miércoles, 18 de octubre de 2017

EL MINISTRO Y EL FUTBOLERO (FÁBULA)


Después de la victoria del Manchester City sobre el Nápoles, que lleva al team británico a liderar tanto la Premier League como su grupo de Champions, su coach, el catalán de Santpedor Pep Guardiola, dedicó el triunfo a los “dos Jordis” encarcelados por providencia de la jueza de la Audiencia señora Lamela.
Enterado de la dedicatoria, el ministro de Cultura español señor Méndez de Vigo comentó que Guardiola sabe tanto de política como él mismo de física nuclear. (Lo que equivale, se supone, a decir que ninguno de los dos tiene ni idea de las materias respectivamente citadas.)
Varias consideraciones se me ocurren. La primera y principal es que este asunto es completamente prescindible. Ni la dedicatoria de Guardiola añade nada a su currículo plagado de éxitos, ni el comentario del ministro otorga un solo gramo de peso específico a una trayectoria caracterizada por la inanidad concomitante. Méndez de Vigo no es nadie, ni como político, ni como ministro, ni como cultura. Viene a ser como Belén Esteban en un programa de la Cinco; su papel no consiste en hacer nada, sino simplemente en estar ahí.
Ahondando en la cuestión, sin embargo, contumaz como soy en mi vicio de partir los cabellos en cuatro siguiendo su eje longitudinal, añadiré dos cosas aun: la primera, que la comparación del ministro está mal puesta según los parámetros de la lógica atistotélico-tomista; la segunda, que se trata de una afirmación circular.
Me explico.
La comparación lógica sería la siguiente: «Guardiola sabe tanto de política como yo de fútbol.» Es decir, lo mismo que ya el pintor Apeles, según una vieja fábula que nos ha llegado escrita en pergaminos, reprochó al menestral que quiso ejercer de crítico de arte: “Zapatero, a tus zapatos.” Ocurre que Méndez Vigo, como todo español que se precie, está convencido de que él “sí” sabe de fútbol todo lo que es posible saber, en parte por el repetido recurso a la sabiduría enciclopédica almacenada en el diario Marca, y en parte también por ciencia infusa en los genes de la porción viril de esta raza bendecida. Méndez Vigo no quiso, en consecuencia, declararse lego en cuestión de tan grave trascendencia, y optó por lo que, precisamente en fútbol, se conoce como “echar balones fuera”. Es decir, trasladó (incorrectamente) el segundo término de la comparación hacia un asunto abstruso, carente de importancia real y propio de algunos friquis extravagantes y un tanto pirados, como es la física nuclear.
Que una operación así la ejecute ante los micrófonos abiertos de los medios un ministro de Cultura en ejercicio, y no un parroquiano en la barra de un bar de tapas, dice mucho acerca de la calidad de la cultura, y de los ministros, en este país.
La segunda cuestión a la que he aludido, es decir, la de que se trata de una afirmación perfectamente circular, se comprueba con el siguiente enunciado alternativo, que resulta tan cierto como el primero. Méndez de Vigo podía haber dicho sin la menor incomodidad ni forzamiento: «Pep Guardiola sabe tanto de física nuclear como yo de política.»
 

DETRÁS DE LAS BANDERAS


Tenemos el récord Guinness de banderas por metro cuadrado. Somos el asombro del mundo en ese aspecto, pero conviene, aunque sea solo de cuando en cuando, echar un vistazo a lo que hay detrás.
Lo que hay detrás de las banderas son 13 millones de españoles  ─ 12.989.405 según las estadísticas oficiales ─ en riesgo de pobreza y exclusión social, según el Informe sobre la pobreza en España para 2017.
No se trata de los clásicos pobres de solemnidad, los que se ve a la puerta de las iglesias a la salida de la misa del domingo, y en los días laborables a la puerta de los supermercados, al acecho del euro que las amas de casa han insertado en la ranura correspondiente para desbloquear el carrito de la compra. El 30% de esos 13 millones trabaja, o por mejor decir tiene alguna actividad laboral remunerada, si bien poca actividad, y poco remunerada. El 15% tiene estudios superiores. El riesgo afecta prácticamente por igual a varones y mujeres. Los jóvenes de entre 16 y 29 años son el grupo más numeroso; uno de cada cuatro niños cae también en esta categoría; 4,5 millones de pensionistas están incluidos en ella.
Las cifras absolutas han mejorado algo en el último año, pero esa mejoría puede no tener continuidad; el problema es que el gobierno de España está ignorando olímpicamente la agenda global para el desarrollo sostenible. Un dato al que ya se ha hecho mención en este blog (1).
Pongo en relación los datos del Informe con dos noticias recientes. Una tiene un carácter puntual y anecdótico, pero también sintomático: la expulsión de dos niñas de un colegio. Se llevaban del comedor escolar comida en unos tapers; una monitora las riñó por hacerlo, y volvieron por la tarde con varios familiares para dar una paliza a la monitora. El riesgo de pobreza y exclusión no es abstracto; se concreta, se materializa, se destila en este tipo de sucesos.
La otra noticia son los incendios de Galicia. La Xunta dirigida por Núñez Feijoo (PP) recortó drásticamente las inversiones en prevención, una tarea que de otro lado suponía bastantes puestos de trabajo para guardas forestales y otros. Ahora ha tenido que hacer frente a una ola de incendios provocados. Los fondos que no se dedicaron a prevención, se gastan en extinción. Hay, al parecer, intereses económicos de empresas por medio. Por medio también, la pérdida de riqueza forestal y una catástrofe ecológica de reparación larga y difícil.
Dos lógicas, dos series de resultados. La desidia oficial se cubre con banderas de muchos palmos de largo; la miseria cuida de sí misma arramblando sin escrúpulo con lo que es del común; el deterioro en el patrimonio y en las normas de convivencia crece en proporciones geométricas.
Maldito sea el patriotismo exclusivo de los ricos. El patriotismo ful que utiliza las banderas como tapaderas.
 


     

martes, 17 de octubre de 2017

EL JUEGO DEL PODER


Mientras Galicia arde en mil fuegos provocados, se alarga más y más la absorbente partida de ajedrez que juegan el Govern de Catalunya y el Gobierno central. Resulta desconsolador comprobar que los incendios arrasan nuestro medio ambiente en medio de una indiferencia poblada de banderas, y que los dos bandos que forcejean por la hegemonía en Cataluña se deciden sistemáticamente por jugadas objetivamente malas, y van deteriorando de forma irremediable sus posibilidades de salir airosos. Uno se lanza a un ataque suicida sin piezas que lo apoyen; el otro niega toda salida política y se encomienda al dictamen de los jueces, que a su vez comprometen su función propia en un estado de derecho al prestarse a ejercer para el gobierno tareas de acoso y derribo que jamás deberían aceptar.
Y arde Galicia.
Y Puigdemont mantiene su apuesta por una declaración sin declaración.
Y Rajoy alarga otra semana el plazo de su ultimátum definitivo, mientras afila el 155.
Y dos activistas de movimientos sociales entran en prisión. Es un triunfo del independentismo, es un triunfo de la constitución, es un triunfo de la fiscalía. Cientos de guardias civiles, mientras tanto, siguen acantonados en Sant Climent Sescebes hasta nueva orden, por lo que pueda pasar.
Lo que pueda pasar en Cataluña, no en Galicia.
Leo un artículo de Mónica Oltra, “Lo que está en juego” (1). Dice Mónica que lo que está en juego no es la independencia de Cataluña, nunca lo ha estado para ninguno de los dos gobiernos ajedrecistas. «Lo que siempre estuvo en juego es acabar con el cambio político que pueda poner en duda sus privilegios. Eso es lo que quieren tapar con las banderas aunque para ello tengan que abrir heridas de pronóstico reservado en la sociedad.»
Mediten sobre la cuestión. No es Catalunya frente a España, son las viejas elites de Catalunya y de España contra el cambio.
Cataluña como cortina de humo. Galicia, ay, como cortina de fuego.
 


