y señoras del establishment político español, pero especialmente los del Partido Popular con las ganas locas que han tenido de imponer su autoridad sobre Catalunya.»
Uno de los tópicos que conviene revisar con carácter de urgencia por obsoletos es el de una Cataluña rica frente a una España pobre. Todos los datos disponibles sobre la producción y sobre la distribución de la renta indican que Cataluña no destaca en particular en ningún aspecto, y que Madrid, en concreto, es bastante más rica en términos de renta. El Estado centralizador había acabado ya hace años con la fortaleza industrial diferencial catalana; la crisis ha hecho el resto. Véanse los datos del desempleo y los umbrales de pobreza y se comprobará que las/los catalanas/es no están sensiblemente por encima de otras comunidades en todos estos aspectos.
La última contradanza del cotillón, la independencia porque sí, se ha concretado a partir del choque cruento entre dos elites extractivas voraces que se disputaban el mismo territorio (no estrictamente el territorio catalán) con los mismos procedimientos: los recortes de los servicios sociales, la privatización egoísta de lo comunitario, quién es el césar al que debe pagar tributo el pueblo llano. El Govern catalán en retirada se ha inventado una legitimidad ad hoc, pero el Gobierno español (secundado por sus avanzadillas tácticas: los fiscales, la jueza Lamela) está planteando el desmantelamiento de un enemigo que no es enemigo, la sumisión incondicional de una ciudadanía que ostenta derechos inalienables individuales y colectivos, y los ejerce, y es necesario que los siga ejerciendo.
¿Qué esa ciudadanía piensa distinto de como piensa el gobierno (circunstancial) español? No es ni un delito ni un pecado; al contrario, es normal en democracia. Y Mariano Delenda y Soraya SS deberían esforzarse en cuadrar sus neuronas para considerar normal lo que a nivel de calle es sencillamente normal.
Bienvenido de nuevo, John Carlin, y gracias por recordarnos unas verdades tan palmarias, con tanto cariño.
 


 

martes, 31 de octubre de 2017

INSTANTES DE LARGO RECORRIDO


He emprendido la relectura de “Ana Karenina”. Me enamoré de Ana sin remedio en mi primera leída, hace muchísimos años; pero me resultaron antipáticos tanto Vronsky, el amante despreocupado, como Levin, trasunto del propio León Tolstói, con sus discursos impostados de elogio a la sociedad rural, a la vida retirada y al espíritu de la madre Rusia. No había vuelto a tocar el libro desde entonces.
Presto, en este segundo intento, una atención mayor a la sustancia literaria; la lectura lo agradece. Tolstói es un jeremías como predicador del alma inmortal de la aldea rusa, pero en cambio es un escritor de primerísimo orden, uno de los verdaderamente grandes en la historia de las letras. Su tratamiento de los personajes “secundarios” (las comillas son obligadas en este caso), componiéndolos no como un friso decorativo que proporciona color local, sino como individualidades complejas, de bulto redondo diríamos en escultura; y la agudeza psicológica con la que desentraña y nos explica sus acciones y sus reacciones, apenas tienen parangón.
Y luego, están esos instantes de largo recorrido, en los que se resumen años de vivencias y de experiencias. El modelo paradigmático más difundido de este tipo de abolición literaria del tiempo real, es aquel relumbre del coronel Aureliano Buendía delante del pelotón de fusilamiento, en “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez. Aquella magnífica zambullida en el inicio mismo del relato, y sin previo aviso, para situar al lector en la mitad de la historia.
Pero Gabo leyó sin duda a León, antes de escribir aquello. Y hay ejemplos en modo alguno inferiores, del maestro ruso. Como un párrafo muy corto de “Ana Karenina” en el que Tolstói anticipa el anudarse y desanudarse de las afinidades y las relaciones entre tres de los protagonistas decisivos de su historia. Ocurre en el capítulo XXII de la primera parte (la traducción, en mi volumen de Aguilar, es de Irene y Laura Andresco). Kitty Scherbatsky está hablando en el salón de baile con Ana Karenina, cuando se acerca a ellas Vronsky, novio extraoficial de Kitty, que ha conocido a Ana pocos días antes, en la estación del tren, sin que entre los dos se hayan cruzado nada más que algunas palabras. Al ver acercarse a Vronsky, Ana acepta de pronto la invitación al vals de Korsunsky, que había declinado un momento antes, y simula no ver el gesto de saludo del joven. Kitty espera que éste la invite a bailar, pero él está distraído por algo. Por fin Vronsky la lleva al centro de la pista, pero en ese momento cesa la música. «Kitty le miró al rostro, que tan cerca de ella estaba, y mucho tiempo después, pasados varios años, esa mirada llena de amor que le dirigió, y a la que él no correspondió, la atormentaba, llenándola de vergüenza.»
Es un pequeño milagro de la literatura, un insight (atisbo) del futuro a través de algo que, también algunos años después, Sigmund Freud había de codificar como actos sintomáticos, invasiones repentinas de la superficie de la vida social por fuerzas oscuras del inconsciente. La prosa de León Tolstói está cuajada de intuiciones y momentos muy similares.
 

