martes, 30 de septiembre de 2014

ESTAMOS (TODOS) EN UN LÍO


Ayer mencioné a los dinosaurios a propósito de la reestructuración de la banca. La banca española es un dinosaurio, pero no sólo ella; también lo es el Estado de las autonomías. Un dinosaurio incapaz de sobrevivir en el nuevo paradigma global. En este sentido es sintomático el conflicto catalán. Engaña a primera vista porque aparece revestido de mitologías, de esencias y de emociones. Desnudo de tanta parola, lo que subsiste es el agotamiento de un modelo y la incapacidad para seguir generando a partir de él riqueza, desarrollo y bienestar. «¡Madrid nos roba!», claman los catalanes. No es falso en absoluto. Los rescates multimillonarios de la banca o de las autopistas, a costa del presupuesto; el derroche suntuario de los aparatos de Estado, incluidos por ejemplo los sibaríticos fines de semana de un presidente del Tribunal Supremo en Benidorm; las grandes obras públicas pagadas al triple de su valor real, son todos ellos robos a gran escala. No sólo a los catalanes, de acuerdo, pero también a los catalanes. Quien roba no es, desde luego, el Madrid de las Vistillas, de Embajadores y de la Cava; pero también es cierto que todos los aparatos del Estado están radicados entre la plaza de Castilla y el paseo de las Delicias, en un alarde de centralismo total que genera una línea roja de separación muy marcada entre la Capital y las Provincias. En cierta ocasión se decidió ubicar una agencia estatal, una sola, en Barcelona, como un primer paso hacia una futura descentralización, y los funcionarios afectados protestaron de forma tan ruidosa como si se les enviara al exilio.

El gran pacto constitucional de 1978 dibujó un paisaje de autonomía para nacionalidades y regiones; hubo previsiones de futuro delicadas, como la creación de un Senado destinado a ser la futura cámara autonómica. La ley fundamental se consideró a sí misma como algo en evolución, in progress, y la configuración misma de las autonomías se dejó a la expresión de la voluntad de los ciudadanos a través de referendos. Toda aquella arquitectura se congeló de pronto, petrificada por la mirada de Gorgona del Poder, cuando el PSOE del compañero Felipe y el compañero Alfonso, esas dos almas gemelas jacobinas, alcanzó la mayoría absoluta. Ellos decidieron que «lo que funciona no se toca» y «quien se mueve no sale en la foto». Desde entonces tenemos centralismo a palo seco, o casi, y reparto no del todo equitativo de los beneficios. Las autonomías se han quedado canijas porque se impidió que alcanzaran el desarrollo normal previsto para ellas. La norma federal nunca ha llegado a regir. Y cuando lo que funcionaba dejó de funcionar por el desgaste de años y de escándalos sucesivos, ya era demasiado tarde para corregir el rumbo. El Estado-nación se había replegado y acomodado sobre sí mismo, ya no miraba hacia fuera sino su propio ombligo. Ahora quienes se mueven, y lo hacen de forma espasmódica y casi desesperada, son los marginados de la función, es decir precisamente los que exigen aparecer por fin en una foto en la que desde años figuran invariablemente las mismas caras.

Esos son los parámetros en los que nos movemos. El paradigma productivo ha cambiado en los países industrializados; el capital se ha evadido de los controles estatales y está jugando en una división distinta, la de la aldea global. El Estado-nación se ha convertido en un dinosaurio que consume mucho, es improductivo, y ejerce de tapón ante cualquier movimiento susceptible de hacer variar las coordenadas del statu quo.

Ante sendos desafíos soberanistas (habrá más, ya lo verán), David Cameron ha sentido moverse el suelo bajo los pies y se ha dado prisa a rectificar su postura. Mariano Rajoy, no. Mariano ha seguido al pie de la letra el manual de estrategia del jugador de dominó en un casino de pueblo, y se ha limitado a impedir que le ahorcaran el seis doble. No se le puede culpar por ello, pero debería hacer alguna cosa más que trompetear: «¡Artur Mas se ha metido en un buen lío!»

Parafraseando a Monterroso, cuando Mariano despierte por fin, se dará cuenta de que el dinosaurio sigue ahí. O no, a saber. Quizás a un hombre de ideas tan rígidas y convencionales como es nuestro Mariano, sea pedirle demasiado que comprenda que en este lío estamos metidos todos. Y que conviene movernos antes de que el dinosaurio acabe por aplastarnos

lunes, 29 de septiembre de 2014

NO TANTA BANCA, POR FAVOR


Leo en las páginas sepia de El País del domingo que en el sistema financiero español los flujos financieros son canalizados mayoritariamente por bancos, a diferencia de otros países no precisamente de segunda fila: el Reino Unido y los Estados Unidos, por ejemplo. Cuenta el editorialista que la crisis ha generado a partir de 2007 un endeudamiento “intenso” de familias y empresas españolas hacia las instituciones bancarias, y que los problemas de liquidez y de solvencia de éstas, en una etapa de reestructuración profunda, han producido como resultado que «la función de intermediación bancaria dejó de cumplirse de forma satisfactoria.»

El fondo descarnado de lo que se nos explica con un lenguaje eufemístico y cuidadoso con las normas de la corrección política, es que en una situación de crisis aguda la banca – monopolizadora práctica del crédito del país – ha atendido con preferencia a sus propias necesidades internas, a costa de asfixiar a familias y empresas. Dicho con las palabras del citado editorial de El País: «El sistema bancario resultante de esta crisis está mucho más concentrado: concede menos poder de negociación a las empresas de menor dimensión … El crédito no crece y su coste es significativamente superior al promedio vigente en la eurozona.»

Por descontado, no está de más en este trance seguir la pauta que predica el editorialista, es decir, utilizar y crear en su caso fuentes alternativas de financiación para la economía real, en especial para las pymes y el tercer sector. Pero eso no debe ocultar el hecho, gravísimo, de que unas instituciones financieras, cuya función declarada es suministrar un servicio a la sociedad, han pasado en la práctica a servir en exclusiva a la corporación. Incluso acaparando y absorbiendo para ello, en la reciente reestructuración llevada a cabo de una forma atropellada más que acelerada, muchos miles de millones de dinero público. Con métodos abusivos, ilegales y no amparados por la constitución que tanto se esgrime en otros terrenos; y con una irresponsabilidad absoluta hacia quienes hemos sido obligados, por unos gobiernos cómplices en el desafuero, a pagar la factura del tremendo estropicio.

No es arriesgado vaticinar que por ese camino nuestro sistema bancario va a morir de éxito. En tanto que instituciones de intermediación, nuestros bancos y cajas dependen de forma directa de los flujos de la economía real, y sin embargo están estrangulando a la economía real. Su existencia es un lujo estéril, un delirio inútil para nadie salvo para sus consejos de administración, protegidos por blindajes contractuales sin lógica ni justificación posible, y que nos salen carísimos a todos.