 

domingo, 15 de octubre de 2017

LA TORMENTA Y EL ÉNFASIS


Quim González Muntadas, sindicalista en el sentido alto de la palabra y gran amigo, ha puesto en solfa (1), con una cordura exquisita que hoy es rara avis en muchos cenáculos de nuestra geografía, la afirmación contenida en un manifiesto de sindicalistas de CCOO por la independencia. A saber: «La independencia de Catalunya y la construcción de la República catalana es la única solución para conseguir una sociedad más justa, socialmente progresista y libre.»
Al margen de lo que cada cual piense sobre las bondades o no de una independencia catalana, bien alcanzada con todas las bendiciones legales así nacionales como internacionales, o bien, como es el caso, a puro huevo y por el camino de en medio, es de considerar en la frase en cuestión el énfasis colocado en ese concepto de “única solución”. No hay otra, para los abajo firmantes. Caso de que Catalunya siga encadenada a España, esa rémora, ellas/os se supone que harán las maletas y se irán a sus casas a rumiar su desesperación, al no poder luchar ya por una “sociedad más justa, socialmente progresiva y libre.”
Ya ha corrido agua bajo los puentes (no mucha, sin embargo, dada la pertinaz sequera) desde que el 14 de junio de 2011 Artur Mas hubo de llegar a la sede del Parlament en helicóptero debido a que el lugar estaba cercado por un cordón humano de protesta. Ese día se iban a aprobar recortes sociales muy drásticos y avanzados incluso en relación con lo propuesto para la otra orilla del Ebro por Mariano Rajoy, ese timorato.
En la protesta estuvieron presentes los sindicatos. No se habló de independencia, aquel día. Luego tuvieron lugar las grandes movilizaciones populares por la escuela y la sanidad públicas, y contra la privatización paradigmática emprendida en este último campo por el conseller Boi Ruiz. Mas y Ruiz eran “ya” independentistas, desde que la Generalitat “vampirizó” el éxtasis estelado de la Diada de 2012 (Catalunya, nou estat d’Europa). Parece obligado constatar, si se atiende a los hechos y no a los catecismos, que existe alguna conexión entre independencia y privatización. Me cuidaré muy mucho de afirmar que dicha conexión es necesaria, y que la independencia sea “el único camino” hacia el neoliberalismo y la regresión social. Pero no me parece de utilidad ignorar un dato que nos ofrece la realidad: a saber, que la independencia “puede” también conducir a la desigualdad y la injusticia social.
El problema de la independencia, entonces, es quién la lidera y cuáles son sus contenidos. Repásese la foto de la plana mayor independentista, entonces, y analícense las propuestas para la etapa que se quiere abrir. Un nuevo estado de Europa puede parecerse mucho a Polonia o a Hungría. Y en cualquier caso, la afirmación de que esa es “la única solución” dista mucho de ser incontestable. De hecho, la frase no encuentra ningún precedente en la muy abundante literatura inspirada en las izquierdas plurales desde don Carlos Marx a esta parte.
Las/los buenas/os amigas/os que firman el manifiesto de militantes de CCOO harán bien en anteponer el análisis factual desapasionado a sus convicciones ideológicas profundas. Esa sí será la “única solución” para capear la tormenta que vivimos. El énfasis no soluciona nada.
 


 

viernes, 13 de octubre de 2017

ESOS SEÑORES QUE USTED ME DICE


Sostiene Cospedal, ministra de Defensa del actual gabinete, que muy posiblemente no será necesaria la ocupación de Cataluña por el ejército español. La declaración va dirigida a tranquilizar a la opinión, y posiblemente de rebote al Consejo Europeo, que ha pedido de forma explícita el cese de la violencia. Lo cual hace que el cuajo de la señora ministra tenga aún, si cabe, más bemoles.
Mientras tanto, la violencia desmandada en Valencia contra una manifestación pacífica y legal, no será investigada por una fiscalía especialmente activa en las últimas semanas. En cuanto a los inequívocos excesos de las fuerzas del orden en los colegios electorales de Cataluña, ya han sido adjetivados, no solo de proporcionados, sino de ejemplares. El caballero que ha perdido la visión de un ojo y las personas que hubieron de ser atendidas de porrazos y contusiones varias por tirones de pelo y empujones escaleras abajo, tendrán difícil percibir una indemnización en estas circunstancias: es un absurdo pensar que proceda una compensación a los damnificados motivada por las consecuencias indeseadas de una actuación ejemplar de las brigadas de la porra. Los únicos investigados en este dossier, los “malos”, son los Mossos, por no haber pegado.
De otro lado, el gobierno ha aprovechado el desfile militar de la Hispanidad para poner en el escaparate el Gran Objetivo de la Exaltación de la Unidad en el Orgullo de la Españolidad (todo en mayúsculas). En Barcelona hubo mogollón de gente venida de fuera con gastos de viaje pagados para reivindicar en cabeza ajena el derecho inalienable de los catalanes a pertenecer a España. Vinieron en plan pacífico, lo que solo significa  que ejercieron una violencia de baja intensidad (murgas, insultos, alardes desafiantes, etc.) Hubo algo más, sin embargo. Arrastrados tal vez por los efectos de un consumo inmoderado de coñá de garrafón, grupos ultras del Valencia y del Frente Atlético se enfrentaron a sillazos en plena plaza de Cataluña. Parece un despropósito a primera vista, pero todo ello se hizo de forma natural e inocente y sin despertar alarma social, según las autoridades expertas en la aplicación de la ley del embudo. Lejos de constituir delito ni falta, la bronca etílica en un espacio público sería una forma como cualquier otra de ejercer con orgullo la defensa insobornable de la unidad de la patria en peligro.
La ultraderecha subvencionada ha resucitado en España. En los tiempos de la Transición aquello llevó a momentos puntuales de exceso de exaltación patriótica, como Montejurra o Atocha, sobre los que las instancias oficiales corrieron apresuradamente un tupido velo de silencio y olvido. No sería prudente descartar de plano que cosas parecidas puedan volver a ocurrir de la mano de ese señor de cara de palo que desempeña la presidencia del gobierno de la nación con el aire distraído y falsamente bonachón de un registrador de la propiedad en excedencia.
Un hilo delator une a ese señor con la ultraderecha, del mismo modo que lo une a los escándalos de corrupción que afectan no solo a sus correligionarios sino al propio partido que él dirige. Su actitud invariable sigue siendo, sin embargo, la de una ajenidad absoluta y desprovista de cualquier atisbo de empatía. Todos los títeres de la cachiporra que desfilan por el escenario de la actualidad pasan de inmediato a ser, para él, “esos señores que usted me dice”.
 

