domingo, 17 de diciembre de 2017

VOTAR A BULTO


Anota José Luis López Bulla en su bitácora una novedad que cree percibir en la emisión del voto (1), a saber: antes uno votaba al partido con el que coincidía; ahora, vota al partido que resulta coincidir con él.
Cierto y sintomático. Hay además muchos modos de decirlo, y muchas facetas en la constatación del fenómeno.
Por ejemplo: antes el voto era estructural, y ahora es coyuntural.
Antes el voto se concebía como un compromiso a largo plazo, y ahora es algo válido solo para el corto e incluso cortísimo plazo.
Antes el voto era un hecho situado en la esfera de la religión, y ahora es laico.
Antes el voto estaba vinculado a un proyecto, y ahora a una coincidencia.
Antes el voto era a favor de algo, y ahora se vota más bien en contra.
Todo lo cual es fácilmente constatable, siempre que no se olvide otra constatación paralela: la permanencia genérica de una fidelidad de voto muy considerable, para tantos por ciento elevados del electorado.
Con esta salvedad, es cierto que la “marca” arrastra bastante menos que en los tiempos dorados del bipartidismo, y que entran en juego matices particulares que antes no contaban apenas: las fobias y filias, los recovecos inesperados, los votos de castigo a este/esta o aquel/aquella cabeza de lista.
Alguna relación tiene también el fenómeno con la insoportable levedad que ha adquirido el acto mismo de votar. En este sentido se han roto viejos tabúes. La necesidad de repetición de las últimas (penúltimas) elecciones generales rompió de pronto y quizá para siempre con una disciplina mental arraigada. Ahora detrás de un resultado electoral imposible de gestionar sabemos ya que no viene el caos ni el vacío absoluto, sino todo lo más un vacío relativo de poder que puede resultar incluso cómodo. Lo cual viene a significar que la vieja pamema del "voto útil" está ya para el desguace. La rectificación forzada del PSOE a la negativa inicial a un voto de investidura para el "Joker" Eme Punto Rajoy ha sido uno de los episodios más penosos y criticados de la etapa reciente: todos llegamos a la conclusión de que estábamos mucho mejor antes de la encerrona de Ferraz. Y el voto masivo al defenestrado Pedro Sánchez en las siguientes primarias vino a demostrarlo.
De modo que a nadie le agobia la premonición de que los resultados del próximo 21D van a ser inmanejables. Siempre habrá una nueva ronda en la perspectiva electoral, como ocurre con los cafelitos en la sobremesa del bar.
Añádase que también se ha roto el tabú del 155. Antes era algo pavoroso e innombrable, ahora nos resulta sencillamente soportable salvo alguna ligera incomodidad. Quienes lo apuestan todo al envite de derrotar el 155 pueden verse defraudados; tampoco echamos los catalanes tanto de menos a los patriotas encarcelados o exiliados, no es tan urgente sacarlos de la trena ni se está tan mal con Puigdemont a una distancia prudente del Palau de la Generalitat.
La vida política se ha desacralizado. Una de las razones – la apunta José Luis en su post – es la ausencia de proyectos dignos de ese nombre. No se elaboran proyectos coherentes, sino programas de mano con listados de medidas dispuestos a modo de un ramillete floral de adorno. Lo diré más claro por si no se me ha entendido bien: programas-florero, concebidos para hacer bonito y no para ser llevados a la práctica.
Y luego están las retrancas personales y particulares, que en ocasiones alcanzan una dimensión colectiva importante. Pondré un ejemplo que pertenece a una esfera diferente, pero no tanto, de la política: la del fúrbol.
En el programa televisivo Estudio Estadio propusieron a la audiencia un sondeo tan cándidamente dirigido, que tuvo el efecto contrario. Se preguntó qué equipo deseaban los telespectadores que ganara el Mundialito. El Real Madrid quedó tercero en la votación, bastante por detrás del Gremio de Porto Alegre y del Jazira. Al llegarse a la final, el programa volvió a preguntar, “ahora en serio”, apostillaron, quién deseaban que ganara el partido: el 81% de los votos fueron para el Gremio.
 


 

viernes, 15 de diciembre de 2017

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE TRABAJO


Javier Aristu ha hecho una reflexión de enjundia sobre el “desconcierto” de la izquierda en torno a las cuestiones – básicas – del trabajo y de la ciudadanía (1).
Me parece posible ir un poco más allá, por el camino que él señala. Diría, discúlpenme si especulo demasiado, que el desconcierto mencionado proviene de una cuestión semántica. A saber: por desidia o por comodidad mental, la izquierda presente (vieja y nueva) sigue teniendo la misma concepción del trabajo que tenía el ingeniero Taylor, y la misma concepción de la ciudadanía de lord Beveridge. Ahora bien, dado que en estos terrenos se ha producido un seísmo (empleo la palabra utilizada por el jurista Umberto Romagnoli) morrocotudo y los anteriores paradigmas han quedado reducidos a ruinas lamentables, se hace preciso constatar que ni “trabajo” ni “ciudadanía” son términos unívocos, y en consecuencia urge rellenarlos con significados adecuados al actual escalón productivo y a las relaciones sociales realmente existentes.
En breve. El trabajo según lo entendemos es un proceso abstracto, fungible y deshumanizado. Esa fue la percepción predominante en los tiempos de la hegemonía de la organización fordista de la producción, con la irrupción poderosa del maquinismo, y se ha acentuado aún más con los progresos de la tecnología digital y de la robótica. Trabajo es entonces lo que ejecutan las máquinas. El trabajo físico de los hombres se sitúa al servicio de las máquinas, en la medida en que sigue siendo necesario suplir algunos automatismos todavía inexistentes, o realizar tareas de mantenimiento y de reparación.
El trabajo es, de otro lado, un ingrediente imprescindible de la mercancía acabada. Supone un costo que es necesario amortizar a través del precio del producto final. La mercancía acude al mercado y se intercambia allí. El beneficio resultante del intercambio se distribuye luego entre los factores de producción. En este último proceso, la distribución, se concentra el único elemento de desacuerdo entre las dos grandes partes concurrentes a la producción: el capital reclama para sí mismo la parte del león, para retribuir su inversión; y la representación de la fuerza de trabajo intenta mejorar la cuota muy escasa que le es atribuida de las ganancias.
Incluso cuando desde la izquierda se reclama la centralidad del trabajo, se sigue este esquema invariable. Cuando se propugna un trabajo “decente” o “digno”, lo que se tiene presente es la remuneración decente o digna del trabajo tal como es: subordinado, heterodirigido, deshumanizado. Y cuando se establece una relación directa entre trabajo y ciudadanía, a lo más que se alcanza por lo general es a reclamar para todos los ciudadanos un empleo, uno cualquiera, no el elegido por ellos, que les permita subsistir.
La revolución socialista tampoco objetaba este esquema, sino que lo llevaba un paso más allá en el terreno de la distribución: no ya el salario, sino la propiedad de los medios de producción habían de ser para el colectivo abstracto, fungible, deshumanizado de los servidores de las máquinas. La dirección global de los procesos quedaría como antes en manos de minorías lúcidas capaces de discernir el sentido global de la historia. Dichas minorías ya no estarían al servicio del capital monopolista, sino del proletariado irredento. El Estado en tanto que artefacto redistribuidor de la riqueza creada se ocuparía de la retribución justa y adecuada de las elites pensantes, y del bienestar creciente de los servidores de las máquinas.
No era ese el camino adecuado, según ha sido posible comprobarlo en la parábola trazada por el socialismo real a lo largo del “corto” siglo XX. La respuesta al desconcierto de la izquierda tendría que centrarse más bien en la “sustancia” del trabajo, en su humanización, en las posibilidades que ofrece para la autorrealización de las personas que lo protagonizan. Trabajo no “a las órdenes de”, sino con una esfera personal propia de decisión; trabajo no para el beneficio del accionista, sino como valor social compartido; trabajo respetuoso con la naturaleza, con el medio ambiente, con un desarrollo sostenible controlado y monitorizado desde instancias democráticas imposibles de soslayar; trabajo no para el mercado, sino para la utilidad social debatida y decidida de forma amplia por las instancias de la sociedad civil, y en primerísimo lugar por los propios trabajadores desde sus lugares de trabajo. En eso consistiría la democracia económica.
Ajustar el Estado a esta renovada concepción de un trabajo humano implica asignarle una función, no de Leviatán todopoderoso, sino de superestructura plasmada a partir de la sociedad civil y controlada en todo momento por ella. Y este nuevo significado de los sintagmas nominales “Estado” y “ciudadanía” daría un contenido nuevo a otro término hoy devaluado y vacío casi por completo de sentido, el de la “política”.
Estoy dibujando una utopía. Una Ítaca inalcanzable. Pero Constantino Cavafis, un poeta de Alejandría, sostuvo que en el viaje a Ítaca lo importante es el viaje en sí; no el destino final.
 