En el nuevo paradigma en el que se vieron precipitados debido a un cambio climático drástico, los dinosaurios murieron por falta de adaptación. Habían sido diseñados para un entorno de abundancia de alimento, y no pudieron evolucionar a tiempo para sobrevivir a un largo período de escasez. De forma parecida, en el paradigma productivo y económico nuevo en el que nos encontramos, todo apunta a la necesidad de mayor flexibilidad, dinamismo, diversificación, autonomía amplia para la toma de decisiones, capacidad de respuesta en tiempo real y capacidad de previsión a largo plazo. En cambio, la banca se ha reestructurado a partir de la idea de la acentuación de los rasgos monopolísticos, del poder por el poder, de la parsimonia en el crédito y la cautela en las inversiones, en la creencia de que sólo los mastodontes podrán sobrevivir en las nuevas condiciones. Pues qué bien. En el futuro cementerio de bancos, los nuestros van a ser los más grandes y los más ricos. Antes, claro, nuestra economía productiva les habrá precedido en el doloroso tránsito, con la diferencia de que ella habrá muerto por consunción, por la inanición más absoluta.


viernes, 26 de septiembre de 2014

REGENERAR LA VIDA DE LAS CIUDADES


Montar candidaturas municipales de oposición con cara y ojos, capaces de devolver la ilusión a una ciudadanía indignada, puteada tanto desde la derecha como desde la izquierda, no es cualquier cosa. Parece imprescindible seguir algunas reglas básicas. Javier Terriente las ha detallado en ¿Frente de izquierdas? No, gracias, y ha expuesto además un esbozo serio y argumentado de proyecto de plataforma común, válido para las distintas geografías y sensibilidades presentes en el país. No tengo nada que añadir ni enmendar a lo que él ha dejado escrito; todo lo más, me gustaría hacerle la ola.

Se desprende del texto de Terriente que no funcionan, para el caso, ni una sopa de siglas de partidos que se reclaman de la izquierda para luchar «contra la derecha», ni la misma cosa aderezada con una marca blanca y la concesión de algunas concejalías a los movimientos sociales. Una prenda de vestir montada con hilvanes apresurados se descose con demasiada facilidad, y la tarea de regenerar la vida democrática en las ciudades es ingente. Conviene además no olvidar que equipos de gobierno que se reclamaban de la izquierda han tenido responsabilidades concretas en el mal gobierno municipal en determinados lugares.

Para regenerar, es necesario ir primero al fondo de los problemas, y luego emerger de ahí con propuestas nuevas, muy pensadas, muy compartidas, defendidas por personas también nuevas. Este es seguramente el momento de que los partidos políticos con presencia en ayuntamientos y consistorios den un paso atrás y asuman un perfil bajo en la campaña que se avecina. Convendría dar entrada en las cabeceras de las listas, y protagonismo principal en la campaña, a candidatos que sean, si no activistas directos, sí por lo menos personas que por sus capacidades y su trayectoria cuenten con la plena confianza de los movimientos sociales. Unas elecciones guiadas por el objetivo de la regeneración democrática habrán de dar voz a los que no la tenían, y representación a todo lo que quedó preterido y marginado por una situación municipal anterior orientada en muchos casos al lucro rápido de las oligarquías locales y de unos equipos de gobierno puestos incondicionalmente a su servicio.

Se me ocurre que a los sindicatos les corresponde un papel particular en esta función, si de verdad están dispuestos a participar y asumirlo. No como candidatos directos, claro, sino en la elaboración de los programas concretos de gobierno y en la amalgama de las distintas inquietudes y voluntades de cambio.

Porque el tema del trabajo – del trabajo que falta en primer lugar, y también de las condiciones en que se realiza el trabajo existente – debería ocupar un lugar central en la transformación democrática de los municipios del país: bolsas de trabajo, asesoramiento y formación + reciclaje para los parados, iniciativas de microfunding y préstamos a largo plazo con intereses moderados para el montaje de cooperativas y de otras experiencias adscribibles al tercer sector de la economía. Y también, en cuanto al trabajo ya existente, reivindicaciones en temas de estabilidad laboral, seguridad e higiene, contaminación ambiental, calidad de vida dentro y fuera de los ecocentros de trabajo. Arrimar todos el hombro es ineludible en esta situación. Tanto más porque los resultados, buenos o malos, del trabajo desarrollado en esa perspectiva, habrán de ser ponderados y valorados después en foros y asambleas reales o virtuales. Y los sindicatos necesitan ese contraste y diálogo permanente con sus bases actuales y potenciales, y un balance realista, asumido y compartido por todos los interesados, del resultado de las estrategias puestas en juego en relación con el territorio, con las empresas y con los distintos sectores de la economía. No hay elección; es eso o bien verse aculados contra la barrera, bajo un nuevo paradigma de la producción que no les está siendo precisamente favorable hasta ahora. 



miércoles, 24 de septiembre de 2014

RÉQUIEM POR GALLARDÓN

Después de pasar un tiempo indeterminado – unos hablan de treinta días, otros de treinta años – en la cumbre del Sinaí, en íntimo diálogo con la zarza que ardía sin consumirse, el Profeta descendió a la llanura armado con dos formidables Tablas de la Ley: la una sobre la regulación del aborto, la otra sobre la reforma de la justicia.

Se dirigió a las gentes de las doce tribus y les habló de aquellas Nuevas Leyes. Predicó a las feministas un feminismo más auténtico y más elevado; predicó a los progresistas una norma más progresista aún, mucho más, que el mismo progreso; reprochó a los jueces su extravío por los senderos laberínticos de una administración de la justicia a la que él venía a proporcionar el lustre y la claridad que le faltaban.

Nadie le entendió. Los más recalcitrantes ni siquiera le escucharon; se limitaron a volverle la espalda. Pero también sus partidarios más acérrimos se sintieron confundidos y desconcertados. Alguno llegó a murmurar en voz baja: «Alberto, no jodas.» Le pidieron tiempo para reflexionar y él, siempre generoso, lo concedió. Al final la respuesta fue: No.

Entonces el Profeta estrelló contra el filo de una roca e hizo añicos las Nuevas Tablas de la Ley Gallarda. No montó en cólera, por ser esta una pasión demasiado humana. Se culpó en público a sí mismo de su fracaso, pero lo hizo de modo que se entendiera que el fracaso consistía en no haber podido hacer entrar en las molleras cerradas de sus congéneres la excelencia superior de las propuestas que él les había traído. Y anunció su decisión irrevocable de dimitir de sus altos cargos y abandonar la política.

Tomar puerta, vamos. Pero atención, no se excluye que dicha puerta pueda ser giratoria. Veríamos a Alberto más pronto que tarde sentado a la mesa de algún consejo de administración, quizá de empresas eléctricas, petroleras o bancarias. Se trata de soluciones manidas si bien se mira, pero también los espíritus más exclusivos, más happy few, precisan de un punto de apoyo sólido desde el cual impulsarse hasta las almenas de la torre de marfil en la que disponen de un observatorio excelente para escudriñar y reprobar los excesos y los vicios de las gentes de las ciudades de las llanuras.


También es posible que Alberto siga pisando los fines de semana las moquetas de la zona noble del estadio Santiago Bernabeu. Visto desde un palco de honor, incluso algo tan banal como el fútbol tiene su chispa de grandeza, y nadie alzará la voz para reprochar a los privilegiados la celebración con champaña y canapés de las proezas atléticas de Cristiano Ronaldo.