miércoles, 11 de octubre de 2017

PRÓRROGA


Pocas páginas más abajo en este mismo blog, el lector encontrará la siguiente reflexión sobre el dilema del president de Cataluña: «Puigdemont puede optar por calmar la irritación de la fiscalía y taponar las vías de agua por las que se escurren los consejos de administración de las grandes empresas hacia horizontes más despejados;  o por el contrario, precipitar la saga hacia su final, salvando el relato (la voluntad del pueblo, el heroísmo, el martirio) a costa de dejar perder el mobiliario.»
Pues bien, ayer el president optó por abrazarse a un tiempo a los dos cuernos del dilema: aspira a salvar, en el trance en el que se encuentra, tanto el relato como los muebles.
Provisionalmente, claro. Se da a sí mismo algunas semanas (no meses, ha puntualizado); es dudoso que pueda disponer de ellas. Su intento de contentar a todos parece haber tenido consecuencias opuestas. Los más aventureros en su campo le han puesto mala cara, y suena por lo bajini la palabra “traidor”. Es sabido que los traidores tienden a multiplicarse exponencialmente en esta clase de situaciones; posible que la foto de Puchi se añada en un cartel de aparición inminente a la galería de anticatalanes consagrados, que incluye de momento a un arco amplísimo de personalidades, desde Felipe VI hasta Joan Coscubiela por lo menos, atropellando al paso de refilón incluso a Antonio Machado.
Anna Gabriel declaró anoche mismo que en la CUP son “independentistas sin fronteras”, frase que puede entenderse de varias maneras, todas ellas descabaladas. Soraya Sáenz de Santamaría habló de un “chantaje”. Chantaje, se entiende, para obligar al gobierno a negociar lo que no quiere negociar ni de broma. Rajoy anda rumiando una ejemplaridad, y ha convocado al ejército a unirse a policía y guardia civil en la custodia de las fronteras que niega Gabriel.
Para expresarlo con un símil deportivo, Puigdemont, atrapado en serios apuros y compromisos, ha alcanzado a enviar el partido a la prórroga. Pero aun en el caso de que consiga no encajar ningún gol en ese tiempo extra limitado, habrá de someterse de inmediato a la ordalía de los penaltis.
En los penaltis, el presi habrá de renunciar por fuerza a la hostia (en sentido propio) de la catalanidad, que enarbola en alto como si la portara en esa custodia barroca y sobredorada que preside las tradicionales procesiones del Corpus; o bien, al colchón material que le proporcionan las aún cuantiosas empresas implantadas fiscalmente en el territorio.
Las dos cosas al tiempo no va a poderlas conservar en ningún caso; y transcurrido el breve suspiro de la prórroga autoconvocada, puede quedarse sin las dos.
 

martes, 10 de octubre de 2017

PLUS ULTRAS


Nuestro nunca bien ponderado presidente del gobierno no se priva de presumir, parafraseando a Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero si les resultan insuficientes no se preocupen; puedo recurrir a otros.”
Las señales son inequívocas. La ultraderecha ya no existe oficialmente en España (salvo algunas efes recalcitrantes: Falange, Fundación Francisco Franco, FAES), pero sus restos mortales se han corporeizado con excelente salud en Valencia para reventar la manifestación pacífica de la fiesta de la comunidad. En Cataluña han tenido apariciones esporádicas en distintos lugares, provistos de banderas y atambores; también ha habido puñadas para una chica que llamó fachas a los coleguis de una patota ostentosamente agresiva, y un muchacho que llamó la atención en el metro a un escamot pasado de copas recibió una patada en el pecho. En diferentes lugares de Andalucía y otras comunidades, algunas gentes salieron a las calles con la bandera del águila y despidieron con gritos de “a por ellos oé” a los guardias civiles que partían a una misión pacificadora en Cataluña; en la gran manifestación de Madrid, en cambio, las covachuelas atendieron la petición de los ministerios de no desplegar símbolos preconstitucionales para no dar mala imagen ante los corresponsales del exterior (los del interior, todos sabemos de qué pie calzan).
Las señales son inequívocas, pero la fiscalía no ha instruido diligencias en ninguno de esos casos, y mantiene la actitud templada de restar importancia a tales brotes de ideologías desfasadas. No son delitos de odio, no generan alarma social; la fiscalía tiene hechos más importantes que perseguir.
Quien defiende en España el Estado de derecho es un partido que se ha lucrado larga y abundantemente de la corrupción sin que ocurra nada; pero se condena por la ley mordaza a una activista que arrojó un ejemplar de la Constitución al ex ministro Fernández Díaz, que debió considerar el lance como una ofensa suprema y refinada, habida cuenta del caso que hizo de la Constitución “de todos los españoles” durante su aciago mandato. Se siguen interponiendo recursos y apurando plazos con la única finalidad de dejar impunes tantas operaciones lucrativas urdidas a la sombra de un poder de facto, no legal, no escrito, no legítimo ni legitimado en modo alguno.
Así están las cosas en el país mientras escucho en Atenas, al lado de mis nietos, las primeras frases de la declaración de un Puigdemont imbuido de la prosopopeya del jefe de la irreductible aldea gala en la que Jordi Turull oficia de Astérix, y Oriol Junqueras de Obélix.
Se apunta a una posible mediación europea de última hora en el conflicto catalán. Bienvenida sea, si llega. Con penas de cárcel e intervenciones de la autonomía no se arregla un asunto que se ha ido envenenando por la mala fe de las dos facciones enfrentadas. No es Cataluña la que debe marcharse de España; lo que sobra en este país son los pelotazos, las contabilidades B y las historias de los tres por ciento.
Lo demás, por grave que parezca, podemos arreglarlo entre todos.
 