lunes, 30 de octubre de 2017

EL FALSO TEOREMA DE LA AUTODETERMINACIÓN


Anota Bruno Trentin en sus Diarios (Roma, 15 de septiembre de 1991) cómo el cabeza de una lista minoritaria en el Congreso de la CGIL se había acogido al “teorema” de la autodeterminación universal y omnímoda para exigir “su” derecho a nombrar de forma incondicionada a los representantes de su cupo en el grupo dirigente del sindicato. «Un recurso penoso», comenta Trentin con sequedad. Y a continuación cita a Ralf Dahrendorf en relación con la fragmentación “autodeterminativa” que estaba ocurriendo en esos días en los territorios de la antigua Unión Soviética y la antigua Yugoslavia, para señalar que la autodeterminación invocada por los nuevos países del mapa no responde a la exigencia de una autonomía efectiva cultural y política por parte de una nación consciente de su complejidad, sino «a una lógica tribal, unida a una intolerancia profunda hacia los derechos civiles y los derechos individuales».
Habremos de convenir en el contagio extenso de esta degeneración tribal del principio de la autodeterminación en nuestro país. No solo ni principalmente en Cataluña, aunque en Cataluña ha sido donde se ha llevado esa lógica falsa más lejos. Tribalismo es lo opuesto a federalismo en dos sentidos: uno, es un movimiento centrífugo, disgregador, mientras que la lógica federal es centrípeta, unionista para decirlo con un término que ha devenido insultante en la lógica catalana indepe. Dos, el tribalismo solo considera los derechos de la tribu, no los de las personas individuales con toda su carga de complejidad personal, familiar, laboral y cultural-ideológica; el federalismo, por el contrario, tiende a incorporar las diversidades en torno a unos mínimos comunes garantizados para todos.
No existen en la lógica tribal ni en su vocabulario cosas tales como las identidades complejas; a pesar de que las sociedades contemporáneas tienen como característica sobresaliente una complejidad y una multiculturalidad crecientes.
Pero la lógica tribal centrífuga acaba por alcanzar a los mismos que la promueven; las sospechas de traición rondan a cada aparición de un disenso dentro del grupo dominante, y este acaba por hacer implosión, atenazado por sus propias contradicciones.
No lo invento; lo hemos visto.

 