lunes, 22 de septiembre de 2014

MUJERES Y SINDICATO

Es una lástima que la historiadora Nadia Varo Moral haya elegido un enfoque tan particular y especializado para abordar la historia sindical de las mujeres, en Las militantes ante el espejo. Clase y género en las CC.OO. del área de Barcelona (1964-1978) [Materials d’Història de l’Arxiu, Fundació Cipriano García de CC.OO. de Catalunya, 2014. Presentación a cargo de Javier Tébar]. Sin variar el ámbito local ni temporal de su relato, podía haber compuesto una gran ópera y se ha limitado a dejarnos un movimiento de cuarteto. Lástima, pero lástima remediable. El planteamiento es incisivo, con dos capítulos centrales de mucha garra: cómo vio a las mujeres trabajadoras la prensa obrera, y cómo se vieron ellas mismas. La documentación es extensa y bien manejada, aunque a mi juicio peca de unilateral. En Resistencia ordinaria (Javier Tébar Hurtado ed., Valencia 2012) Varo ya había dejado reflejado cómo vieron las fuerzas represivas del franquismo a las mujeres del sindicato; ahora podía haberse completado esa visión con testimonios orales y escritos – que los hay, y si no bastan se piden más – de cómo las vimos y cómo las recordamos sus compañeros varones. La prensa obrera, en aquel contexto de clandestinidad y de precariedad, no es un barómetro fiable para establecer cuál fue la mirada de la “clase” sobre el “género”, para emplear las categorías enunciadas por Varo. Esa prensa estuvo mediatizada por demasiadas variables. Yo añadiría incluso que ni siquiera debe suponerse una validez general a ese arquetipo de masculinidad de la clase que apunta la autora (págs. 91-96). Cierto que en las asambleas se repetía con cierta frecuencia la propuesta de «poner los cojones encima de la mesa», operación que habría resultado tan embarazosa como fisiológicamente imposible para las “chicas”, “compañeras”, etc. Pero otra de las frases que más oí repetir, y que compensa hasta cierto punto la anterior, fue: «Ellas tienen más cojones que nosotros». Lo cual da al término “cojones” un significado peculiar. Manolo Vázquez Montalbán lo entendió muy bien cuando escribió que estaba «hasta los cojones del alma». Bravo por Manolo. Los cojones del alma no tienen género.

Primera propuesta, entonces, incluir en el balance final del estudio de Varo el testimonio de los “chicos”, de los “compañeros”. Aparecerá, estoy seguro, en ese testimonio mucho residuo machista, pero el dato no ese; el dato debe ser el cambio de tendencia, lo nuevo que – estoy seguro también – se percibe en los primeros años setenta dentro de una concepción del movimiento obrero y sindical que venía lastrada por la herencia aciaga de la derrota civil y del movimiento clandestino de resistencia en los años de plomo. Las mujeres aparecen de pronto en el nuevo contexto revestidas de todas sus armas, como surgió Atenea de la rodilla de Zeus. Tienen voz propia, voluntad propia, y están adecuadamente provistas de cojones del alma. Son “compañeras” pero en un sentido nuevo, no las esposas víctimas y sacrificadas de la etapa anterior sino las que están ahora al lado de los hombres en el trabajo y en la lucha. Y añado, porque seguramente hace falta añadirlo, que a esas mujeres armadas nadie les regala nada, tampoco sus “compañeros”: todo lo que van a tener lo conseguirán ellas por sí mismas.

Para percibir mejor este fenómeno convendría disponer de las cifras cuantitativas concretas de la incorporación de la mujer a la fuerza de trabajo, y la variación de la tasa de población activa femenina entre 1965 y 1975. Intuyo que se produjo un salto sustancial, y que la causa de la nueva visibilidad de la mujer trabajadora en los setenta reside en ese salto. Ahora hay lo que antes no había. No ha cambiado la mirada del hombre (no ha cambiado “tanto”), sino el objeto contemplado, que ahora es mucho más visible porque tiene mucho más bulto. Lo cual significa también que cuando comparamos situaciones del año 65 con las del 75 estamos comparando comportamientos distintos de personas distintas: una nueva generación ha saltado a la palestra. Las grandes luchas obreras del tardofranquismo son protagonizadas por hombres y mujeres jóvenes, recién llegados de sus pueblos a los polígonos recién inaugurados del desarrollismo.

Son hombres y mujeres que vienen de un trasfondo rural, de una cultura tradicional, de un contexto de respeto reverencial y obediencia a los mayores. Vienen en masa, entran en masa a las fábricas (una liberación para ellas, después de años en que la mejor opción para encontrar un trabajo en las grandes ciudades era el servicio doméstico) y se acomodan rápidamente al anonimato de la gran fábrica fordista. Desde ese anonimato las mujeres buscan vías de mejora en su condición, se enfrentan al mismo tiempo a los encargados, a los varones privilegiados salarialmente y a las ideas (rancias) establecidas, y sienten ansias de vivir su propia vida. Pero esas ansias se ven refrenadas con severidad por el contexto del que proceden y al que aún pertenecen: padres (incluso de izquierdas), novios, parientes y ese colectivo escudriñador del pueblo de procedencia, con el que no se han roto los lazos.

Hay que comprenderlo, ellas se jugaban en el envite más que nosotros. Si las cosas iban mal todos arriesgábamos lo mismo: la cárcel, la tortura en el peor de los casos, el truncamiento del futuro. Pero ellas se arriesgaban incluso si las cosas iban bien: encierros, prohibiciones, castigos paternos, hablillas y murmurios; en definitiva, descrédito personal por haber invadido terrenos vedados, y devaluación de las expectativas de una vida mejor. Por eso muchas trabajadoras insistieron en conservar en todo momento el anonimato, y desarrollaron en la lucha obrera métodos peculiares que pusieron toda la insistencia en la solidaridad inamovible del colectivo: «O todas o ninguna.» La expresión vale sobre todo en femenino, aunque colectivos de varones, o mixtos, también la utilizaran.

Y es esa una de las causas de que no aparezcan nombres de mujeres (los de varones son también muy raros) en las reseñas de luchas obreras. Fueron muchos, y más aún entre las mujeres, los que no quisieron que aparecieran sus nombres porque podían atraer represalias y listas negras. El caso de los presos era distinto, era necesario provocar una solidaridad ciudadana personalizada en torno a ellos. Varo cita a los hombres del proceso 1001 y a Moscoso, Prats, Martínez y Bravo, del Textil. Pero son casos similares a los de los 113 detenidos de la Assemblea de Catalunya, y entre ellos he contado 18 nombres de mujeres. Sin problema, sin invisibilidad. He visto, por lo demás, entre las fuentes documentales del libro de Varo testimonios de mujeres que no se presentan con su nombre sino con iniciales. Es un indicio de lo que digo. Las mujeres surgidas de hábitats urbanos, y en particular las que accedieron a una educación de grado superior, superaron ese hándicap de partida y fueron las que mayoritariamente se proyectaron a puestos de dirección y adquirieron una adecuada visibilidad personal.

Vale la pena citar lo que dice una de las mujeres de esa última fracción citada, Cinta Llorens, sobre su integración a CC.OO. (traduzco del catalán, pág. 105): «Yo lo recuerdo como mi liberación, quiero decir, conocí gente con unos planteamientos de vida diferentes (…) y yo estaba cómoda, estaba feliz, me sentía persona… Fue la primera vez que no me trataron como a una mujer (…) Pues claro, me di cuenta de que no…, de que las chicas pintábamos lo mismo que los hombres.» No se ha insistido lo bastante, a mi entender, al redactar la historia de las Comisiones Obreras, en el ámbito de libertad que representó en todos los niveles el horizonte del sindicato, como contraposición a una vida política menguada, a una vida social desenraizada, a una vida familiar y religiosa represora y cicatera. Estoy hablando de los últimos años del tardofranquismo, la época del movimiento sociopolítico, de las coordinadoras y de las grandes asambleas de fábrica, de polígono o de localidad, cuando todo era un magma en efervescencia, cuando todo se ponía en discusión y el futuro era un libro aún por abrir. En las organizaciones políticas había más burocracia y más jerarquías, pero el trabajo sindical venía a ser el reino de la anarquía sobre la tierra, una segunda parte – bajo las porras de los grises – del Mayo francés. Aquella libertad nos enganchó a muchos, y tuvo un fuerte efecto intoxicante y afrodisíaco. Compañeros y compañeras interactuaron con un sentido total de libertad, y hubo profusión de cuernos, de rupturas entre militantes y de recomposiciones de todo tipo entre ellos (mujeres con hombres, mujeres con mujeres, hombres con hombres). Fue una de las características de la época, pero no pasó de ser un epifenómeno. Lo que indicaban los grandes movimientos era una nueva relación, una fusión feliz (aunque efímera) entre clase y género. El final del franquismo fue su colofón, las penurias de la transición su punto final.