martes, 12 de diciembre de 2017

LEVITACIÓN


Ha bastado la publicación de un sondeo desfavorable para que ERC, amenazada su primogenitura por la “llista del president”, haya vuelto a patrocinar la idea cupaire de la unilateralidad como solución mágica al conflicto con el Estado. Es decir: puesto que el Estado central ejerce de obstáculo insuperable al libre vuelo de nuestras ilusiones, el remedio consiste en eliminar la incógnita Estado central en la formulación de nuestras ecuaciones de tercer grado. Todo aparece entonces más claro y despejado. Si prescindimos del suelo en el que nos apoyamos, nos queda siempre la magnífica opción de levitar.
Por lo menos en el momento mágico de la campaña, cuando prevalece sobre todos los cálculos de probabilidades la búsqueda apasionada del sí de las audiencias, de la decisión de los indecisos. En una palabra, el todo o nada en la ruleta del voto, el embolica que fa fort en lugar de la perspectiva a largo plazo que solía ser la seña de identidad de la vieja política.
La devolución a Sijena del tesoro artístico que en justicia le correspondía se ha convertido en un nuevo motivo para cargar las escopetas. No debería ser así. Con más de mil (o dos mil, si Évole me lo preguntara mucho me temo que no daría con la respuesta correcta) empresas fugadas de Cataluña y un president legítimo enrocado en Bruselas, poca trascendencia puede tener la pérdida de cuarenta y tres piezas sacras que claramente procedían de allí, como la Dama debería volver a Elche y los frisos del Partenón a Atenas. La señora Santamaría ha perdido una ocasión, una más, de separar didácticamente las dos cuestiones para no enconar heridas abiertas, pero esa es otra cuestión. Una de tantas cosas que hemos perdido, entonces, son los sepulcros de Sijena. Sea por el 155 o por lo que sea.
Sea por lo que sea también, Cataluña ha perdido su condición de capdavantera, de avanzadilla de una España posible, con una impronta de seriedad en el cumplimiento de los compromisos exteriores y un espíritu solidario hacia dentro y hacia fuera, convenientemente distanciado de esa práctica habitual y espantosa de “españolear”. Hoy Cataluña está sensiblemente más lejos de la dinámica europea que la media española; y tanto sus activos económicos (incluida entre ellos en un lugar destacado la fuerza de trabajo) como sus expectativas de recuperación a corto plazo aparecen muy deteriorados.
No parece que esa realidad se perciba con objetividad, si seguimos los vericuetos de la campaña electoral tal y como se está desarrollando. La gente prefiere seguir creyendo que somos la hostia, y la mayoría de las fuerzas políticas ha elegido levitar.
Una forma peculiar de levitar es la que está practicando Catalunya en Comú. Lo digo con pena, son los “míos”, lo han sido siempre. No alcanzo a ver la lógica de un recurso sobre la constitucionalidad de la forma de aplicación del 155. Cualquier forma de aplicación del 155 era mala, el prurito legalista resulta trasnochado en el contexto, no va a tener ningún efecto y no va a atraer ningún voto. Tampoco la extemporánea declaración de Colau en Sálvame de Luxe sobre una ex novia italiana. El recinto de la intimidad debe quedar en cualquier caso al margen de la contienda política, plantear la bisexualidad como anzuelo para pedir el voto es caer por los mismos despeñaderos que el candidato de la derecha del morro fuerte, que expresa con alharacas su emoción por haber saludado en persona a los guardias civiles acantonados en Pineda de Mar.
 