sábado, 28 de octubre de 2017

LA MANO PESADA DEL ESTADO


Carles Puigdemont ha hecho este mediodía una declaración institucional. Las cosas, si hemos de creerle, no están fáciles para la Cataluña independiente (¡caramba, esto es nuevo!), pero ningún obstáculo prevalecerá contra quienes solo desean paz, democracia, respeto y felicidad universal (ah, vamos, seguimos en las mismas).
El independentismo parece dispuesto a atrincherarse en una República virtual, existente solo en la viquipèdia catalana, que no ha sido reconocida por nadie e incluso resulta abiertamente peligrosa para los estatus quo de los países vecinos (el Véneto y la Lombardía, Bretaña y Córcega, Flandes, Escocia, las Feroe: la caja de Pandora que las autoridades de la Unión Europea pugnan por mantener cerrada a toda costa contiene malas vibraciones para un amplísimo elenco de situaciones de hecho indeseadas).
Los dirigentes destituidos tienen en proyecto, al parecer, plantear recurso de inconstitucionalidad por la puesta en marcha del 155, en base a la misma Constitución que habían abolido alegremente en territorio catalán. El contrasentido es excesivo. Tenía más pundonor, e incluso más sentido común, Groucho Marx cuando afirmaba que jamás se rebajaría a pertenecer a un club con el listón selectivo tan bajo como para admitir a una persona como él de socio.
Las consecuencias que han empezado ya a producirse no arreglan la cuestión de fondo catalana. Los dirigentes han sido insensatos, pero el malestar social va a seguir creciendo, atizado por la pesada mano del Estado. Es muy dudoso que todo pueda resanarse a partir de unas nuevas elecciones purificadoras, por muy neutrales que sean quienes reciban el encargo de organizarlas. Pueden cambiar (poco) los actores, pero el argumento de la comedia seguirá siendo el mismo. Y el contexto, y el trasfondo. Incluso las bambalinas.
Un botón de muestra. Ahora mismo hay voces de la España eterna que claman por poner fin al “tiro en el pie” que representa un boicot nunca declarado pero igual de tangible a los productos catalanes. Entre todos nos estamos haciendo daño a todos, bajo la mirada impasible del Marianosaurio.
El problema de Cataluña no se puede arreglar solo en Cataluña. Hay que mirar más allá, ventilar las opciones, cambiar las bases de partida de tantos planteamientos políticos “unilateralistas” además de unilaterales. Buscar soluciones cooperativas y solidarias. Sin atajos. No hablo de federalismo porque el federalismo no se implanta en cuatro días, y no se implanta por ley. Y si se hace así, no funciona.
No va a ser posible evitar la mano pesada del Estado, ni las víctimas colaterales, en Cataluña, mañana. A partir de ahí, harán falta propuestas y perspectivas nuevas de enderezamiento. Para Cataluña, claro está; pero sobre todo para España.
 

viernes, 27 de octubre de 2017

CONDUCTAS POCO EJEMPLARES


Hoy el Parlament de Catalunya ha votado dar inicio al proceso constituyente de una República catalana. En el Diccionario de la RAE, ese monumento al genio de la lengua castellana que contiene, entre otras imperfecciones menores, ciertos resabios gongorinos, a esa figura se le da el nombre de “vanilocuencia”. Josep Pla, que era catalán, payés de Llofriu, lo habría expresado de otro modo: “Collonadas.” Y también habría añadido, escamón: “Pero todo esto, ¿quién lo va a pagar?”
Es seguramente la pregunta oportuna. Ayer, día decisivo en muchos aspectos, la labor discreta de los mediadores había alcanzado algún resultado no desdeñable: Puigdemont debía convocar elecciones, y todo lo demás se podría ir arreglando por sus pasos. No era mucho como perspectiva, seguro; sí era, sin embargo, mucho mejor que la perspectiva de hoy.
La noticia de que el president iba a convocar elecciones se filtró a ritmo de tuit a la ciudadanía en general: la Bolsa subió, la prensa se hizo eco, la plaza de Sant Jaume se llenó de un gentío provisto de pancartas de “Puigdemont traidor”.
Son gajes del oficio. El ejercicio de una responsabilidad política (“política” en el sentido amplio de la palabra, referido a la polis, es decir a los asuntos que son propios del común) conlleva, desde que los antiguos griegos inventaron la democracia y su pariente próxima la demagogia, la absoluta seguridad de que cualquier decisión controvertida va a acarrear insultos por parte de quienes no la comparten. El insulto históricamente preferido en estos casos, con una gran ventaja frente a cualquier otro, es el de “traidor”.
El representante del pueblo, que para eso lo es, tiene “de serie” la obligación de tragarse el sapo y actuar en todo momento, pero muy en particular cuando el momento es delicado, con la vista fija en los intereses de sus representados, es decir de quienes le han puesto ahí. Sin embargo, son muchos los políticos que, puestos en la tesitura, miran antes por sí mismos que por el común.
Se trata, sin duda, de una conducta poco ejemplar.
Ayer Carles Puigdemont debía convocar elecciones anticipadas. Demoró primero su comparecencia, y optó finalmente por no convocarlas, y echar la culpa de sus titubeos al enemigo secular. Dijo que no se le habían dado suficientes garantías. Solo puedes pedir garantías a alguien que te respeta; si empiezas por no respetarte a ti mismo, ¿cómo vas a conseguir el respeto de los demás?
Puigdemont, en esos momentos de pánico incontrolado, tenía a su lado a Oriol Junqueras, la otra cabeza de una autoridad catalana pretendidamente bicéfala. Puigdemont ofreció a su compañero en la cumbre dimitir irrevocablemente ahí mismo, y que fuera el otro el que anunciara la mala noticia. Junqueras se negó.
Junqueras es el ejemplo más acabado que conozco de cuñadismo. Desde el principio ha sabido todo lo que había que saber: que la economía prosperaría con la independencia, que ninguna empresa se marcharía fuera de los lares patrios, que los juristas internacionales avalarían el procedimiento empleado, que Europa recibiría en sus brazos a Cataluña como el florón más privilegiado de su corona. Él ha empujado a Ulises Puigdemont al despeñadero jurándole por estas que no había tal despeñadero sino una autopista de seis carriles hacia una Ítaca independiente y feliz.
Junqueras, ayer, se negó a asumir la parte que le tocaba de corresponsabilidad.
Entre los dos dieron con el expediente de sacudirse las pulgas y someter el asunto al Parlament. El Parlament ha sido rodeado hoy por las brigadas de activistas indepes. Desde la tribuna de invitados (¿quién les invitó?), han sido abucheadas todas las intervenciones contrarias a continuar avanzando por la ruta marcada en los mapas, pese a estar demostrado que tal ruta no existe más que en los mapas.
Hoy ha sido un día histórico, ciertamente, pero no una jornada gloriosa para la democracia. Siguiendo el ejemplo de los dos líderes carismáticos, la porción levemente mayoritaria del Parlament ha preferido cerrar los ojos y saltar al vacío. Lo ha hecho, eso sí, con la intención explícita de cumplir con el mandato sagrado que ha recibido de la ciudadanía.
¿Qué quién va a pagar esto?, podrán contestar a Pla. Pues la ciudadanía, naturalmente. ¿Quién si no, cuando los políticos se comportan como irresponsables?
 