Una última observación acerca del libro. Una frase sobra, la siguiente: «Las trabajadoras también veían peligrar su dignidad cuando sufrían acoso sexual. No se han encontrado plataformas reivindicativas con referencias a este problema…» (pág. 121). Ni se encontrarán nunca. Ahí Nadia Varo ha sufrido un resbalón. No se puede ni se debe negociar ni formular pactos sobre algo que es en sí mismo un delito. Tanto valdría llegar a consensos sobre el funcionamiento de la caja B de una empresa. Y eso no quiere decir que no haya cajas B, ni que los sindicatos no sean conscientes de esa realidad.

domingo, 21 de septiembre de 2014

EL GACHÓ DEL ARPA Y EL TUTILIMUNDI



Ayer dejé caer la afirmación de que Agua, azucarillos y aguardiente, pieza del género chico con música compuesta por Federico Chueca y libreto de Miguel Ramos Carrión, es genial. No rectifico ni un punto. De hecho, yo llegué a dicha conclusión muy temprano en la vida. Los dos primeros discos de 33 rpm que escuché fueron El lago de los cisnes, de Chaikovski, y el sainete de Chueca. Yo tendría entonces, calculo, quizá diez años. En casa había desde mucho antes un viejo gramófono de 78 revoluciones, pero eran tan frágiles los discos y tan peligrosas las agujas, que había que cambiar cada pocas reproducciones, que los niños teníamos prohibido tocarlo. En cambio, cuando consideró suficientemente consolidado el nuevo y prodigioso avance técnico, mi padre compró un moderno tocadiscos Philips y lo consideró lo bastante robusto para autorizarnos su manejo. Compró también dos discos. Como eran los únicos disponibles en casa, los niños debimos oírlos por lo menos trescientas veces en un año, hasta que empezó a renovarse el repertorio. El preferido de mi hermana Fina era, lógico, El lago de los cisnes. El mío, en parte seguramente por llevarle la contraria, Agua, azucarillos y aguardiente. Fiel como soy en general a mis primeros amores, quizá debido a una predisposición genética, sigo firme en mi admiración sin reservas.

En la zarzuela citada comparece el Gachó del Arpa. Es, como el nombre sugiere, un músico callejero. He indagado en Google antecedentes de ese apelativo, y no he encontrado ninguno. Hizo fortuna después de estrenada la pieza (en el teatro Apolo de Madrid, en junio de 1897), y yo creo que como consecuencia del éxito que tuvo. El gachó del arpa hace compañía en el habla popular a otras especies tal vez en peligro de extinción, como el andoba, el baranda, el enano (del cambio), el capitán Araña o el francés de la mona, del que ya apenas quedan vestigios. He rastreado en Google a una estudiante americana, lectora de La tesis de Nancy de Ramón J. Sender, que pedía auxilio a la ciberesfera porque no sabía cómo traducir la expresión “gachó del arpa” al inglés. Tuvo varias respuestas, en ninguna de las cuales se citaba Agua, azucarillos y aguardiente.

El Gachó del Arpa de Chueca pasa el sombrero a la concurrencia y luego canta en chapurreao una canción de tema banal. Es esta: «Una niñeira / di Barchelona / d'un soldatino / s'inamoró, / e al mechi e michi / de relacione, / il regimento / se las guilló. / Tuti li mundi / le preguntaba: / ¿qué cosa e fatto / que llora así? / E la fanciula / li respondeba / qu'il soldatino... / ¡Ji, ji, ji, ji! / Io sonno il trovator / qui vaga per Madrí.»

Yo no habría sabido explicar esa risita final. Sesenta años más tarde, en un video de youtube he visto al Gachó colocarse la mano delante de la cintura y esbozar una tripa. Debí haber caído en la cuenta antes, claro, pero nunca me lo planteé como problema.

Otro pequeño enigma. “Tuti li mundi” se emplea en la canción del Gachó del Arpa en el sentido de “todo el mundo”, pero el tutilimundi era también otra cosa. La Academia remite en esa voz a “mundonuevo” y allí da una descripción concisa: un cosmorama portátil que se paseaba por las calles para diversión de las gentes. Yo nunca he visto uno, soy demasiado joven para eso, pero en el antiguo parque de atracciones del Tibidabo sí había cosmoramas fijos que se iluminaban echando una moneda en la ranura. Pío Baroja habla así del tutilimundi:

«Era como un cajón largo, con techo de madera, que tenía en las paredes laterales varios agujeros redondos de cristal, por donde se veían paisajes, vistas de ciudades y escenas fantásticas iluminadas. Este cajón solía ir tirado por un caballo o un burro. Aparecía en los pueblos durante las fiestas. En Madrid se estacionaba en alguna plaza, con frecuencia en la plaza Mayor, y a veces el hombre que lo exhibía redoblaba en un tambor y explicaba las vistas de su pequeño escenario.»


Existe aún en Madrid, entre la Ribera de Curtidores y la ronda de Toledo, una plaza llamada del Campillo del Mundo Nuevo, y el nombre no se refiere, según Baroja, al continente americano, sino a ese antiguo artilugio que los modernos efectos especiales han dejado arrumbado y en desuso.

sábado, 20 de septiembre de 2014

TANTA PAROLA

Mariano Rajoy ha felicitado a Escocia, así en bloque, por el respeto escrupuloso a la legalidad mostrado durante todo el proceso del referéndum y también, last but not least, por el resultado del “No” a la independencia. No ha sido una felicitación sincera sino un disparo por elevación, que no ha dado sin embargo en el blanco. En efecto, Artur Mas ha culminado mientras tanto la aprobación de su ley de consultas, una ley perfectamente constitucional si bien con el ligero defecto de que no ampara la consulta concreta que se pretende hacer. También Mas se ha felicitado por los sucesos escoceses, y tampoco su felicitación ha sido sincera. El tema soberanista sigue enrocado en nuestras latitudes, y a la espera de algún desenlace los dos primeros espadas del festejo saludan mirando en dirección al tendido escocés y se adornan con sendos brindis al sol. Mas aguarda el momento oportuno para publicar su ley, refrendada por los votos de una mayoría parlamentaria amplia pero con disparidad interna de criterios, no en cuanto al texto votado sino a su aplicabilidad concreta al proceso; y Mariano tiene en reserva un consejo de ministros extraordinario para remitir la ley catalana al Tribunal Constitucional en cuanto se publique. En el trasfondo están las próximas contiendas electorales. No es probable que Rajoy ofrezca una devolution como ha hecho de inmediato David Cameron – ni siquiera una mini devolution demediada y de bajo contenido proteínico al estilo de los manjares calificados en el enclave lingüístico de la Vega de Granada de “pollas en vinagre”, por lo desabridos y poco nutritivos –, porque el gobierno del PP estima que cualquier signo de ablandamiento le reportaría un plus de votos de castigo en las urnas (también se los reporta su inmovilismo absoluto, pero con eso ya contaba desde antes). El presidente español y el catalán están enfrascados en una especie de partida de ajedrez, y los dos tienen calculadas sus tres o cuatro próximas jugadas. Luego todo quedará al albur, y serán las computadoras (los sondeos, los comicios municipales) las que decidan de quién es la ventaja en la posición resultante. De modo que la partida se juega a la vez en Escocia, en los foros institucionales y en las terminales computerizadas de las asesorías sociológicas y politológicas. Y mientras se van desgranando con lentitud las jugadas morosamente analizadas y los ojos de todos los observadores se mantienen fijos en el tablero, la casa sigue sin barrer, la reforma laboral continúa haciendo estragos, el crédito no remonta y los datos macroeconómicos se ocultan debajo de la alfombra o se maquillan en función de las necesidades objetivas de la salvación de España.