sábado, 9 de diciembre de 2017

MONÓLOGO DE SORDOS


Eulàlia Reguant, ex diputada al Parlament de Cataluña por la Candidatura de Unidad Popular (CUP), y Natalia Sánchez, cabeza de lista de la misma formación por Girona, han pedido a Esquerra Republicana de Catalunya, en un acto de campaña celebrado en Blanes, que renuncie al “diálogo de sordos” con un Congreso de amplia mayoría conservadora, y una monarquía y un poder judicial decididos a negar la libre expresión del pueblo catalán. ¿Cuántos años se han perdido ya en ese diálogo de sordos?, se ha preguntado retóricamente a sí misma la impetuosa Reguant.
El remedio, dicen las dos activistas, que no saben cómo no se da cuenta Esquerra, es la vía unilateral iniciada con la efemérides del pasado 1-O. “Nadie podrá borrar de la memoria aquel día”, dice Sánchez, y es difícil no darle la razón. Pero ella misma, a lo que parece, lo ha olvidado por completo, o lo ha transformado en otro relato de un contenido abiertamente distinto.
“Si no lo hacemos nosotros mismos, nadie lo va a hacer”, ha apostillado Reguant. Pero no queda claro si ese “nosotros mismos” se refiere al conjunto de la ciudadanía (la CUP evita en general ese término, prefiere encomendarse al “pueblo”, y en palabras de Sánchez al “pueblo digno”, lo que excluye a una considerable cantidad de personas que, no obstante, en cualquier definición democrática, tienen los mismos derechos de expresión y de decisión que las dos abnegadas militantes.)
Es entonces a una vanguardia minoritaria pero aguerrida a quien se adjudica la misión de salvar a Cataluña de la opresión de ser gobernada por los mismos que la gobiernan desde la unión política decidida hace unos seis siglos por los reyes llamados católicos, sin hablar de las fuerzas sociales que lo hacían desde varios siglos antes a través de un rey de Aragón soberano y unas corts catalano aragonesas formadas por varones representantes de los tres estamentos de la iglesia, la nobleza y el pueblo no tan llano.
La idea de recuperar la autodeterminación por la vía unilateral, solo significa más de lo mismo respecto de lo ya vivido. Estaríamos frente a un nuevo 1-O, esa jornada que nadie nos borrará ya de la memoria, y frente a sus mismas repercusiones más o menos mediatas sobre la economía y la riqueza del país, respecto de las cuales las activistas de la CUP se esfuerzan con denuedo en pasar la esponja para que las olviden a toda costa quienes las sufren.
Una estrategia, en suma, concebida desde el maximalismo y para la vanguardia, sin tener en cuenta las prioridades y las necesidades de los más. Los éxitos que puedan conseguirse con una gimnasia revolucionaria de ese tipo, si algún éxito se alcanza, no serán duraderos. Tienen en contra todo el peso muerto de las cosas tal como son, y las aristas incómodas de una realidad particularmente tozuda.
La idea de no pactar con el enemigo es bella en sí misma, pero cuando los pactos se hacen necesarios para impedir la degradación acelerada de las situaciones, ¿con quién se ha de pactar, si no es con el enemigo?
 

jueves, 7 de diciembre de 2017

TEOLOGÍA DE LA CONSTITUCIÓN


Se lo oí decir a Manuela Carmena y Ada Colau en un acto al aire libre, en Barcelona, el año pasado: «Nosotras no somos antisistema, es que queremos un sistema mejor.»
La constitución es un elemento esencial de cualquier sistema, de cualquier estado de derecho. Conviene aclarar entonces que quienes abogamos por cambiar la que rige en este momento en este estado de derecho no estamos en contra de la constitución como elemento vertebrador de la vida de las personas. No somos filibusteros. No estamos en contra de todas las constituciones posibles. Es solo que queremos una más adecuada a nuestra circunstancia.
Hay que distinguir, entonces, entre quienes somos constitucionalistas en el sentido de desear la mejor constitución posible ahora, la que se adapte con más coherencia a nuestras vivencias y a nuestras necesidades actuales; y quienes son constitucionalistas en el sentido de defender “la” constitución existente, y ninguna otra, y no admiten en ningún caso la posibilidad de cambios ni mejoras de ninguna clase.
Estos últimos, y el primero de la larga lista es don Mariano Rajoy, ventajista de profesión y escamón por naturaleza, elaboran para sus fines una teología de la constitución intocable e intangible, en lo más alto del cielo, reinando indiscutida sobre una tierra de hombres de buena voluntad.
Se equivocan. Algunos de buena fe, porque son creyentes sinceros en la servidumbre voluntaria; otros de mala fe, porque les conviene, porque les viene bien aplicar sanciones constitucionales a quienes se niegan a entrar por las buenas en el redil, mientras que ellos mismos quebrantan siete veces siete al día la misma constitución que homenajean.
No son las personas las que deben adaptarse a la constitución, sino la constitución la que debe adaptarse a las personas. Nuestra relación con la constitución es laica, nosotros/as la instauramos y nosotros/as, también, la cambiamos cuando deja de ser útil al común. No es la constitución la que otorga derechos a la ciudadanía; la constitución los reconoce. Se limita a consagrar como normal lo que a nivel de calle es simplemente normal.
Y cuando a una constitución concreta le ocurre lo que a todas las cosas perecederas, que su funcionamiento deja de ser adecuado, no debe ser ningún trauma cambiarla, igual que hacemos con una tostadora de pan fundida o con una nevera que ha dejado de enfriar. No se le ocurre a nadie entronizar la nevera sobre un zócalo de bronces y asegurar que nunca jamás cambiará de nevera, o esta o ninguna, la ama.
Si Mariano Rajoy no está dispuesto a cambiar pacíficamente una constitución que pierde aceite desde hace años, Mariano Rajoy pasa a ser el problema. Urge cambiarlo a él primero, y la constitución después.
Sin dramas. Sin teologías.
 

martes, 5 de diciembre de 2017

EL BUEN CAMINO


Los datos del empleo en el mes de noviembre no abonan la afirmación invariable de que estamos “en el buen camino”, que nos formula diariamente desde el plasma, con una sonrisa cada vez más acartonada, la extraña pareja constituida por Mariano y Fátima, de profesión vendedores de crecepelo milagroso en las ferias patronales de los pueblos “más bonitos de España” según la vomitiva propaganda de las oficinas de turismo interior. Todos los parámetros empeoran, y no es ya exagerado hablar de expulsión de las mujeres del mercado de trabajo. Ellas monopolizan en la práctica el grupo de “nuevos parados”, con el 96% del total; una violencia de género más, acumulable a otras situaciones paradigmáticas en los tribunales, en donde se evalúa si cerraron o no con fuerza suficiente las piernas al ser violadas, y si merecen o no (mayoritariamente resulta ser que no) protección ante las amenazas de muerte de sus maridos, sus ex maridos, sus ex compañeros o sus ex pretendientes.
Que sí existe una alternativa a ese deterioro del empleo y de la economía viene a demostrarlo la eficiencia callada de Portugal, un país del Sur que no es ninguna potencia industrial de gran magnitud, pero que ha rechazado la lógica de la austeridad y prospera discretamente bajo la dirección de un gobierno de izquierda plural. Ahora su ministro de Finanzas, Mário Centeno, ha convencido al Eurogrupo de la necesidad de una Europa más fuerte y más unida, con un euro consolidado y una política global más decidida, y ha sido elegido en votación secreta presidente de la institución europea, sucediendo en el cargo al “pícaro puritano” holandés Jeroen Dijsselbloem, de ingrata memoria.
Los portugueses están haciendo las cosas bien. Ellos están en el buen camino, no nosotros los españoles. Algo tan sencillo de constatar se está haciendo desaparecer detrás de las banderas en las que se envuelven nuestros dirigentes: Milagros Pérez Oliva ha desarrollado con trazos certeros la idea en una tribuna de elpais titulada «Lo que las banderas ocultan» (1).
Conviene detenerse un poco más en la noticia de una Europa que empieza a sacudirse la austeridad; que empieza a entender, en contra de los empujones maleducados que llegan desde el otro lado del Atlántico y desde la otra orilla del Canal de la Mancha, que la prosperidad común no es la de los accionistas sino la de los trabajadores; no la de los shareholders sino la de los stakeholders, para expresarlo con la jerga económica al uso en las escuelas empresariales.
Donald Trump y Theresa May son dos botones de muestra que indican con claridad adónde lleva el “buen camino” que se nos predica desde las tribunas de los consejos de administración del statu quo económico. Este es un tema también a considerar en comicios próximos, alguno de ellos inminente; pero no es tema que se airee de forma habitual en las campañas. Se prefiere ocultarlo debajo de las banderas.
 