jueves, 26 de octubre de 2017

OTRA VUELTA DE TUERCA


A la hora en que escribo, no hay solución (provisional; la definitiva puede tardar muchos años en llegar) al conflicto catalán. Lo que servía a las diez y media de la mañana, ha sido descartado a las cinco de la tarde. Sin la concreción de un pacto de mínimos, seguiremos por un tiempo más en el bucle; no podrá ser mucho tiempo ya, a la velocidad con la que se va degradando todo.
Las espadas siguen en el aire, y todo se ha reducido hasta el momento a un “y tú más”. Soraya acusa a Puchi de no querer dialogar; Puchi le replica con el mismo argumento. Se sabe que se han cruzado negociaciones intensísimas, a través de distintos mediadores, todos ellos oficiosos. No hay fumata.
El Partido Popular, cuyo único apoyo consistente es ya la ultraderecha (“a por ellos, oé”), no puede dar su brazo a torcer sin que se derrumben sus ya mermadas expectativas electorales. Se le ha ofrecido una rectificación parcial, cuidadosamente maquillada, en la práctica, y su reacción ha sido subir las apuestas. Los “No” se acumulan; no a la presencia de Mascarell en el Senado; no a un diálogo bilateral; no a los recursos contra el 155. Se exige penitencia dura y pura. No solo se mantiene presos a los Jordis, se quiere empapelar además al major Trapero.
Curioso, la clase política respeta (de momento) a la clase política. ¿Se trata de un “hoy por ti, mañana por mí”, en sordina?
La CUP, por supuesto, escapa de rositas a todas las represalias; pero es que está prestando servicios inestimables a la intransigencia. Puigdemont se ha enredado sin remedio en su propia red de relaciones peligrosas. Faltó tiempo desde que se anunció el posible anuncio de elecciones para que la plaza de Sant Jaume se llenara de pancartas recién fabricadas con la leyenda “Puigdemont traidor”. Ni Soraya (Mariano, como es habitual en él, está ausente; el rey, de perfil) ni Puchi pueden moverse un palmo de sus posiciones respectivas sin caer de inmediato en el trending topic #traición.
Así están las cosas a las siete y media de la tarde de hoy. Nos encontramos, como señala José Luis López Bulla en su bitácora, a un centímetro del precipicio. No de ahora, desde hace semanas. Ahí seguimos. Constatarlo solo significa, en términos objetivos, que aún queda un centímetro de margen para la maniobra.
 