Lo cantaban en Recoletos las niñeras gallegas de Agua, azucarillos y aguardiente, la genial (discúlpenme el encomio) zarzuela del maestro Federico Chueca. Esto es lo que decían de sus amas:«Tanto vestido blanco, / tanta parola, / y el puchero a la lumbre / con agua sola.» 


jueves, 18 de septiembre de 2014

MACHADO Y BAEZA


El nombre y la figura de Antonio Machado están presentes en muchos rincones de la Baeza de hoy: en el campus de la Universidad Internacional de Andalucía; en la fachada de la que fue su casa de alquiler frente a la antigua cárcel, luego ayuntamiento; en el mirador de la muralla; frente al casino. Hay un respeto y un cariño visibles en toda la actitud de Baeza hacia el poeta; pero en vida de éste no hubo reciprocidad en ese feeling. Machado reconoció en una carta a José María Palacio de diciembre de 1912, al poco de haberse instalado en Baeza, que «la gente es buena, hospitalaria y amable». Fue prácticamente el único juicio positivo que le inspiró la ciudad andaluza. (Sigo para esa cita y para todo lo que viene a continuación a Ian Gibson en su magnífica biografía Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, Madrid 2007).

Lo cierto es que la conjunción Machado-Baeza no se produjo en las mejores circunstancias para las dos partes. La antigua Universidad, que adornó a Baeza con el sobrenombre de “pequeña Salamanca”, había cerrado sus puertas en 1824. En el mismo hermoso edificio se alojó a partir de 1875 el Instituto de la Santísima Trinidad, al que fue destinado Machado para dar clases de lengua francesa. El poeta tomó posesión el día primero de noviembre de 1912, tan sólo tres meses después del fallecimiento en Soria de su esposa-niña Leonor. Atravesaba una etapa de depresión profunda; en una carta a Juan Ramón Jiménez, confesaba haber tenido la tentación muy fuerte de «pegarse un tiro». Llegó a Baeza con el repique a muerto de las campanas, el día de Difuntos. Preguntó por el director del Instituto y un bedel le dijo que estaba en la agonía. Balbuceó el poeta unas palabras de condolencia, y el bedel le aclaró que La Agonía era una tertulia llamada así por la cantidad de lamentaciones que en ella se hacían, relacionadas por lo general con el mal tiempo y las pobres cosechas, porque aquella era una sociedad rural, sin vida cultural de ninguna clase. «No hay un solo periódico local, ni una biblioteca, ni una librería, ni aun siquiera un puesto de periódicos donde comprar los diarios de Madrid», escribió Machado con desesperación.

«Este poblachón moruno», repite Machado en varias ocasiones, en su correspondencia. «La ciudad está poblada de mendigos y de señoritos arruinados en la ruleta. La profesión de jugador de monte se considera muy honrosa. … Una población rural encanallada por la Iglesia y completamente huera», escribió a Unamuno.

El espacio situado delante del Casino, en la calle de San Pablo, está ocupado hoy por un bronce del poeta de cuerpo entero, sentado en un banco en actitud de leer. Es un Machado más delgado que el real, con el sombrero colocado al descuido a un lado, el bastón descansando en las piernas cruzadas y, esbozado apenas, el «torpe aliño indumentario» con el que él mismo se calificó. Machado frecuentó poco el casino de Baeza, y nos ha dejado de uno de sus habituales una estampa de aguafuerte solanesco: «Este hombre del casino provinciano, / que vio a Carancha recibir un día, / tiene mustia la tez, el pelo cano, / ojos velados de melancolía, / bajo el bigote gris labios de hastío / y una triste expresión que no es tristeza, / sino algo más y menos, el vacío / del mundo en la oquedad de su cabeza.»

Le gustaba sentarse en el mirador de las murallas que hoy lleva su nombre además de su cabeza en bronce esculpida por Pablo Serrano. El paisaje es confortante para el espectador. La vega del Guadalquivir se despliega frente a la Loma, en cuyo extremo, a la izquierda, se divisan agrupadas las casas blancas y las torres de Úbeda. El río, «como un alfanje roto / y disperso, reluce y espejea.» Enfrente se alza el murallón de Sierra Mágina, con la cumbre dentada del Aznaitín. Otras sierras – Cazorla, Las Villas – azulean en la distancia, hacia el este. Esto es lo que escribe Machado de sus sentimientos propios delante de «los grises olivares y los alegres campos de Baeza»: «De la ciudad moruna / tras las murallas viejas, / yo contemplo la tarde silenciosa, / a solas con mi sombra y con mi pena. […] Aguardaré la hora / en que la noche cierra / para volver por el camino blanco / llorando a la ciudad sin que me vean.»

Va a pie, de vez en cuando, a Úbeda, con su gabán manchado de ceniza, sus zapatones y su bastón grueso como un cayado. En Baeza dicen que, fumador empedernido, va allí a comprar cerillas. Otros aventuran que frecuenta un prostíbulo. Las dos explicaciones son igualmente inverosímiles, y Úbeda, «reina y gitana», tiene atractivos suficientes para que su visita no necesite otros pretextos.

Los años de Baeza son, para terminar esta semblanza, de «sequedad creativa» a juicio del poeta. Produce poco (no tan poco, pondera Gibson) y en cambio lee mucho, sobre todo filosofía, y estudia para preparar unos exámenes de licenciatura que le permitan aspirar a una cátedra en otro lugar, en “cualquier” otro lugar. Se examina de latín con Julio Cejador, y de filosofía con José Ortega y Gasset. Ortega lo califica con un sobresaliente. Conseguido el título ansiado, abandonará alegre Baeza para marchar a Segovia en octubre de 1919.


Si Baeza no pudo o no supo hacer feliz a Machado, él por el contrario sí dejó recuerdos felices en muchas personas de Baeza. Hoy la ciudad es, además de muchas otras cosas, un homenaje cálido a su persona y a su figura. Los amores no correspondidos son, de alguna manera, también los más bellos.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

TIEMPO DE GRANDES MANIOBRAS

La novedad más atractiva que nos ofrece la inauguración del actual curso político es la asamblea constituyente de Podemos, que ha arrancado en setiembre y concluirá, si se cumplen las previsiones, en noviembre. Vamos a asistir “en directo” a la fundación de un partido político, y ese hecho resulta especialmente interesante en la medida en la que percibimos la necesidad urgente de refundación de otras venerables instituciones de la izquierda que hoy aparecen más o menos roídas por la carcoma. Aguardamos con expectación cuáles van a ser la estructura orgánica del nuevo partido, su programa, sus estatutos, sus métodos de comunicación interna, de representación, de elaboración de decisiones. Dada la frescura de ideas y la voluntad rompedora de los líderes de Podemos, de la actual asamblea pueden surgir pistas útiles para otros cofrades de la izquierda. Para los de la derecha, no. Es sabido que los partidos de derechas tienen una función vicaria y ancilar respecto de las fuentes establecidas y contrastadas del Poder, así económico como político. Pero un partido genuino de la izquierda alimenta (¿es así aún?, ¿o habremos de decir “alimentaba”?) la pretensión de erigirse en adelantado y guía de la marcha colectiva del conjunto de la sociedad hacia transformaciones trascendentes.