 

domingo, 3 de diciembre de 2017

COMO ENDENANTES HALLÉ


Uno
Los Diarios de Bruno Trentin, a los que ya he hecho alusión en varias ocasiones en estas páginas, son de lectura fascinante pero difícil. Escribe para fijar sus propias ideas, no para ser entendido por otros. Cuando habla de sí mismo, de sus dificultades al frente del sindicato mayor de Italia, no se muerde la lengua ni busca templar gaitas. Está luchando con todas sus fuerzas por cambiar unas rutinas, por abrir perspectivas nuevas. En el curso de su mandato presentará por dos veces la dimisión, la primera como táctica de desbloqueo y con rápida reconsideración; la segunda, en junio de 1992, por una cuestión de principio, después de firmar a contrapelo un acuerdo horrible con el gobierno Amato para no dejar a la CGIL sola contra todos en el ojo del huracán de una crisis política y económica. Cuando se va de forma definitiva, dos años después, lo hace sin dimisiones ni chantajes emocionales; en un Congreso ordinario, después de ver cumplidos los objetivos que se había fijado (el sindicato “de programa”), y dejando asegurada una sucesión tranquila.
Los Diarios dejan constancia de que Bruno se sintió muy solo en el ejercicio del poder. Solo frente a personas como Fausto Bertinotti, que siguió al pie de la letra la lógica del manual de las escisiones atacando por sistema todas las iniciativas de la dirección, asegurando que su oposición frontal era “enriquecedora” para la pluralidad democrática del sindicato, y acusando a Trentin de no ser el secretario general de todos sino nada más el capocorrente mayoritario. Pero se sintió solo también frente a grandes amigos como Pietro Ingrao, que no alcanzó a comprender a fondo ni las propuestas organizativas de Trentin ni sus razones últimas.
Son páginas que me han traído recuerdos muy punzantes de mi propio paso por los estamentos de dirección de las Comisiones Obreras catalanas. En todos los conventos los problemas de los frailes se parecen, los conflictos tienen un aire de familia inconfundible. La incomprensión, la negativa sistemática, el retorcimiento mezquino de cualquier afirmación emanada desde la mesa, el mors tua vita mea. Todo ello ha formado parte de una manera determinada de practicar la política, tanto entre las corrientes sindicales minoritarias como en las mayoritarias. Un contraveneno eficaz puede ser, en tales casos, fijarse personalmente no solo los objetivos de cambio o de avance (limitados, por supuesto), sino también los límites temporales prudentes para la prestación. Trentin lo hizo así. En 1994 dejó la secretaría general, y entonces hubo de hacer frente con estoicismo al vacío absoluto de lo que había llenado hasta ese momento su vida y sus esfuerzos, hasta el punto de saturación y de una manera absorbente.
 
Dos
Muchos años después Roberto Chavero, cuyo nombre artístico era Atahualpa Yupanqui, pasó por Montiel (en la región de Entrerríos), donde había tenido por un tiempo trabajo, amigos, vida. Dejó constancia del evento en una canción cuyo intríngulis se resume en su primera estrofa, todas las demás son comentarios colaterales: Pasé de largo por Tala, / detenerme ¿para qué? / De nada sirve un paisano / sin caballo y en Montiel.
Por qué no confesarlo, esa canción fue durante años mi favorita absoluta. La tengo en una versión de Jorge Cafrune, y la estuve poniendo casi cada día, en el rincón de trabajo de mi casa, mientras me dedicaba a traducciones literarias no muy bien pagadas.
El cantor reconoce el paisaje de otros tiempos: Barro negro y huellas hondas, como endenantes hallé.
Recuerda también a viejos amigos: Climaco Acosta ya ha muerto, / Cipriano Vila también: / dos horcones entrerrianos / y una amistad sin revés. / Por eso pasé de largo, / detenerme ¿para qué?
Yo lo cantaba así: Cipriano García ha muerto, / Francisco Puerto también, / y a José Luis López Bulla / lo han llevado al Parlament.
Canta Atahualpa en la última estrofa: En la orilla montielera / tuve un rancho alguna vez. / Lo habrá volteado el olvido, / será tapera, no sé… / Por eso pasé de largo…
Y yo: En la Ronda de San Pedro / tuve despacho una vez…
Me faltaba distancia en esos años, me sobraba vacío. Me ayudó a superar ese minitrauma del ex militante Javi Tébar, que me hizo una entrevista para sus Biografías sindicales, en la cual (fueron tres sesiones, espaciadas) liberé muchos demonios por dentro, sin darles voz ni voto para fuera.
 
Tres
Otro poeta, Antonio Machado, dejó escrito: Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar.
Les recomiendo la lectura de los Diarios de Trentin. En pocos meses saldrá a la luz una selección de sus anotaciones, en castellano. Sirven para muchas cosas. Una de ellas, no la más importante, es para saber qué siente una persona que está al mando frente a las dificultades incontables, cuando esa persona es consciente y responsable ante sí misma y ante los demás.
 

HISTORIA E INTERPRETACIÓN


Disculpen que hoy me ponga trascendente. La noticia del día es que en Talamanca del Jarama (Madrid) han descubierto una muralla con siete torres, del siglo XIII, en magnífico estado de conservación. Incrustadas en ella hay incluso bellas piedras labradas por los visigodos. En la misma población eran conocidas ya una muralla anterior, levantada por los moros, y una colegiata posterior, plantada por las buenas encima del muro ahora descubierto y desenterrado.
La historia está llena de estas recuperaciones inesperadas. En Ullestret (Girona) se conocía y se visitaba un poblado ibérico muy nombrado, y en estas que se ha encontrado otro mucho mayor, una urbe propiamente dicha, apenas a doscientos metros de distancia, donde los payeses del entorno siempre habían sabido que existía "algo" enterrado.
Talamanca tuvo al parecer en las edades oscuras una importancia muy superior a la de Madrid. Da la sensación de que alguien haya cambiado a posteriori el curso de la historia, pero la importancia relativa de dos poblaciones no es un dato inmutable a través de los siglos. La historia es mentirosa: elige su propia sustancia, establece parámetros de conveniencia, y nunca actúa al azar, siempre procura imprimir al acontecer un sentido "político", concluso y petrificado.
La historia no tiene en realidad ningún sentido particular; las cosas pasan, sencillamente. Un día se levanta en una población importante de la frontera un muro con siete torres (aún es posible que se descubran más); otro día, en esa misma población ya no fronteriza y sí decaída, el muro se entierra para servir de cimiento a una colegiata.
Alguna sustancia nuestra, de lo que somos ahora mismo, sigue enterrada aún, quién sabe dónde, olvidada, y un día indefinido volverá tal vez a emerger para sorpresa de otra generación indefinida, que se apresurará a rectificar en función de los nuevos datos el trazado rectilíneo de una historia imaginada en cada momento como el vuelo de una flecha que, surgida de las tinieblas del tiempo pretérito, viene certera a clavarse en el corazón mismo de la actualidad estricta, para adornar esta con una perspectiva ficticia.
El embeleco consiste en la importancia absoluta que se da al presente. La idea subyacente es que el presente efímero es el faro desde el que es posible atalayar y dar sentido a todo lo que ha ocurrido antes, porque todo, absolutamente todo, ha ocurrido en función de “este” presente preciso (que sin embargo está sujeto a variaciones imprevisibles, incluso a debacles repentinas). Es lo que llaman ahora el “relato”, nada que ver con el núcleo duro de la vida de las sociedades, con la tozudez estólida de unos hechos que simplemente ocurren, impermeables a toda interpretación interesada.
 