lunes, 9 de octubre de 2017

OCTUBRE ROJO


Se cumplen este mes los cien años justos de la Revolución de Octubre en Rusia. En su tiempo fue considerada, y teorizada abusivamente, como un atajo hacia el final de la historia; entonces se suponía, a raíz de un equívoco propiciado por el mismísimo Carlos Marx, que el comunismo traería consigo el final de la historia (en el sentido de “el no va más”, la apoteosis como cierre de la función). Hoy, con cien años más de experiencia y bastantes desengaños a cuestas, tendemos a considerar aquella revolución más bien como una discontinuidad de la historia, una irrupción que dinamitó – en sentido literal – el guión establecido por las grandes potencias en pugna por el reparto imperial de buena parte del mundo.
A partir de ahí, hay dos historias distintas a considerar: una, lo que ocurrió en el ámbito del socialismo real; otra, lo que ocurrió en el mundo. Visto desde el ángulo del desarrollo interno de la sociedad socialista, Octubre se desvirtuó y se marchitó muy pronto hasta desembocar en un gran fracaso, consumado apenas setenta años después. Desde el segundo enfoque, la revolución rusa fue la avanzada y la inspiradora de una miríada de guerras y de movimientos de liberación en lo que se vendría a llamar el Tercer mundo: el mundo subalterno, el mundo repartido, heterodirigido y expoliado desde las grandes metrópolis del capital y las finanzas.
Si en gran medida el imperialismo ha reafirmado con nuevos instrumentos su dominio económico sobre las antiguas colonias, nada es igual a como era antes; los derechos de las personas han crecido a la sombra de aquella gran revuelta de los desheredados de la tierra, y el fantasma de la libertad y la autorrealización para los esclavos recorre la escena, de modo que nadie puede estar totalmente seguro de que la historia ha concluido al fin y nunca sobrevendrá ya, en un solo lugar o en mil lugares distintos, un nuevo Octubre rojo.
El sindicalista y sociólogo italiano Bruno Trentin dejó anotadas en sus Diarios reflexiones urgentes, en tiempo real, sobre el derrumbe de las sociedades socialistas sobrevenido entre los años 1989 y 1991. Son reflexiones muy agudas, y de doble filo. Sobre el experimento soviético anota que su gran fallo estuvo, desde la perspectiva de la economía, en priorizar la distribución de la riqueza sobre la democracia económica y la autorrealización en el trabajo; la atención al crecimiento del nivel adquisitivo de los trabajadores se impuso, en esta lógica, al objetivo de la liberación “del” trabajo (heterodirigido) y “en el” trabajo, cuestión que se dejó pospuesta hasta una “etapa” posterior (que nunca llegó) de mayor consolidación mundial de la economía socialista. Hubo, así, tanto taylorismo y tanto sufrimiento en el trabajo detrás, como delante del telón de acero.
El otro gran error del sovietismo fue político: el autoritarismo, el culto desmedido a las prerrogativas del estado por encima de las libertades de las personas. Las revueltas populares que derribaron los muros y acabaron con las burocracias dirigentes en el Este y Centro de Europa fueron, escribe Trentin, más antitotalitarias que democráticas. Acierta: no ha habido ninguna expansión perceptible de la democracia en los nuevos estados poscomunistas; sino, al contrario, una exacerbación de los particularismos y de las fobias étnicas y/o religiosas.
Concluye así Trentin su reflexión al respecto (en Dortmund, 10 octubre 1991): «Las sociedades llamadas comunistas han destruido la sociedad civil; no la han reconciliado con el Estado como soñaba Gramsci.» En Occidente, señala inmediatamente después, está teniendo lugar el mismo divorcio entre Estado y sociedad civil, en la forma de búsqueda de una nueva legitimación del Estado frente a la complejidad de una sociedad atravesada por contradicciones crecientes.
En relación con el segundo enfoque mencionado más arriba, describe Trentin en el curso de un viaje a Bruselas, el 30 de enero de 1990, cómo hay un comunismo muerto y embalsamado, y otro muy vivo e irreductible. Y los describe de este modo: «El comunismo cuyo final nadie podrá decretar es el de las ideas, el de las utopías llevadas a la práctica, desde Campanella hasta Fourier y sobre todo Owen, el de las provocaciones críticas con Marx y más allá de Marx; el comunismo de los movimientos reales que ponen en el centro de sus objetivos la liberación del hombre, en esta tierra, en esta historia. El otro –el estadio último de la historia, la sociedad de la libertad que sucede a la de la equidad (!) y a la de la explotación, es solo el espectro de una teoría osificada –una pequeña parte de la obra de Marx– que está verdaderamente muerta, después de la destrucción de los cerrojos que ella misma trataba de imponer a los ideales, a las culturas, a la creatividad de los hombres.»
 

sábado, 7 de octubre de 2017

BALANCE PROVISIONAL


Se diría que todo el pescado está ya vendido, a falta de la comparecencia del president Puigdemont el próximo martes en un Parlament reducido a caja de resonancia de las poderosas corrientes transversales que han sacudido Cataluña hasta un paroxismo eléctrico.
Apenas quedan por resolver incógnitas: Puigdemont puede optar por calmar la irritación de la fiscalía y taponar las vías de agua por las que se escurren los consejos de administración de las grandes empresas hacia horizontes más despejados;  o por el contrario, precipitar la saga hacia su final, salvando el relato (la voluntad del pueblo, el heroísmo, el martirio) a costa de dejar perder el mobiliario. En el primer caso, será forzoso que convoque elecciones él mismo, desde una posición bastante desairada que podría acarrearle una fuerte penalización por parte del electorado frustrado; en el segundo, las elecciones las convocará el gobierno vía artículo 155, y el electorado acudirá (o no) a las urnas bajo el peso de un agravio y una humillación casi insoportables, lo que hace difícil prever cuál será el resultado a fin de cuentas.
Conviene retener algunos datos significativos en torno a la aventura vivida en los meses pasados:
Primero, el fiasco absoluto de los partidos políticos en la dirección/negociación del proceso. Los indepes se han atrincherado detrás del concepto (discutible) de la primacía de la sociedad civil, dejando a ANC/Omnium el manejo de los hilos. En la izquierda (salvado el PSC de Iceta, que las ha oído de todos los colores pero ha mantenido una posición inequívoca y llena de dignidad), los partidos pequeños, más o menos coaligados con cuatro puntadas de hilo mal embastado, se han refugiado de un lado en la defensa genérica del derecho a decidir; y de otro lado, en el ejercicio concreto del derecho a “no” decidir. Han vivido y dejado vivir. No es eso lo que en principio se espera de un aspirante a “Príncipe moderno”.
Segundo, ANC y Omnium, colocadas así artificiosamente al frente de las grandes maniobras, han demostrado poseer una gran capacidad de movilización puntual, pero no han sabido graduar las reivindicaciones ni conducir la negociación de modo que los éxitos considerables en la calle se plasmaran en alguna ventaja arrancada en las mesas de negociación. Han hecho su apuesta al todo o nada, desdeñando las resistencias feroces que estaban convocando, y que han acabado por devorarlas.
Tercero, esta ha sido mayoritariamente una aventura de la Cataluña periférica, aquella que puso en pie el president Pujol para emplearla como palanca contra el cap i casal y su cinturón industrial, hegemonizados entonces por los socialistas. He leído en varios sitios que el gran protagonismo del evento referendal ha correspondido a Barcelona. Es incierto. Barcelona solo ha proporcionado el escenario de la representación, el gentío venía de las rodalías y de más allá, en autobuses fletados por la ANC o por la AMI, la asociación de municipios cuyo protagonismo ha sido decisivo, tanto en la intendencia de la movilización de masas como en la organización concreta de la consulta. De Barcelona, ausente o autista la izquierda como ya se ha explicado, no ha irradiado ninguna iniciativa, ningún plan favorable ni contrario al proceso. Ha sido a todos los efectos un terreno neutro.
Cuarto, la burguesía bienestante y la menestralía han sido los estratos sociales más favorables al proceso. La ascendencia catalana y las edades maduras también han predominado en el bloque indepe. Las escuelas públicas no solo acogieron las urnas para el referéndum, sino que además las defendieron con la convocatoria desde los claustros de profesores a las APA, las asociaciones de padres, que respondieron con su presencia en las aulas desde las cinco de la madrugada hasta el final de la jornada y el recuento, salvo en los lugares en los que irrumpieron profesional y proporcionadamente policía y guardia civil.
Quinto, la CUP no ha sido ningún motor del proceso. Se ha limitado a desempeñar papeles de agitación y de barullo ideológico, poco significativos en el conjunto. Ha procurado robar planos siempre que ha podido, pero su papel ha sido parecido al de McGuffin en las películas de Hitchcock: atraer llamativamente la atención para despistar acerca de lo que realmente estaba ocurriendo.
El contraste de todos estos datos sugiere una fuerte combinación de lo viejo y lo nuevo, tanto en las formas de elaborar la política como en la novedosa reaparición de las masas en procesos en los que la sociedad parecía haber perdido pie y participación en favor de las instancias institucionales.
Tal vez estamos en el umbral de cambios todavía mayores.
 