Quizás esperamos demasiado de Podemos. Exigimos, o poco menos, a sus dirigentes que sean ellos la prueba del algodón de la regeneración democrática, y no es justo. Tampoco es justo demonizarlos. Pedro Sánchez ha alertado al comité federal del PSOE acerca de una «convergencia objetiva» (una pinza, digámoslo claro) entre el PP y Podemos en contra de su formación. Puede que todo se reduzca a un homenaje personal a la serie de los Disparates de don Francisco de Goya, pero si lo ha dicho en serio sería la corroboración de algo que ya antes sospechábamos: que las primarias no son la solución más adecuada a las crisis de liderazgo.

He leído con atención la larga y sustanciosa entrevista de Orencio Osuna a Pablo Iglesias publicada en el diario digital Nueva Tribuna (1). Veo en las explicaciones de Iglesias una mezcla de audacia y de reserva, natural esta última a la espera de que en algunos puntos neurálgicos sea la asamblea la que se defina. Con todo, yo diría a bote pronto que tiene claras muchas cosas, y que se equivoca en alguna de ellas. Un ejemplo de lo primero: Podemos no tiene por qué alinearse en frentes de izquierda contra la derecha, cuando la razón primera de su aparición es romper con mecanismos herrumbrosos y viciados de funcionamiento en el territorio de la izquierda (no en el de la derecha donde, como apuntaba antes, la herrumbre y el vicio son consustanciales – lo engrasan – al mecanismo de correa de transmisión que mueve a los políticos desde las instancias superiores del Poder o de los Poderes). La excepción a esta regla general de autonomía de funcionamiento podría venir de alianzas amplias, circunstanciales y podadas de siglas, para conseguir mayorías estables en ayuntamientos en los que la contestación social y ciudadana es unánime y clamorosa; pero sería, repito, una excepción a la dinámica general de la nueva organización.

Un ejemplo de lo segundo: lo que se refiere al sujeto emancipador queda en la entrevista bastante borroso. Por quedarlo, tampoco se decanta Iglesias sobre si el horizonte en el que Podemos enmarcará su perspectiva política es el de un capitalismo profundamente  reformado por medidas correctoras y democratizadoras, o si va a proponerse trascender ese horizonte teórico, y en qué dirección. La mayor incógnita es cómo pretende configurar y vertebrar esa gran mayoría social a la que se refiere. Porque si existe una mayoría social, está invertebrada. ¿Se propone Podemos convertirse en un partido de masas, o bien la vertebración, como supongo, ha de llegar por otro camino? En este terreno no todo puede fiarse a la comunicación electrónica y a la telemática.

Pero estas objeciones puntillosas y puestas por lo demás entre paréntesis no tienen en realidad – aún – una gran importancia. Todo está por definir, todo es posible, e incluso si en algo se yerra el tiro a la primera, habrá muchas ocasiones para rectificar.

Lo que sí es importante es la presencia en el escenario político de un elemento novedoso y sorprendente, llamado a remover las aguas estancadas. Ya llegará el momento de fijar posiciones. De momento, lo que procede es alegrarnos todos de la iniciativa de Podemos, y de su inminente puesta de largo.



lunes, 15 de septiembre de 2014

YO TE HARÉ UN MONUMENTO

Jorge Moragas es el jefe de gabinete de Mariano Rajoy. La relación entre los dos políticos se remonta al congreso del PP del año 2008. Eran momentos difíciles para Rajoy, cuyo liderazgo se cuestionaba desde todas las instancias así ideológicas como estamentales del partido. Según ha explicado Jorge más tarde, en aquel congreso se le presentó un dilema personal difícil: «O me unía a Rajoy, o conspiraba.» Fiel a su instinto de político de casta, resolvió el dilema eligiendo a la vez las dos opciones: se unió a Mariano, y conspiró.

Veamos el mensaje que envió el 20 de noviembre de 2012, exactamente a las 20:02:40, a su antigua compañera de colegio y ex novia de Jordi Pujol Ferrusola María Victoria (Vicki) Álvarez Martín, que había hecho saber a la secretaria del PP catalán Alicia Sánchez-Camacho, en conversación recogida y grabada por la agencia de detectives Método 3, que poseía material sensible acerca de la fortuna de la familia Pujol: «Si dieses una entrevista y lo contases todo salvarías a España y yo te haría un monumento. Besote.»

Hay cuatro elementos a considerar en el mensaje. Podemos descartar el último de ellos (“besote”) por trivial. Los tres restantes contienen alguna miga. El primero, por ejemplo: “si dieses una entrevista y lo contases todo”. Lo que pide Jorge a Vicki no es que vaya al juzgado y denuncie unos hechos que podrían ser constitutivos de delito. El juez, más de un caso se ha dado, podría decretar secreto del sumario y ya la tendríamos. Denunciar no es mala opción y da una imagen adecuada de responsabilidad, pero ya que disponemos de un apetecible montón de mierda, lo que de verdad importa es enchufar cuanto antes el ventilador. Vicki, obediente, fue a los programas Espejo público de Antena 3 y Hable con ellas de Tele 5, y lo contó todo con desparpajo. También, después de consultar con su abogado, fue al juzgado y puso la denuncia correspondiente.

“Salvarías a España.” Considerada en sus propios términos, la proposición resulta enfática y en exceso ambiciosa. Los pelendengues de la coyuntura económica, financiera, política, etc., no se resuelven haciendo correr un chisme por el patio de vecinos. No es aventurado suponer, entonces, que lo que tenía en mente Jorge (catalán, como todos los demás protagonistas de la historia) era la necesidad de salvar a España de una amenaza muy concreta, a saber, la secesión amenazada por la deriva soberanista de la Generalitat de Catalunya y su determinación de organizar un referéndum a plazo fijo sobre la independencia.

“Y yo te haría un monumento.” Esta es la parte más enigmática del mensaje. Se me ocurren tres interpretaciones distintas y les ocurre como a las hijas de Elena, que ninguna es buena. No voy a entrar en disquisiciones porque importa preservar la decencia y la seriedad de este blog que es el vuestro, queridos lectores. Pero, por fortuna, disponemos al respecto de información complementaria. Después de un rápido cruce de mensajes entre Jorge y Vicki (J.: “¿Pero qué has hecho?”. V.: “Lo que tú me dijiste”), el 13 de diciembre él precisa más la idea ya expuesta: «Uauuu! Yo te haré un monumento a tu cuerpo.» A tu cuerpo. Con esa manera de señalar, podemos descartar sin más otras posibilidades (a tu valor, a tu lealtad, a tu coherencia, a nuestra amistad…) Y Vicki contesta, menos de dos minutos después: «Mi cuerpo ya es un monumento ja ja ja.»


No sé si tiene alguna relación con el traído y llevado monumento al cuerpo de Vicki la reciente declaración de ésta en el sentido de que ha sido utilizada por el PP. Debería ir a Espejo público a contárnoslo con más detalle.

domingo, 14 de septiembre de 2014

NO ES INDOLENCIA, ES AUTISMO

«Míreme a los ojos, señor Rajoy, y dígame que es posible vivir en este país con el salario mínimo», interpeló Cayo Lara al líder en el pleno de las Cortes. La crónica parlamentaria no detalla si en efecto Mariano miró a Cayo a los ojos, como se le había pedido, o no. Sí recoge la sustancia de su respuesta: «Esos sacrificios son buenos para España.»