sábado, 2 de diciembre de 2017

LO QUE NOS UNE Y LO QUE NOS SEPARA


Fernando Savater acota, en un artículo interesante sobre G.K. Chesterton aparecido hoy en elpais, el siguiente pensamiento del ensayista inglés sobre la democracia: «He ahí el primer principio de la democracia: que lo esencial en los hombres es lo que tienen en común y no lo que los separa.» Savater apostilla a continuación: «Aún no se había puesto de moda lo de que la mayor riqueza humana es la diversidad y quincalla intelectual semejante…»
“Quincalla intelectual” es mucho decir, pero sí es cierto que en la vida política actual se advierte una tendencia resistible a insistir en lo que nos separa por encima de lo que es susceptible de unirnos. Esta tendencia centrífuga es muy perceptible en los separatismos, y no tanto, aunque se da de forma exactamente igual, en la intolerancia hacia las diferencias por parte de unas mayorías que se postulan a sí mismas como unanimidades, más que como unidades dialécticas.
En una democracia concurren, en efecto, individuos y grupos marcados por una diversidad que es “riqueza humana” (no me atrevería a decir que sea “la mayor” de las riquezas, pero es la que hay). El principal objetivo político habría de consistir entonces en alcanzar acuerdos de síntesis relativamente satisfactorios para todas las diversas partes confrontadas. Un tipo imperfecto de decisión que suele darse en la vida de las democracias es la imposición de un resultado cerrado (el paquete completo) a las minorías, por parte de la postura mayoritaria. Ahí los más lo consiguen todo, y los menos se quedan sin nada de lo que apetecían. Lo cierto es que un resultado solo puede ser democráticamente satisfactorio en la medida en que incluya en la síntesis final todos los ingredientes de la opción minoritaria que no son abiertamente incompatibles con la más votada.
Pero incluso en ese caso, la diversidad y el conflicto, como tales, existían antes de la operación democrática, y siguen existiendo también después; no desaparecen diluidos en la corriente mayoritaria. Y lo que convierte a la democracia en superior a cualquier otro modelo de convivencia en sociedad, es que toda decisión política es infinitamente revisable en el tiempo, porque en la naturaleza de las cosas está el hecho de que las diversidades no son inmóviles, las opiniones se mudan (por lo menos las de los sabios) y los conflictos se desplazan y se modifican.
De lo que extraigo como conclusión que, siendo el principio enunciado lúcidamente por Chesterton el primero y esencial de todo talante democrático, el segundo principio también esencial es el mayor respeto intelectual por la diversidad y por la pluralidad de posturas y de opiniones; sin cuyo respeto resulta imposible ahondar en aquello que “nos une” a todos más allá de nuestras diferencias evidentes.
Ítem más, la apostilla de Savater me parece una forma de abominar de la diversidad, y en ese sentido contraria al recto principio democrático, que promueve la empatía y la solidaridad entre quienes son diversos en expectativas y reivindicaciones, pero estrictamente iguales, en cambio, en derechos y en responsabilidades hacia el común. La democracia no es asunto fácil. No es lo mismo predicarla que dar trigo.
 

jueves, 30 de noviembre de 2017

LA ANGUILA POR LA COLA


Se ha constituido la comisión parlamentaria para la reforma constitucional que exigió el PSOE a cambio de apoyar la aplicación del artículo 155 en Cataluña. Pero la iniciativa no parece que vaya a tener un gran recorrido. Eme Punto Rajoy ya ha declarado que él cumple con crear la comisión, pero que no tiene intención de reformar nada. Más aún, que es absolutamente contrario a cualquier reforma del tarro de las esencias, por mínima que sea y venga de donde venga.
Eme Punto es el puto amo.
No se adormilen ustedes en los laureles, que la cosa va más allá. Se pactó entre el gobierno de su majestad y la leal oposición un 155 limitado en el tiempo y en las formas: justito justito hasta el día de las elecciones, y sin estropicios por medio. Sin embargo, ahora se habla de alargar el plazo hasta la formación de Govern (puede darnos la intemerata, tal y como están las cosas) e incluso más allá, si el Govern que finalmente se constituya es sospechoso de querer volver a las andadas. Tampoco se marcharán tan deprisa las fuerzas policiales desplazadas a territorio catalán para garantizar el orden. Piolín se ha ido del puerto, pero parte de sus moradores siguen en tierra a verlas venir.
Al mismo tiempo el gobierno de la nación, visto el gran resultado de la cientocincuentaycinquización en la provincia catalana, otea en otras direcciones con la intención de aplicar el mismo bálsamo a diferentes realidades territoriales y/o institucionales que no acaban de funcionar a su gusto.
Que Eme Punto es el puto amo, nadie lo puede negar.
Quizá la idea que se hace la primera fuerza opositora del país sobre los compromisos de Estado no es la mejor ni la más afinada posible, estando Eme Punto por medio. Pedro Sánchez hará bien si se lo piensa dos veces y luego cuenta hasta cien antes de suscribir más pactos de Estado a la babalá. A Eme Punto no le tiembla el pulso por una firma más o menos, pero en el momento de cumplir lo prometido no considera que dicha firma le suponga ninguna atadura. Se trataría, para expresarlo con una metáfora adecuada, de una atadura en B para un gobierno en A; algo no consignado en ningún registro oficial pertinente, y susceptible además, caso de que sí constara en algún disco duro perdido y hallado en el templo, de ser borrado treinta y dos veces sucesivas y machacado luego a martillazos.
Cosa muy dentro del alcance de las capacidades del puto amo, como es de sobras conocido.
Haría bien Pedro Sánchez en refrescar su catalán y prestar atención a lo que (más o menos) escribía Joan de Timoneda hace cinco siglos y medio, y cantaba Raimon hasta hace apenas unos meses, cuando decidió dar por finalizada su admirable carrera: Qui té anguila per la cua / i en Mariano per la fe / bé pot dir que res no té (“Quien tiene una anguila por la cola, y a Mariano por la fe, bien puede decir que no tiene nada.”)
 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