jueves, 5 de octubre de 2017

PEQUEÑOS MALENTENDIDOS CON UN PREMIO NOBEL


Leo mucho, pero eso no significa necesariamente que lea bien. En todo caso, mi criterio de lectura suele discrepar con el del comité Nobel. No es que yo pretenda enmendarles la plana, hacer algo así sería horriblemente presuntuoso. Sé que en el comité manejan de maravilla el Big data y el sistema internacional de pesos y medidas para establecer las compensaciones oportunas de un año para otro (¡el pasado premiaron a Dylan!) Luego está el jueguecito travieso de las adivinanzas para saber quién “no” va a ganar el premio. Los autores galardonados con el “No Nobel” quedan en ocasiones tan prestigiados como los que, de manera más rutinaria y prosaica, “sí” recibieron el premio. El año pasado los “no” ganadores fueron Philip Roth y Haruki Murakami. Murakami ha repetido este año (lleva muchos haciéndolo) en compañía de Ngugi Wa Thiongo y Margaret Atwood. También Javier Marías ha obtenido un lugar destacado en la lista de desecho de tienta. Mi enhorabuena.
Pero Kazuo Ishiguro es de los míos. Tanto, que me parece inverosímil haber coincidido tanto con el comité en un juicio de valor. Quizá se produjo un malentendido. Habrían pensado por fin en Murakami. Entonces, alguien del comité dijo a la secretaria: «Este año premiamos al japonés, Ulrike (o Sigrid, o Olga). Mande las cartas.» Y Ulrike (o Sigrid, o Olga) se equivocó de japonés.
A diferencia de Murakami, Ishiguro no escribe en japonés sino en un inglés terso, culto, muy puro. Sus historias están ambientadas en Inglaterra. Yo he leído dos de sus novelas y una colección de cuentos.
En Los restos del día, el protagonista es un mayordomo que sirve en una gran mansión y trata de ser digno en todo momento del honor inmenso que, en su estimación, le ha correspondido. Según una escala de valores viciada que ha heredado de su padre, tanto más alta es la gloria de un sirviente cuanto más grande es su señor y amo. Después de enarbolar durante muchos años ese paradigma de la subalternidad leal y de la importancia personal adquirida mediante transferencia, el mayordomo perfecto se dará cuenta demasiado tarde de que ha desperdiciado su carrera (y su vida personal, y el amor de una posible compañera) al servicio del amo equivocado.
He leído algunos resúmenes diferentes de la novela: los que confrontan a un servidor sagaz con un amo indigno. A mí me parece una mala lectura de la prosa, tan nítida, del autor. La película de James Ivory, con Anthony Hopkins y Emma Thompson sensacionales, me reafirmó en mi lectura pero también reafirmó a otros en la suya. Qué se le va a hacer.
El gigante enterrado está, según reseña en elpais David Alandete, «ambientada en un mundo de fantasía artúrica», y es «la historia angustiosa de personas perdidas que buscan su lugar en el mundo, tratando de escapar de su particular caverna de Platón.» Lo cual es muy cierto, salvo que yo he visto algo más en la novela. Puede que lo haya puesto yo mismo ahí (¿quién dice que el lector no es también creador, como complemento necesario del autor?), y puede también que el sentido oculto estuviese implícito en la intención de Ishiguro, no lo sé, no tiene mucha importancia (las metáforas, decía el cartero de Neruda, no son propiedad del autor sino de quienes las necesitan).
Yo he visto en el libro una parábola sobre el Brexit.
En primer lugar, no se trata de una fantasía artúrica sino postartúrica. En la época de Arturo, se nos dice, hubo una guerra, de la que se ha perdido la memoria, con el fin de unificar el reino. Corrió mucha sangre, hubo mucha injusticia, mucha esclavitud, y al resultado final se le llamó paz y prosperidad. El reino forjado por Arturo se ha extendido más allá de unas fronteras imprecisas, y abarca extensiones sin límites, civilizadas por la sangre y la espada. Un dragón (una dragona para ser exactos) protege el statu quo emitiendo humos que provocan olvido en quienes los respiran. Una pareja de ancianos que viaja en busca de su hijo se ve mezclada en las acciones de otros personajes que se entrecruzan y se persiguen mutuamente; unos pretenden dar muerte al dragón, y otros, defenderlo. Cuando al fin el dragón muere y se disipa la niebla que oscurecía las memorias, renacen de pronto los viejos conflictos adormecidos, y anglos y sajones vuelven al punto inicial de su historia: el enfrentamiento en una guerra a muerte.
En cualquier caso, declaro solemnemente que yo soy más de Ishiguro que de Murakami (y me gusta mucho Murakami). Aplaudo al comité del Nobel por esta vez, aunque, visto su comportamiento errático, me queda un resquicio de duda: si en todo esto del premio no se habrá cruzado un malentendido.
 

miércoles, 4 de octubre de 2017

¿CONCORDIA?