Ha llegado entonces el momento de preguntarnos de nuevo a qué llamamos España, como hizo en su momento Pedro Laín Entralgo, a mi juicio con acierto discutible. También será el momento de preguntarnos si existe una sola España o si son varias, y a cuál de ellas en concreto beneficia el sufrimiento de sus habitantes. Finalmente, tal vez convenga plantearse la duda metódica de si es dable seguir soportando tanta España y tan abstracta sobre nuestros hombros escuálidos, y si no sería más práctico ocuparnos de la escuela y la despensa (en tanto que servicios públicos, y no negocios privados) y echar siete llaves (u ocho, o nueve si se tercia) al sepulcro del Cid, como también ha quedado escrito en la pluma de otro español poco sospechoso de tentaciones soberanistas.

Valgan estas reflexiones minimalistas como corolario del feliz éxito de la Diada catalana. Por cierto que también Artur Mas se dejó decir que la independencia exigirá sacrificios a los catalanes. No concretó su idea, pero estimo que se estaba refiriendo a otros sacrificios además de aquellos a los que los catalanes ya estamos sometidos sin necesidad de ninguna consulta y sin derecho a decidir sobre ellos. La santa virgen del remedio nos coja confesados.

Concluyo para mí, y sin pretensión de convencer a nadie de que comparta mi opinión, que en este tema ni Rajoy es indolente ni Mas fogoso. Los dos son autistas. Solo ven la Idea pura encarnada en la unidad de destino, lejana y luminosa, más allá del horizonte, y entienden que los conceptos de sufrimiento y de sacrificio no son desgracias remediables mediante una gestión política cuidadosa y acertada, sino, por el contrario, acicates con los que espolear a una ciudadanía en ocasiones remisa. ¡Marchando otra de sufrimiento!


sábado, 13 de septiembre de 2014

EN LOS CERROS DE ÚBEDA




Úbeda y Baeza no serían lo que son sin la aportación de Don Francisco de los Cobos y Molina, secretario imperial del césar Carlos V, y del arquitecto Andrés de Vandelvira. Serían de todos modos dos ciudades considerables, bien enraizadas en su tierra y en la historia con sus ciclos sucesivos de esplendor y de decadencia, como muchas otras poblaciones de su misma o parecida geografía. De los Cobos, en su función de mecenas, y Vandelvira, como constructor, les han dado algo más, una pátina y un brillo inconfundibles, al modo como los Tito, estirpe de alfareros de Úbeda, dan a sus platos y a sus tinajas de formas perfectas ese baño metálico que resulta después de horneado en un vidriado de un verde intenso y oscuro que no se parece a ninguna otra cosa.

Son Úbeda y Baeza, pero también Sabiote, Ibros, Canena, Villacarrillo, y otras poblaciones aún de la comarca de la Loma y Las Villas. El mecenazgo de Cobos tuvo continuación en el de su sobrino Juan Vázquez de Molina, y el maestrazgo de Vandelvira en otros artífices y maestros de obras que llegaron aquí a su llamado y prolongaron su obra o plasmaron sus trazas cuando él faltó. En los tiempos en que Cobos, por las repetidas ausencias de su emperador, era el hombre más poderoso de España, sus excursiones desde la corte para supervisar los progresos de las grandes obras que había emprendido y descansar a gusto en su tierra natal, desesperaban a la larga caterva de arbitristas y de solicitantes de todo tipo que aguardaban audiencia en las antesalas. Ya se nos había ido otra vez Don Francisco «por los cerros de Úbeda».

Más de ochenta años antes que Cobos, el humanista, filósofo, alquimista y papa Eneas Silvio Piccolomini había dado en la flor de eternizar su nombre a través de la construcción de una ciudad ideal, y para ello derribó más de tres cuartas partes de las edificaciones de su aldea natal, Corsignano, en la provincia de Siena, y encargó al arquitecto Bernardo Rossellino la traza y la construcción de un Duomo, un Palazzo Comunale, una residencia adecuada para él (Palazzo Piccolomini) y otros edificios dispuestos según un plano urbanístico geométrico, proporcionado y cuidadoso con los distintos equilibrios y jerarquías sociales. Bautizó a aquel sueño de la razón con el nombre de Pienza, que conserva el pueblo en la actualidad, en honor a sí mismo, que había elegido llamarse como pontífice Pío II. Cobos tuvo una visión no menos fabulosa, pero no cayó ni en la egolatría ni en la fanfarria del italiano. No rebautizó a Úbeda como Cobeña; no cercenó la tradición antigua ni la historia viva de las dos poblaciones vecinas de la Loma; respetó su fisonomía medieval, sus muros, sus viviendas, sus plazas y calles, sus monumentos; y enriqueció ese tejido urbano secular con un esplendor nuevo coherente con la época nueva que vivía el reino. No fue seguramente Cobos tan filósofo como Piccolomini, pero sí, sin duda, más sabio.

Tres días representan un tiempo muy corto para alcanzar a ver todo lo que solicitaba nuestra curiosidad, pero Carmen y yo estamos contentos de haber cumplido un deseo que se remonta a más de diez años atrás. En 2003 Úbeda y Baeza fueron incluidas en el patrimonio mundial de la UNESCO y ese mismo año proyectamos hacer una visita a las dos ciudades con mi hermano Juan, que era entonces arquitecto de la Junta de Andalucía. Su enfermedad echó por tierra nuestros planes. Aquel viaje ha contado ahora con la guía permanente de su recuerdo.


(En la fotografía, Carmen observa el trabajo de Paco Tito, en el alfar-museo de éste en Úbeda.)

lunes, 8 de septiembre de 2014

EL SUFLÉ CATALÁN Y “PODEMOS”


A mí me parece que no existe ese “suflé catalán” sobre el que especulan los poncios. Suflé como metáfora de un sentimiento que debido al calor artificial del entorno sube desproporcionadamente en un punto dado, y luego baja con la misma rapidez. Tiendo a creer que el soberanismo en Catalunya corresponde a la categoría de los grandes movimientos, y no a la de las bagatelas coyunturales. El error de los poncios consiste, a mi entender, en que cuando miran hacia Catalunya observan solo el establishment que ocupa la fila de candilejas en el escenario, y todo el resto lo omiten como calderilla política de escaso valor. Deberían hacer exactamente lo contrario, fijar la mirada en la ciudadanía de a pie y no dar a importancia a las querellas entre Mas y Duran o al pufo que se le ha descubierto en Andorra a la familia Pujol. (Nadie se ha rasgado las vestiduras hasta el momento en relación con las horas bajas del Ex; no ha habido llanto, ni crujir de dientes, ni conversiones repentinas en el camino de Damasco.)

El soberanismo es un estado de ánimo extendido en Catalunya pero no aún un proyecto político con cara y ojos; y se alimenta de una insatisfacción política de hondo calado que abarca tanto los desafueros (utilizo la expresión a conciencia) de un Estado (opresor) torpe y cegatamente centralista, como los ejercicios de fontanería experimental – sería descortés llamarlos chapuzas – de una clase política autóctona claramente por debajo del nivel mínimo deseable para afrontar una coyuntura difícil como la que atravesamos. Sor Teresa Forcades se hizo portavoz hace algún tiempo de la necesidad de suprimir los partidos políticos para hacer de Catalunya otra cosa. Es una barbaridad, claro, pero una barbaridad sintomática.

El artefacto político renovador “Podemos” ha surgido, en latitudes muy próximas a las del soberanismo catalán, del mismo género de insatisfacción. Su discurso es parecido: no hay aún una arquitectura política consensuada y todo el énfasis se coloca en el derribo de lo existente: del ordeno y mando, del ajo y agua, del arribismo, de la mediocridad, de la incompetencia, de la corrupción; y, como temas más de fondo, de la redistribución injusta y ventajista de la riqueza generada por la sociedad, y de la mala asignación de los recursos del Estado en beneficio de los más conspicuos de entre sus servidores (la casta, las puertas giratorias).