miércoles, 25 de octubre de 2017

CIENTOCINCUENTAYCINQUIZACIÓN


Las dos partes actuantes – una salvedad: actuantes no es lo mismo que presentes; como existir más partes de hecho, haberlas haylas – en el conflicto catalán piden democracia a gritos. La piden, eso sí, para el otro bando. En lo que respecta al suyo propio, tienen una manga bastante más ancha.
Vamos al detalle. Jordi Turull ha dicho que “no está encima de la mesa” una convocatoria de elecciones. Extraña que no esté encima de la mesa; ¿dónde la han puesto, entonces? Aún no hace nada que democracia era sinónimo de poner las urnas, donde fuera y para lo que fuera. Los eventos consuetudinarios que han acontecido en la rúa desde entonces parecen haber convencido al Govern catalán de que, en el acto solemne de poner las urnas, el para qué también importa. Antes, esa cuestión nimia no entraba en sus cálculos; ahora sí, al parecer. Nunca es tarde si la dicha es buena.
Desde el otro lado, y en una evolución simétrica, parece haber cierta intención de arreglar con una nueva puesta de urnas el deterioro de la imagen internacional de la marca España debido a los “excesos proporcionados” – valga el oxímoron – de las heroicas fuerzas del orden ante las urnas catalanas puestas el 1-O. La cosa sucede después de que el ministro de Exteriores señor Dastis declarara que los porrazos en el interior de los institutos fueron “fake news”. Lo malo es que lo dijo en la BBC, y las cámaras de la BBC habían captado fielmente lo sucedido. El pitorreo a costa del ministro ha sido considerable.
No es, sin embargo, un amor genuino a la democracia y a su expresión límpida y transparente lo que mueve al gobierno de la nación a poner las urnas. De hecho, mientras el PSOE pide urnas ya, el gobierno prefiere ir por partes: primero el 155, por activa y por pasiva; las urnas ya vendrán luego.
Soraya fue la primera en informar a la ciudadanía de que las urnas no bastaban para tanta ofensa. Rafael Hernando, que maneja la portavocía de su grupo con la boca suelta aproximada de los boxeadores en el acto del pesaje, ha aclarado que “los que se han mantenido al margen de la ley tienen que pedir perdón”.
Se refiere a los otros, claro, no a su partido, que según unos órganos de justicia nada sospechosos de tenerle manía, se ha lucrado ilegalmente de tropecientos mil pelotazos y tráficos de influencias en red, todos los cuales han sido interpretados como “casos aislados” por la jefatura nacional.
Lo uno va íntimamente relacionado con lo otro. El Govern promovía una elección sesgada y desprovista de las garantías democráticas mínimas exigibles en cualquier país decente, como mero trámite previo a una declaración unilateral de independencia (DUI), y rehúye en cambio unos comicios que pueden rebanarle el pedacito de mayoría que le ha permitido ningunear sin escrúpulo a un Parlament partido en dos. El Gobierno, que defendía con ceño severo los procedimientos democráticos cuando eran otros los que los conculcaban, lejos de mantener una actitud dialogante y de ofrecerse a discutir los problemas de fondo, pretende empezar la ordalía con una CUI (cientocincuentaycinquización unilateral contra la independencia) y darse primero que todo un festín de intervencionismo autoritario (en la economía, en la comunicación, en la educación, vaya usted a saber en qué más).
Luego, tal vez en un plazo de seis meses, y en todo caso una vez hecha la digestión del pantagruélico atracón de ordeno y mando, se convocarían unas elecciones autonómicas legales que podrían no ser tampoco demasiado libres. Hay quien ha especulado con la ilegalización preventiva de los partidos separatistas (Pablo Casado, otro crack de la agresión verbal). En la misma línea de pensamiento, adelanto la propuesta de ilegalizar también a la BBC. Incluso si pide perdón por el daño hecho.