Dice mi vecino de blog José Luis López Bulla, que el discurso del rey de anoche fue “arroz pelao sin una gamba”. La descripción es perfecta; las advertencias que la acompañan, oportunas.
En efecto, Felipe VI no hizo en la solemne ocasión ningún guiño, ninguna referencia a un diálogo que en estas tierras se está reclamando inútilmente, en todos los tonos, desde hace siete años. Dos menciones a la “concordia”, pero ¿qué significa ese palabro? En el discurso del rey, existe un territorio para la concordia en España, y no lo hay en Cataluña; del mismo modo que la estabilidad parece ser una característica de la sociedad española, y la desestabilización, de la catalana. Y todos los problemas pueden y deben resolverse dentro de la legalidad, sería su conclusión.
Pero en Cataluña la legalidad no ha parado de decir No a todo, desde que hace ya siete años un Estatut de autonomía aliñado en el Congreso soberano pero aun así votado en referéndum por una mayoría de catalanes, fue recortado por el Tribunal Constitucional a instancias del Partido Popular, que asentó su posterior mayoría absoluta en la captación de miles de millones de firmas anticatalanas. La decisión del alto tribunal fue, según el entender de los juristas, legal y legítima; pero no dibujó precisamente un terreno de concordia.
No pretenderé que esa sentencia haya sido la divisoria que ha inclinado a una gran proporción de catalanes maduros y bienestantes del lado de la independencia. Las cosas son – siempre – más complejas de como aparecen. Pero es cierto que después de aquello ha habido siete años de vacas flacas según el sueño de Faraón, o sea de diálogo de sordos, y que ahora mismo el major Trapero, de los Mossos, va a ser imputado por sedición, aparentemente debido a su falta de corresponsabilización en el uso “profesional y proporcional” de la fuerza con la que se pretendió impedir una votación ilegal, sí, pero pacífica.
No parece la mejor manera de abordar un futuro común, compartido y basado en la ¿concordia? Conviene retirar de la circulación lo antes posible la falsa moneda de que la inestabilidad política es un “virus catalán” que es necesario aislar a toda costa; hoy, el desequilibrio y la inestabilidad son las principales características de las sociedades postindustriales, en España y mucho más allá de España. No va a ser posible seguir defendiendo por mucho tiempo el bipartidismo, el consenso de la Transición y un orden constitucional claramente disfuncional ante la presión creciente de generaciones jóvenes, casi recién llegadas al mercado de trabajo y ya con la perspectiva de una vida entera de precariado con ingresos en torno a los 400 euros mensuales si hay curro, que esa es otra.
Aquí uno de esos jóvenes bárbaros enarbolaba una pancarta que rezaba «Viva Llach y muera Machado». Tanto primitivismo, tanta simplificación, tanta rabia mal desahogada. No hace falta matar a Machado, ya murió, víctima de una asonada de militares que gritaban Muera la inteligencia y viva la muerte.
Necesitamos como el agua pasar página. La página de 1714, la de 1939, tantas otras. Y, tal vez, volver a llenar de sentido palabras vacías como ¿concordia?
 

martes, 3 de octubre de 2017

LAS FIGURAS DEL TAROT CATALÁN


«Sólo el martirio convincente de algunos patriotas puede desencallar la nave anhelante de marchar rumbo a Ítaca.» Esto lo escribí yo mismo, algunas jornadas antes del 1 de octubre (1). La profecía no es una de mis habilidades, pero las figuras del tarot estaban muy claras: unas gotas de esencia de martirio en el cóctel catalán favorecían tanto a los tres pilotos de la nave encallada, el Loco (Puigdemont), el Mago (Junqueras) y la Sacerdotisa (Gabriel), para enderezar el rumbo deseado hacia Ítaca; como, en sentido contrario, al Sumo Sacerdote (Rajoy) y a la Justicia (Maza), acusados de blandura desde su costado ultraderecho.
Las crismas rotas, los dedos retorcidos, los hematomas, las contusiones, los destrozos en el mobiliario urbano y los gritos insultantes a Gerard Piqué son, para unos, el pasaporte a la independencia unilateral, sea ello lo que fuere en el concierto de las naciones civilizadas que nos contemplan con estupor; y para otros, la prueba del algodón de la unidad sacrosanta de la patria unánime en torno al partido popular, ejemplo vivo para un mundo más incrédulo que descreído. Unos y otros se preparan para seguir sus respectivas hojas de ruta, reforzados (o así lo creen) por los resultados del 1-O.
Se están alzando muchas voces en favor del diálogo. A mí también me parece importante, con una salvedad: en primer lugar tendrían que comparecer en el escenario político los dialogantes.
Con lo que hay en este momento en el escaparate, no nos alcanza ni para los prolegómenos.
 


 

domingo, 1 de octubre de 2017

FIN DE ETAPA


No ha quedado en muy buen lugar el Estado en el día marcado para el referéndum catalán. Cuatrocientos sesenta heridos son muchos heridos. Quedan para la memoria las imágenes de mujeres precipitadas escaleras abajo, de abuelas venerables con la cara ensangrentada, de un hombre atendido de las lesiones producidas por un pelotazo en el ojo. El Paseo de Gracia, yo mismo doy fe, ha sido ocupado hacia mediodía por una docena de garrulos con banderas constitucionales, letreros alusivos y un tambor, que cantaban a voz en cuello el Que viva España.
Se ha impuesto desde los banquillos la táctica del “A por ellos, oé.” Vencer sin el menor intento de convencer.
No sé si habrá recuento oficial o extraoficial de votos en las presentes circunstancias, pero será lo de menos. Importa el otro recuento, el que da como resultado un inmenso desprestigio de las instituciones del Estado en todo el manejo del conflicto, y un rencor concreto y duradero en Cataluña, que añadir a la anterior desafección generalizada.
Mi impresión es que la audacia descarada de los independentistas, jugando de farol si se quiere (lo he visto escrito en un artículo del blog En Campo Abierto), ha ganado la partida a la falsa prudencia y “proporcionalidad” en la respuesta ejecutada por el gobierno. La proverbial retranca de Mariano Rajoy se ha quedado, por esta vez, en tranca a secas.
Es probable que Oriol Junqueras, sin haber aportado ningún mérito propio y empujado por el viento de cola de la indignación de la sociedad civil (una sociedad mucho más extensa y plural de la que controlan las consignas de ANC y Omnium), alcance en las próximas elecciones la presidencia de una Generalitat más o menos intervenida. Incluso con mayoría absoluta. Las opciones que han defendido la negociación y el diálogo perderán comba; ningún diálogo es creíble después de lo sucedido hoy, únicamente es concebible un tratado de paz impuesto por los vencedores.
Se redibujará el mapa político catalán, con una inflexión más agresiva respecto del Estado central. A corto plazo, podríamos vivir la aplicación del artículo 155 de la Constitución, con el que tantos patriotas españoles tienen sueños húmedos. “Ajo y agua, a ver si aprenden.” A medio plazo, y ya con otro gobierno en España (¿para cuándo, manes de mis antepasados?), acabará por hacerse inexcusable la celebración de un referéndum legal para solucionar la imparable deriva política catalana hacia la desobediencia civil.
Entonces veremos cuál es el voto mayoritario. No será el mismo, me temo, que el que se habría dado en una consulta legal consensuada oportunamente antes del 1-O.
 