DESIGUALDAD ANTE LA LEY


La víctima de una violación en grupo durante los Sanfermines podría no tener derecho a protección jurídica, según viene a sugerir el abogado defensor de varios componentes de la Manada. No dio pruebas suficientes, si se examinan con atención los vídeos grabados por sus violadores, de asco y de rechazo. Sostiene el rábula que aquel episodio al resguardo de un portal no fue para ella otra cosa que un rato “placentero”, por más que no hubiera consentido explícitamente las diferentes maniobras que se ejercitaron en su cuerpo después de desnudarla. Lo que la encrespó fue únicamente que se le llevaran el móvil.
Hay otras pruebas de la falta de méritos de la muchacha para obtener el amparo de la ley: ha sido fotografiada posteriormente llevando una camiseta con una leyenda provocativa. Por el contrario, los cinco acusados, “la Manada” para calificarlos con el nombre que ellos mismos se dan, son buenos hijos, sin ser sin embargo modelo de nada. Y se les está dando caza sin piedad.
¿Sugiere esta argumentación que debería darse caza a las violadas, en vez de a los violadores? ¿Que debería dejarse vía libre a un violador de buena conducta, cuando interactuara con una víctima de moral no inequívoca? Un paso más allá, solo uno, por ese camino, llevaría a proclamar de forma explícita la desigualdad de los ciudadanos ante la ley.
Nuestros abuelos pintaban a la Justicia como una dama severa, con los ojos vendados, sosteniendo en una mano el código y alzando con la otra una balanza perfectamente equilibrada.
Eran unos antiguos.
El primer artículo del nuevo código sería, en cambio: «No todos somos iguales ante la ley.» Y es que las circunstancias personales influyen muchísimo. No es razonable exigir del olmo que dé peras, según frase reciente de un encausado ilustre. De otro lado, el juez que obligó a Eme Punto Rajoy a declarar por el asunto de la caja B de su partido, ya ha sido removido de su sitial. Una prueba de por dónde van las cosas de la justicia. Otra, si alguno todavía dudare, es que el ministro de Hacienda permite al alcalde de Jaén lo que ha vetado a la alcaldesa de Madrid. Otra más, que la incitación al odio es concebida como un delito unidireccional, solo procesable cuando se ejerce en contra de determinadas instituciones, y nunca cuando va en el sentido contrario. Los exabruptos de unos policías madrileños contra Manuela Carmena, que rebasan ampliamente la línea roja de lo espantoso, están siendo analizados con calma (tal vez desde la sospecha de que podrían ser epítetos merecidos; ¿se han examinado suficientemente las inscripciones que luce Manuela en sus camisetas?), en tanto que el delegado sindical que denunció la existencia del chat policial debe ser protegido del odio desbordado de sus colegas por voluntarios de la sociedad civil, porque desde el punto de vista de las autoridades competentes ha pasado a ser un apestado.
Este es el mundo en que vivimos. Si no les gusta a ustedes, les ruego un esfuerzo para mejorarlo entre todos: no tenemos otro.
 

martes, 28 de noviembre de 2017

EL PERRO DE CAMPO QUE MEA EN LA CIUDAD


En un mundo cuajado de “posverdades”, que es la forma posmoderna de llamar a las mentiras, quizá sea necesario puntualizar la verdad rotunda, la verdad verídica y verdadera si se quiere, del «aviso a sindicalistas» que lanzó ayer en su bitácora José Luis López Bulla (1). A saber, que Javier Aristu y un servidor estamos terminando al alimón la traducción de una muestra significativa de los Diari 1988-1994, de Bruno Trentin, editados en Italia por Ediesse a cargo de Iginio Ariemma. Nuestro esfuerzo, bien arropado en otros textos explicativos y aclaratorios de la originalidad radical y el sentido innovador de la propuesta de Trentin, se publicará bajo el sello ya consolidado de “Pasos a la Izquierda”, y José Luis lo sabe de buena tinta porque está en el ajo de este proyecto desde el inicio mismo. No en balde es el primer promotor y el más importante divulgador de la obra de Trentin en nuestro país y en nuestra lengua común, lo que le convierte en el principal difusor, también en amplios espacios de América latina, de un sindicalismo terriblemente actual, es decir consciente de su lugar, de sus problemas y de sus potencialidades en el nuevo paradigma de la producción basada en las tecnologías digitales y las herramientas sofisticadas que estas proporcionan; pero también en la permanencia del modelo liberador del trabajo como medio de autorrealización de un inmenso colectivo de personas, diversas entre ellas pero unificadas en los libros de sociología bajo la etiqueta común de “clases subalternas”. Sindicalismo, en consecuencia, “de clase”, sin tapujos que lo adulteren. Desconfíe de las imitaciones.
Una anécdota puede ser significativa de la actitud de Trentin en la encrucijada decisiva entre un sindicalismo “tal como venía siendo” y la práctica sindical necesaria en las nuevas condiciones. Jamás habría mencionado él esta anécdota en el contexto severo de sus libros, sus informes a la dirección o sus conferencias públicas; pero en el repliegue íntimo de unos diarios de trabajo que nunca destinó a la publicación, la imagen a la que se refiere le impacta tanto que la trae a colación hasta tres veces. Es la anécdota de su perro de caza Matteo, criado en el campo, que trasplantado a la ciudad mea sobre el cemento o el asfalto, pero enseguida busca con afán un parterre o un alcorque y escarba con la intención fallida de tapar con tierra la orina que ha derramado a varios metros de distancia.
El perro Matteo da la imagen de la disociación entre un contexto original, en el que el hábito estaba perfectamente coordinado y justificado, y un contexto nuevo y mal asimilado en el que el esquema de conducta pasa a ser absurdo e inútil. El mismo tipo de comportamiento esquizofrénico de una izquierda tanto sindical como política que, perdida la orientación, insiste en seguir comportándose como si los viejos puntos cardinales no hubieran sido desplazados por nuevas realidades que exigen un repensamiento general, por no decir una refundación, de los principios y los objetivos del sindicalismo y de la política económica en un mundo cambiado.
 