No hay suflé Catalunya ni suflé Podemos. Hay hartazgo, y el hartazgo es un movimiento – una movida – de fondo, que no se arregla con cosméticos. Los analistas de fifiriche truenan contra soberanistas y contra indignados porque los consideran brotes inmaduros de primitivismo político. Puede que lo sean, si se atiende sobre todo a la ausencia, todavía, de un proyecto y de un trayecto capaces de vertebrar a todas las sensibilidades diferentes e incluso contrapuestas que apuntan en el fondo del magma en efervescencia de una ciudadanía indignada. Hay muchos hilos de los que tirar, en esa perspectiva. Nos encontramos inmersos en un paradigma político y económico nuevo, en el que han cambiado drásticamente muchas cosas, y sobre todas ellas la vida de las personas y sus expectativas de futuro. Es lógico que ante tantas novedades cueste ir afinando las síntesis sucesivas de un itinerario político compartido que dé respuesta a todas las incógnitas y soslaye todas las trampas interpuestas en el camino.

Pero el preámbulo del proyecto futuro y el punto de partida del trayecto a emprender por los movimientos y por la utopía soberanista, que muy bien podrían coincidir, templarse y reforzarse recíprocamente en un estadio de elaboración más avanzado, están situados en la necesidad de acabar con un género de desgobierno que interpreta a la sociedad civil como un ente abstracto puesto al servicio del Estado de derecho; y construir, muy al contrario, un Estado de derecho ágil y eficaz, puesto – volcado – en todo momento y en cualquier circunstancia al servicio de la sociedad civil concreta, de la ciudadanía.


domingo, 7 de septiembre de 2014

NO HABRÁ OTRO BOOM

Este verano el tiempo ha sido incierto y las temperaturas tan suaves que no invitaban a pasar en la playa de Pol más tiempo del estrictamente necesario para un chapuzón y un par de brazadas, de modo que he tenido tiempo sobrado para leer mucho. Entre otras cosas, he devorado de cabo a rabo un volumen de gran formato (más de 800 páginas) repleto de historia pequeña y de anécdotas jugosas sobre escritores. Hablo de Aquellos años del boom, de Xavi Ayén, que obtuvo el año pasado el Premio Gaziel de Biografías y Memorias.

Recuerdo con nostalgia la época del boom. En España en particular se caracterizó por el sentimiento de desgarro y de marginalidad con el que veíamos pasar de largo en la noche negra de la dictadura las luces espejeantes de una cultura no “alta”, no me refiero a eso, sino de masas y al mismo tiempo de una gran calidad, libre y lúdica hasta unos extremos inconcebibles para quienes en el terreno estético manteníamos una militancia disciplinada en el social-realismo y en las enseñanzas de György Lukács y Galvano della Volpe.

Al modo como en tiempos pretéritos la afición taurófila se había dividido entre los partidarios de Joselito y los de Belmonte, en esos años unos éramos de los Beatles y otros de los Rollings (luego hemos abandonado nuestro provincianismo ingenuo y les llamamos los Stones, pero son los mismos); unos de Fellini y otros de Bertolucci; unos de Brassens y otros de Brel; unos de Gabo y otros de Mario.

Xavi Ayén cuenta con gracia y con una riqueza de documentación asombrosa la intrahistoria de aquellos años de fiebre cosmopolita en Barcelona. Desde el punto de vista de una historia total, habría cosas que rectificar en sus afirmaciones. No todo era como él dice, había más, los baricentros y los puntos fijos del péndulo se extendían a otras realidades y a otras geografías. Pero la magia de aquel momento irrepetible para la literatura está entera en esa anécdota de J.J. Armas Marcelo, que había ido a visitar a Vargas Llosa una mañana y le expresó su deseo de conocer a García Márquez. “Nada más fácil”, contestó Mario y dio unos golpecitos en el tabique que tenía a su espalda. Diez minutos después apareció en el cuarto de estar Gabo vestido con su mono azul de trabajo. Un truco combinado por los dos, porque sus casas estaban muy cerca la una de la otra, pero no pared con pared.

Un truco de ilusionistas. El realismo mágico, que nos acompañó en aquellos años privilegiados, hoy se ha ido lejos para no volver.


sábado, 6 de septiembre de 2014

LA GUERRA DE UTRECHT



En la ciudad holandesa de Utrecht, conocida en la historia de Europa por haberse firmado allí los tratados que pusieron fin a la guerra de Sucesión española en 1713-15, la Embajada española acaba de vetar un acto de promoción cultural que había de tener lugar en el Instituto Cervantes. Albert Sánchez Piñol, autor de la novela Victus, ambientada en el asedio de 1714 a la ciudad de Barcelona, iba a dialogar sobre el libro con su traductor al neerlandés. La Embajada actuó a indicación del ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo. Se alegó que el acto podía ser “sensible”, dada la cercanía del 11 de Septiembre y la virulencia del desafío independentista catalán. Como explicación complementaria se argumentó que en un acto anterior en Amsterdam, promovido por Diplocat, en el que Sánchez Piñol habló sobre todo de fortificaciones, se había desplegado una bandera estelada.

Una (no veinte, no cien) estelada en Amsterdam, ciudad no especialmente proclive a estallidos de pasiones pro-soberanistas catalanas; en una sala cerrada, que no en la calle; sin gritos, alharacas ni desórdenes públicos. En aquella ocasión una persona enviada por la Embajada quiso salir al quite con una intervención extensa para dejar claras las razones que abonan la unidad de España, y alguien del público se levantó a aclararle que habían ido allí a un acto cultural, no a escuchar mítines políticos en favor de una u otra de las partes.

La reacción de Exteriores fue inmediata. Consideró necesario preservar lo preservable, y vetó el acto de Utrecht. Para ser exactos, lo aplazó a fecha indeterminada. La responsable de la editora holandesa ha declarado encontrarse “en estado de shock”. El acto estaba programado desde hacía cuatro meses, la suspensión se hizo en el mismo día. “Estas cosas en mi país no ocurren, vino a decir la señora; aquí la libertad de expresión es algo importante.”

Ahí le duele. Exteriores tuvo cuatro meses para decidir si el Instituto Cervantes era o no el lugar adecuado para la celebración de un acto por lo demás muy normal e inofensivo. Si decidía que no lo era y lo avisaba con tiempo a las partes, se habría buscado otro lugar. Habría sido lo correcto, lo educado. Mire usted, no deseamos ver esteladas en el Instituto Cervantes de modo que búsquense la vida. A eso se reducía todo, sólo que hacía falta una cierta previsión. No la hubo. La consigna de nuestro gobierno parece ser que vale más salto de mata que ruego de hombres buenos. De acuerdo, pues. En ese caso, lo obligado era tener la sensibilidad de tragar quina y tomar nota para estar al loro la próxima vez. Tampoco. Se optó por la solución aberrante: prohibir preventivamente el acto en el mismo día de su celebración prevista. Algo que, discúlpenme si señalo con el dedo, nos retrotrae a otras épocas. Épocas no democráticas.

La democracia no consiste en plasmar la voluntad soberana de la mayoría de gobierno, y punto. Es un sistema que incluye equilibrios, protocolos y garantías que se extienden a todos, a los que comulgan con la mayoría y a los que no. Es un terreno de juego de límites bien marcados y con árbitros que garantizan el fair-play en la contienda política. Prohibir la expresión libre de las ideas, ya sea a través de palabras, de escritos, de imágenes o de símbolos, es un crimen – no menor – de lesa democracia. Hacerlo en un país extranjero con las repercusiones que ese hecho va a tener en propaganda negativa, es peor que un crimen: es una torpeza de grueso calibre.