sábado, 30 de septiembre de 2017

DESCHOQUE DE TRENES


El único remedio que veo a la actual salida del armario y exhibición pública desenfadada de todos los rencores de campanario mutuos, opuestos y entrecruzados, es justamente recolocar en el primer plano el mismo elemento que algunos están persiguiendo con saña inaudita. O séase, las urnas.
Urnas de arriba abajo. Urnas una vez más. Visto que se ha demostrado hasta la saciedad que el bipartidismo tan invocado está desaparecido, que la alabada Constitución del 78 es incapaz de traernos más bondades ni prosperidades, que aquí oficialmente sigue sin pasar nunca nada salvo alguna cosa, que a los catalanes no hay quien nos entienda sobre todo porque no se nos deja explicarnos, que la política nacional no es un trabajo de campo para un seminario universitario sobre una hipótesis de la politóloga señora Mouffe, etc., etc.
Una vez aclarado suficientemente todo eso, y también que el enorme esfuerzo hecho por la gestora del PSOE para votar la investidura de Mariano Rajoy en aras de la gobernabilidad fue desperdicio de tiempo y energías, porque la gobernabilidad no solo no ha mejorado sino que, al revés, necesita hoy del auxilio represivo ─ aunque proporcional ─ de todo el cuerpo de la Benemérita (despedida de sus bases lejanas con banderas preconstitucionales y gritos belicosos de ánimo); y una vez comprobado que el cerco parlamentario al gobierno solo ha conseguido dejar aplazada sine die la toma de decisiones inaplazables.
Visto que tampoco han recuperado los grandes partidos aquella añorada unidad sin fisuras, antes bien que cada uno de ellos parece una olla de grillos donde la disciplina interna brilla por su ausencia (Susana Díaz se la ha saltado en cuanto le ha salido del arrebato).
Visto que la judicatura ha tomado con decisión el bastón de mando de la política abandonado por el gobierno, y que la fiscalía se despliega por el territorio como las jaurías por el monte para levantar la caza.
Visto todo ello, la única solución factible y decente es volver a poner las urnas. Urnas no solo en Catalunya para saber lo que pensamos mayoritariamente sobre España, sino en todo el territorio: urnas para unas elecciones generales, para unas autonómicas catalanas y andaluzas como mínimo, para un referéndum sobre la Constitución…
Me detengo aquí porque estoy pensando en un plan de mínimos, no en grandes virguerías. Podría llevarse más lejos aún la puesta de urnas, pero quizá conviene no exagerar para evitar un efecto de sobredosis en la ciudadanía.
Lo que está claro es que con un palanganero al frente del gobierno no vamos a ninguna parte, y menos que ninguna parte al futuro. Y está claro que la opinión no se fabrica a base de tuits ni de trolls en las redes sociales. Necesitamos en el país real la foto real de ahora mismo, para situarnos en la correlación de fuerzas real, y conocer al dedillo la clase de basura real que se esconde debajo de la alfombra de los patriotismos y los nacionalismos de todo signo.  
Todo ello no se consigue con periodismo de investigación, ni con análisis sociológicos, ni con campañas mediáticas, y menos aún con tanquetas-botijo.
La cirugía real ha de empezar por la puesta generalizada de las urnas. En la legalidad, claro, como corresponde a un país democrático.
 

jueves, 28 de septiembre de 2017

CONSTITUYENDO


Quizás ahora que se está enarbolando en mi pequeño país el palo con gran alarde de testosterona uniformada, sea útil en algún sentido saber que el gobierno tiene en reserva también una zanahoria bastante escuálida para ofrecer en el momento oportuno (¿cuál será el momento oportuno, el posterior a una rendición incondicional de Cataluña con armas y bagajes?). Cito a Guillem Martínez en CTXT: «El País ha hecho un spoiler de la reforma constitucional que, en 2015, anunció Margallo que poseía. Ojo, en ella han participado el Presi del Senado y el del Consejo de Estado. No es un divertimento. Se ofrece a Cat reconocimiento constitucional a sus derechos históricos y lengua y cultura. La reforma presenta cambios en más de 100 artículos. El do de pecho en el título VIII. Se fijan las autonomías, se fijan sus competencias, se fija el recurso previo de inconstitucionalidad – no sea que pase lo de cuando el Estatut –, se fija qué impuestos son del Estado y cuáles son de la autonomía. Por lo demás, se incorpora el matrimonio homosexual, se permite que la primogénita del rey sea reina, se fija la no discriminación salarial y algún derecho social. Se supone que sin desarrollar o garantizar. Es importante saber que menos de la mitad de todo esto hubiera sido aceptado por Mas en 2012. Es importante saber que Rajoy tiene este texto en un cajón desde hace la tira.»
La oferta “in pectore” no es impresionante, quizás Mariano hace bien al mantenerla guardada en un cajón. Esto no puede ir de una Constitución otorgada. Es inexcusable una relegitimación de instituciones excesivamente deterioradas, empezando por la monarquía y siguiendo por un poder judicial sospechoso de ser la dócil correa de transmisión del ejecutivo. No es significativo que haya cambios en más de 100 artículos, sino saber qué es lo que se cambia, lo que permanece, lo que desaparece. La no discriminación salarial sirve de poco en los niveles retributivos en los que nos movemos; solo tendría sentido en el contexto de salarios decentes para un trabajo decente. Otro tanto puede decirse de los derechos sociales, un terreno apenas explorado y en el que queda muchísimo trabajo por hacer: trabajo de fondo, imposible de plasmar en un texto de circunstancias tal como una Consti sacada del bolsillo en un momento muerto de una negociación, y nacida, como la diosa Atenea según los antiguos, ya armada con todas sus armas, que se ofrece como un pack indivisible e innegociable “lo tomas o lo dejas”.
No es tan importante lo que habría aceptado Mas en 2012. El cambio generacional y el empeoramiento de las perspectivas de progreso social en todo el país han dejado en el desguace a la vieja ley suprema de 1978; tómese nota. Pero tómese nota también de que la vieja ley caduca también es susceptible de empeorar.
La desafección de la ciudadanía prolifera, y no en exclusiva la de la ciudadanía catalana; como la risa, la desafección va por barrios; como las habas, se cuece en todas partes. Una cosa es poner a punto entre todos una Constitución en la que nos sintamos representados, y otra muy distinta que se nos otorgue graciosamente una Constitución atada y bien atada para que el estamento que tiene en sus manos la manija de los negocios pueda seguir ejerciendo de lo mismo durante cuarenta años más.
 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