 

lunes, 27 de noviembre de 2017

EL BUEN CATÓLICO DE MI BISABUELA


Dice el cardenal Cañizares que no se puede ser a la vez buen católico e independentista. No estoy en condiciones de discutirlo; personalmente no entro en ninguna de las dos categorías, y quizá por esa razón no percibo bien la contradicción. De otra parte, no me atrevo a llevar la contraria a un experto reconocido en la materia.
Podría objetar, quizá, que según la doctrina buen católico es el que cumple los mandamientos, y en ninguno de los diez se dice ─hasta la fecha─ nada sobre la independencia. Pero gracias a mi bisabuela sé que las cosas no son ni mucho menos tan sencillas como parecen. Para decirlo con mayor precisión, hay muchos más mandamientos en el cielo y en la tierra que los escritos en las tablas de la ley.
De haberse conocido el cardenal Cañizares y mi bisabuela, habrían simpatizado. Los dos coincidirían en el punto de vista de que en el cielo tienen reservado el derecho de admisión solo los españoles de bien; nada de extranjeros, ni forasteros, ni otras especies de personas dudosas.
Mi abuela, como es natural, nunca tuvo pujos de independentismo, pero para ella dicha condición negativa podía ser como mucho necesaria, no suficiente en sí misma para calificar al buen católico. El buen católico había de ser, además, necesariamente monárquico y de derechas. Una de sus opiniones favoritas en política, puede que ideada de su propia cosecha aunque sospecho más bien que leída en algún opúsculo, tal vez de jesuitas porque para ella eran lo más, venía a decir que Largo Caballero de largo tenía poco, y de caballero todavía menos.
Al buen católico de mi bisabuela le gustaban los toros; lo contrario sería sencillamente inconcebible. En este aspecto, sin embargo, había distinciones ulteriores a tener en cuenta. Para ella estaban muy bien Lalanda, y Gitanillo de Triana, y ese chico de tan buena planta que acababa de coger los trastos como novillero, Antoñito Bienvenida, el hijo del Papa Negro. En cambio, dudaba muy seriamente que un manoletista confeso pudiera llegar algún día al cielo. En relación con Manolete y sus adeptos, seguramente habría pensado que el cardenal Cañizares, como tantos otros clérigos de su predilección por otra parte, tenía la manga demasiado ancha. En cuestiones de fe y costumbres, es necesaria una sana inflexibilidad para impedir que se cuele ningún desaprensivo en el selecto aprisco del Buen Pastor.
Ya de edad avanzada, mi bisabuela se encrespó con su médico de cabecera (hombre por lo demás irreprochable, de comunión diaria y padre de familia numerosa) porque le prohibió seguir con la rutina habitual para sus cenas: un huevo frito (¡solo uno! ¿qué daño podía hacer?) sazonado con sal y espolvoreado de pimienta. ¡Eso no es caridad cristiana!, tronó mi bisabuela, mujer enérgica y de buen diente que, por más que seguía activa en las labores caseras, había adquirido tal ruedo a la altura del popó que obligó a sus hijas Amparo, Concha y Cristina a retirar dos consolas del pasillo, bastante estrecho, para permitirla desplazarse sin impedimento de la salita al baño.
Pues en la cuestión del huevo, mi bisabuela se sintió como si el buen samaritano (diplomado en medicina en su caso) hubiese pasado silboteando de largo del lugar en el que ella, desprevenida viajera de la vida, yacía postrada a la hora de cenar, asaltada, malherida y dada por muerta por ladrones facinerosos, probablemente socialistas.
Por consiguiente, no puedo sino elogiar la postura de monseñor Cañizares en relación con el independentismo. Yo no llegué a conocer en persona a mi bisabuela, pero absorbí su leyenda. Y no me cabe duda de que habría dado su altísima aprobación a la santa intransigencia del cardenal.
 

domingo, 26 de noviembre de 2017

PUIGDEMONT HENCHIDO DE SÍ MISMO


De nuevo estoy en Atenas, lo que me supone un cierto alivio espiritual porque Grecia, a semejanza de España, es un país cargado de problemas; pero, a diferencia de España, sus ciudadanos saben bien a qué atenerse en relación con ellos.
Tropiezo esta mañana en lavanguardia digital con unas declaraciones de Carles Puigdemont a Henrique Cymerman, del Canal 1 israelí. Son declaraciones en las que el legítimo/depuesto president de la Generalitat opina con extensión infrecuente, por lo generosa, acerca de sí mismo. Ignoraba yo hasta el momento esta faceta de su personalidad; mi impresión, probablemente errónea, era que había llegado al puesto que ocupó y quién sabe si sigue ocupando, más o menos como Poncio Pilato llegó al Credo; es decir, por atajos imprevisibles y aleatorios.
Pero en todo caso, es indudable que se lo tiene creído. Según una expresión con la que el sindicalista y filósofo italiano Riccardo Terzi (des)calificó hace algunos años a Matteo Renzi, Puigdemont está «henchido de sí mismo, es decir de nada.»
En los resquicios que se abren en ocasiones en su charla monotemática con el periodista israelí, Puigdemont expresa también opiniones desinhibidas y chocantes sobre otros asuntos. Por poner un ejemplo, califica a la Unión Europea de «club de países decadentes, obsolescentes, en el que mandan unos pocos», y considera que habrá que consultar al pueblo de Cataluña (país que, se supone, tiene la doble condición de pujante e instalado en la modernidad) si desea o no seguir perteneciendo a ese club trasnochado, que por otra parte se niega a admitirlo como socio.
Si Cataluña, llegado el caso, dijera No a Europa, se produciría un repudio recíproco y simétrico. En tal caso los catalanes no habríamos pintado un color más en el mapa de Europa, como deseaba la malograda Muriel Casals, sino que dejaríamos un espacio en blanco, un hiato de siete millones de ciudadanos, considerablemente mayor que los de Albania y de Kosovo, que son los otros ejemplos que se me ocurren; si bien los nacionales de ambos países nunca han tenido la oportunidad de opinar sobre la cuestión.
Todas estas cosas me llevan a sospechar que Puigdemont, en los escasos momentos en que no es exclusivamente de Puigdemont, es de Trump.
No hay nada intrínsecamente malo en ello, mucha gente es de Trump, a veces incluso sin saberlo. Viktor Orban, por ejemplo, el premier de Hungría; o Jaroslaw Kaczinski, el líder polaco. Gente con cierta tendencia a considerar decadentes las ideas que han conformado y dado cohesión al espacio común europeo a partir de la primacía de los derechos de las personas sobre los de las mercancías.
Será bueno que el pueblo catalán sea consultado acerca de si quiere pertenecer a un club tan démodé, obviamente después de esa otra consulta aún pendiente sobre si quiere o no formar parte de España, ese otro club. Luego, ante la eventualidad de una doble respuesta negativa, es decir ni España ni Europa, ya veríamos la forma de apañarnos en el vacío absoluto. Quizá no se esté tan mal, allí.
Es un futuro esplendente el que delinea para nosotros el ya no president pero potencialmente futuro mandatario si, siguiendo un ejemplo ya clásico, consigue resucitar de entre los muertos en las elecciones ilegítimas inminentes, después de pasar tres días a pan y manteles en el sepulcro belga como consecuencia de la pasión sufrida en la cruz del artículo 155.
Así pues, los catalanes podríamos vernos convocados a decidir si queremos irnos simultánea o sucesivamente de España y de Europa. Por fortuna, antes de hacerlo dispondremos de un clavo ardiendo al que agarrarnos: habremos de votar si queremos o no a Carles Puigdemont como president de la Generalitat.
 

viernes, 24 de noviembre de 2017

DESIGUALDADES Y DISCRIMINACIONES


El reciente informe sobre el empleo de la Comisión Europea apunta a una situación “crítica” de España en los temas de la desigualdad de rentas y la formación, con unos índices muy altos de abandono escolar, que es otra forma de desigualdad. En otros indicadores sociales, la valoración de la situación española no es tan mala, pero se mantiene “bajo vigilancia” (solo un escalón por debajo de lo “crítico”). En conjunto, el juego cruzado de desigualdades y discriminaciones nos sitúa como parte de un pelotón de los torpes compuesto además por Grecia, Bulgaria y Lituania.
Hay diferencias excesivas en las tasas de empleo entre los trabajadores más y los menos cualificados; en la distribución de las mejoras en empleo entre los distintos grupos de población; en las oportunidades de acceso a la educación, la formación y la protección social. La Comisión recrimina al Gobierno español el mal comportamiento de los mercados de trabajo y el impacto escaso de sus políticas sociales. Deberían mejorarse el diseño de los impuestos, los sistemas de prestaciones sociales y el impulso a la igualdad de oportunidades en la educación y la formación.
Desigualdades y discriminaciones graves, y en algunos casos aún en crecimiento, cuestionan el mantra gubernamental de que “estamos en el buen camino” de la salida de la crisis. Al respecto, en las filas del ejecutivo se hace uso de una combinación letal que consiste por una parte en cerrar los ojos, y por otra en mirar aplicadamente a otro lado.
Recientemente, ese otro lado a donde se mira es de preferencia el problema catalán. Cataluña es una de olla de grillos que contrasta con la serenidad de las aguas límpidas en el resto de la geografía patria. Eme Punto Rajoy, el hombre que combate las desigualdades con sobresueldos a sus leales, se felicita ahora a sí mismo por el éxito de su terapia especial ciento cincuenta y cinco para el problema catalán. La morosa atención prestada a la lucha contra el separatismo y el populismo le permite insistir en el “buen camino” del “sentido común” emprendido hace cinco años, por más que la cosecha en bienestar sea magra para el conjunto de la ciudadanía, si exceptuamos a los paniaguados del partido alfa.
La Comisión Europea urge al gobierno español a emprender rectificaciones de fondo, que ni siquiera son percibidas en la lontananza por nuestro ejecutivo. Están en riesgo, dice el informe de la Comisión, «la equidad, la inclusión social y el crecimiento sostenible».
Ni flores.
Los árboles no dejan ver el bosque. Las banderas que proliferan en las grandes avenidas no nos permiten ver con claridad que este gobierno es, en sí mismo y en sus formas de ejercer, un peligro cierto para todos.
 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

RETOZANDO CON LA LENGUA


Dedicado a Pepe López, doctorado como yo mismo en lenguas romances por la universidad de la vida, y defensor a ultranza de la santaferinidad frente a los pescozones de la Puta Docta.

 

Advierto de entrada que este post no tiene nada que ver con caricias linguales ni con jugueteos sensuales de ningún tipo. Tanto “lengua” como “retozar” tienen varias acepciones distintas en castellano, y yo me refiero a la lengua codificada en los diccionarios y al retozar como travesear con cosas de enjundia que merecerían (o no) más respeto. 
He tenido una larga etapa de amancebamiento forzoso con el Diccionario de la RAE, debido a razones profesionales. No fuimos felices juntos, ni yo ni él. Desde mi jubilación, procuro someterme a una orden de alejamiento que, en verdad, nunca ha sido dictada por ningún juez, pero que no por ello es menos saludable para mi coleto.
Así estaban las cosas cuando he sido interpelado por dos veces, y en un lapso muy corto de tiempo, por dos amigos a los que respeto y estimo. Sepan si me leen (cosa que harán en todo caso a su costa y por su cuenta y riesgo) que lo que sigue no va contra ellos, sino contra una institución que ni limpia, ni fija ni da esplendor que se sepa, pero en cambio sí está exageradamente finchada de su propia prosopopeya.
En el primer caso al que me refiero, me llegó un aviso urgente: “cambia rápido esa automación que colocas en el título de tu traducción, por automatización, que es la palabra correcta.”
Lo hice sin rechistar, pero me dejó una herida en el alma. Traducía del inglés, donde emplean el término automation. Los franceses hacen lo mismo. Los italianos tienen la automazione. ¿Es un disparate utilizar “automación” en el mismo sentido que todos ellos? Y puestos a cortar un cabello en cuatro, operación que me encanta: ¿cómo debo referirme a la actividad que ejerzo al corregirme a mí mismo una expresión dudosa? Porque, según la Puta Docta, no me es permitido afirmar que he procedido a una automatización. Esa acepción, oh casualidad, no consta en su piojoso diccionario, a pesar de que son correctos la voz matización y el prefijo auto-.
La segunda advertencia, de otra persona amiga, me señala que debo decir subordinación en lugar de subalternidad. Sorpresa por mi parte. Voy a la comprobación y descubro que existen en el castellano académico fetén las voces subalterno, na, subalternar y subalternante, pero no en cambio subalternidad, como condición del o de lo subalterno. Pregunto: el error, ¿es mío o es de la Academia? Si resulta que Antonio Gramsci hizo entrar la subalternidad por la puerta grande en el campo de las ciencias sociales con un rango científico y una propiedad en la caracterización del vocablo muy superiores a las definiciones aguachinadas que leo en el Réprobo de la RAE, ¿debo yo, por obediencia a un ucase emitido por personas que jamás han leído a Gramsci – ni lo leerán, bien sea por pereza o por toma ideológica de partido –, utilizar subordinación en lugar del término que define y resume con mayor precisión lo que pretendo comunicar?
Los felices habitantes de Santa Fe de la Vega se llaman a sí mismos santaferinos, pero la Academia les niega el derecho colectivo al nombre con el argumento especioso de que “ferino” viene de “fiera” y no de “fe”.
¿Y qué? ¿No fue acaso lo bastante ferina la reina fundadora de Santa Fe, que renunció a cambiarse de bragas durante todo el asedio a Granada, y encima hizo ofrenda de tal cutrerío al Altísimo? La peste ferina de la reina Isabel precipitó en el abismo de la locura a su hija Juana, obligó a su Gran Capitán a refugiarse en Ceriñola, y envió a Colón en busca de un Nuevo Mundo para obviar el terrible olor. De su esposo el rey Fernando, se sabe que jamás compartía el tálamo con su legítima, sino que andaba enamoriscado de tres preciosas moriscas de Jaén, Aixa, Fátima y Marién. ¿Por qué no permite la Puta Docta que los santaferinos, orgullosos de su origen, se llamen como prefieren hacerlo?