LA URGENCIA DE AVANZAR HACIA ALGUNA PARTE


Después de cinco años de inmovilismo absoluto, de silencio institucional y de guerra sucia desde el Ministerio del Interior, el gobierno de la nación opta por enfocar el mal llamado “problema de Catalunya” con medidas represivas. El palo sin la zanahoria. La represión será, se nos dice, de perfil bajo, y después de todo, los catalanes (en tanto que “pueblo” o entidad abstracta) nos la hemos merecido sobradamente, sean cuales sean nuestras ideas en relación con el procés.
El desfile de despedida de los guardias civiles que habrán de contribuir a la custodia de los colegios electorales catalanes y el arramble con las urnas y las papeletas, ha sido jaleado en algunas localidades andaluzas (¿hasta allí se ha tenido que ir a buscar refuerzos de fuerza pública?) con gritos de “A por ellos, oé”. Rivalizando con las esteladas que desbordan las plazas catalanas, se exhiben en otros lugares de nuestra geografía común banderas franquistas, pudorosamente llamadas preconstitucionales en los medios. El suflé anticatalán se está aproximando a su punto álgido.
Da la sensación de que alguien debería hacer algo para que el país no se desangre en rencillas miserables, pero ese alguien no será Mariano Rajoy. “Hacer cosas” no es, definitivamente, lo suyo. Recientemente se ha reunido con el Trun’ – el mediático filósofo rancio de mesa camilla que ha plantado sus reales en Vasintón – y este le ha revelado en confidencia que si los catalanes se separan de España “harán una tontería”. La opinión del vidente transoceánico ha sido difundida como la de un oráculo. Tiene la doble virtud de ser drástica y simple por un lado, cosa que siempre agrada al respetable; y de otro lado, que no es Mariano quien la expresa. La credibilidad de Mariano está bajo mínimos, y basta con que diga algo, lo que sea, para que los tuiteros le monten tropecientos memes. La impresión general, incluso en las filas del núcleo duro del Partido Popular, es que calladito está más guapo. Y si es posible, de perfil.
Precisamente así, calladito y de perfil, se ha puesto el gobierno de España en relación con la Agenda 2030 de la ONU para un desarrollo más justo. Se trata de un compromiso internacional, aprobado hace dos años en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Por parte española firmaron el protocolo el rey Felipe VI; el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, José Manuel García-Margallo; el secretario de Estado de Cooperación Internacional y para Iberoamérica, Jesús Gracia; el secretario general de Cooperación Internacional para el Desarrollo, Gonzalo Robles; y la vicepresidenta de la Comisión de Cooperación Internacional, Ana Mato. Se nombró a un embajador de España para la Agenda 2030, Juan Francisco Montalbán. Todos los ministerios debían participar en un Plan para cubrir 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) a partir de 244 indicadores que se tenían que medir para conocer el punto de partida en el que se encuentra el país de cara a la consecución de un mundo más justo y próspero.
Dos años después no hay plan. No hay medición de indicadores. No se ha constituido ninguna comisión ni grupo de trabajo a nivel central. No se ha hecho nada aún (desde el nivel gubernamental; sí lo han trabajado algunas autonomías y ciudades, pero a la intemperie, desprovistas de un plan director global). Tampoco hay fechas ciertas para el inicio del trabajo en los organismos de la administración central. «El año pasado, por la situación política con un Gobierno en funciones, estuvimos un poco paralizados, lo que explica el retardo», se justifica Montalbán. “Un poco paralizados”, es puro eufemismo. Dentro de menos de un año, en julio de 2018, España deberá presentar en el Foro Político de Alto Nivel de la ONU los avances realizados en la implementación de la Agenda. «No se podrá rendir cuentas de nada», apunta Teresa Ribera, copresidenta del Consejo asesor de la Red Española para el Desarrollo Sostenible.  
Esta es la situación escandalosa e increíble que nos cuenta Alejandra Agudo en elpais (1). Me temo que, como en la cuestión catalana, también en este asunto hay una coincidencia sustancial de criterios entre Mariano Delenda y el Trun’.
A por ellos dos, oé.
 

 

lunes, 25 de septiembre de 2017

AMENAZA DE SATELIZACIÓN


El OK Corral de la política nacional se ha convertido en una película de buenos y malos. En Zaragoza, quinientos patriotas (los “buenos”) pusieron cerco al polideportivo donde estaban reunidos algunos políticos (los “malos”) con vistas a consensuar soluciones razonables para el merder catalán. La presidenta de las Cortes de Aragón recibió un botellazo en el pecho. «Menos mal que no fue en la cabeza», se ha consolado. La presencia mínima de fuerzas de orden público, cuatro y el cabo, insuficientes para proteger a los cercados, se debía a que el grueso de la dotación había sido enviada a Barcelona, en prevención de los desórdenes que tendrán lugar cuando tropecientos antidisturbios más impidan por la fuerza (mesurada y proporcionada) una votación sin sustancia ni accidentes, sense solta ni volta que decimos en Catalunya.
Mi enhorabuena a los cercados en el nuevo sitio de Zaragoza. Ellos son nuestra esperanza principal, en un momento en el que se atisban pocas. Ellos han comprendido que el problema Cat es el problema Esp, y que no se soluciona simplemente buscando un encaje artificioso, una mejora fiscal, de la inestable Cat que tenga la virtud de no perjudicar de rebote la sana convivencia y la estabilidad envidiable de Esp. La solución no puede ser esa, por la razón principal de que la tal convivencia y estabilidad de Esp es enteramente inexistente. El problema catalán ha destapado (y no es la primera vez, ha habido antes otros avisos sonados) el problema en carne viva que aqueja al ordenamiento institucional español. El esquema bipartidista y la alternancia en el gobierno surgidos de una interpretación bastante unilateral de la Constitución del 78 están en el desguace, y el Estado de las autonomías ha quedado reducido a escombros en un proceso acelerado a partir del momento mismo en que el gobierno anterior decidió apearse en marcha del Estado “social” de las autonomías.
Las opciones de futuro que se perciben ahora mismo son dos: o bien se proyecta un desarrollo ordenado del esquema constitucional susceptible de culminar en la construcción de un Estado federal, ergo descentralizado y capaz de potenciar las sinergias existentes entre sus diversos elementos componentes; o bien se entrega la cuchara y se cede sin resistencia al designio del gobierno popular de satelizar a las comunidades integrándolas en un centro político fuerte.
Tendría el gobierno actual mejores perspectivas en su denodada tarea de recentralización, de haber dado hasta el presente alguna muestra de eficacia en sus actuaciones. Por ejemplo:
La insistencia en mantener hasta las últimas consecuencias un sistema radial de comunicaciones ha llevado a la consigna del AVE para todos, sustitutoria del café para todos, pero ruinosa porque en muchos trayectos los vagones circulan al vacío. Sin embargo, aún no se ha abdicado de la idea genial de hacer pasar el llamado “corredor mediterráneo” por Madrid.
La idea de crear con Bankia un banco privado centralista fuerte, capaz de contrarrestar los poderes fácticos periféricos del Santander, BBVA y Caixabanc, se arrastra por los juzgados después de necesitar de un rescate cuyos dineros nunca, ay, nos serán devueltos a los contribuyentes, según se nos ha informado con todas las cautelas.
Las grandes contratas públicas (autopistas, centrales eléctricas, instalaciones aeroportuarias, cementerios de residuos nucleares, prospecciones de gas offshore, entre otras) han desviado miles de millones de euros de las arcas públicas a los bolsillos privados de unos ciudadanos a los que ahora se defiende en los tribunales provocando aplazamientos continuos de los trayectos procesales correspondientes, con la vista puesta en el objetivo de llegar sin daños mayores a la fecha de la prescripción.
De modo parecido, y por motivos también parecidos aunque a primera vista no tengan nada que ver, el debate parlamentario de la iniciativa de los sindicatos UGT y CCOO en favor de una renta mínima garantizada, ha sufrido en un año 19 aplazamientos debidos a la actitud obstructiva de PP y C’s. Se trata de una muestra complementaria de los efectos de la recentralización política esforzadamente llevada a cabo por nuestro ejecutivo con la complicidad benevolente del poder judicial: a la satelización de las “provincias”, de un lado, se suma de otro el ninguneo de cualquier iniciativa política surgida al margen de la actividad – tan morosa que roza la inmovilidad absoluta – del poder central. Extra ecclesiam nulla salus; o dicho en román paladino, quien manda manda, y los que no, de imaginaria.