lunes, 21 de agosto de 2017

BOLARDOS


Los bolardos son tendencia. Yo desconocía el término y he tenido que consultar el diccionario online para saber el sentido exacto de la palabra y su procedencia (del inglés bollard). Existe en el mercado un tipo de bolardo, llamado “Matador”, especialmente diseñado para prevenir los ataques a multitudes por medio de vehículos de motor. ¡Lo que se aprende en internet!
Algunos medios de comunicación, con base en los informes de algunos estamentos policiales, afirman que una siembra estratégica de bolardos habría impedido el atentado de las Ramblas, y que hubo omisión o descuido en las autoridades catalanas al no instalarlos en su momento. Es ese tipo de opinión, muy prolífica, que acostumbra tomar la parte por el todo y ofrece soluciones parciales – llamativa y penosamente parciales, diría yo – como si se tratara de panaceas. Hay quienes consideran remedios infalibles contra el cáncer los sinapismos de mostaza, y quienes reivindican en cambio la eficacia de las estampas de santa Teresita de Lisieux. Las estadísticas no abonan, por lo general, sus puntos de vista.
Más exacto es decir que los bolardos en las Ramblas habrían prevenido este concreto tipo de atentado. Sabemos, porque los medios nos lo transmiten todos los días, que también se han utilizado otros métodos variados para atentar contra aglomeraciones de personas descuidadas, y que cada grupo o célula radical escoge el que le parece más apropiado para llegar a sus fines. Colóquense los bolardos si se quiere, o lléguese al extremo de sellar las Ramblas al tráfico rodado. Es posible ir incluso más allá, y cerrar todo el recinto de las Ramblas al tránsito peatonal, colocando en los extremos carteles de «Reservado el derecho de admisión». Se habrá llegado al no va más en la prevención de un posible atentado "con" vehículo de motor y “en” las Ramblas. No se alcanzarían, en cambio, otros objetivos. Los bolardos obstruyen el paso a las furgonetas de los terroristas, pero también al parque de bomberos. Las Ramblas embolardadas quedarían inermes en caso de un atentado por el fuego.
La conclusión obvia es que seguirá resultando imposible prevenir siempre todas las posibilidades de atentado en todos los lugares posibles. Parece claro que la solución debe buscarse por otro lado. No con efectos inmediatos, sino progresivos; no con remedios represivos, sino inclusivos.
El resto quedará al albur de quienes extienden patológicamente su odio al sistema hasta una forma de odio negro por las personas corrientes que disfrutan de vacaciones corrientes en ciudades también corrientes, es decir, abiertas y acogedoras. No hay prevención infalible para quienes actúan movidos por un resorte moral que implica el desprecio total, no solo por la vida ajena, sino también por la propia. No hay mecanismo disuasorio capaz de detener a quien ofrece de antemano su autoinmolación en aras de la idea.
Tampoco es razón suficiente para andar encogidos y temerosos por la vida. El valor supremo en las sociedades abiertas no es sobrevivir a toda costa, sino mantener la apertura, la disposición solidaria hacia los demás, la línea del horizonte muy alta. Gritar al viento, como se ha hecho en Barcelona, “No tinc por!”
 

domingo, 20 de agosto de 2017

LUMPEN EMPRESARIADO


Escribí hace algunos días un post bastante intuitivo que albergaba la propuesta de unos pactos de oposición para las infraestructuras (1). José Luis López Bulla me contestó desde su bitácora con un educado “eso, ¿cómo se come?” (2). Me siento en deuda con él y, seguramente, con un puñado de lectores desconcertados por lo que tiene todo el aire de ser un brote extemporáneo de voluntarismo. Me explico con más pormenor, entonces.
 
1. Recuperando las bellas tradiciones
Nunca hubo una oposición mejor, más sabia, más constructiva y más influyente que la del PCI en los años de la secretaría de Luigi Longo. Lo elijo a él en particular porque el carisma de Togliatti y de Berlinguer “personalizó” de algún modo las propuestas colectivas; Longo fue en cambio un capitán ejemplar de equipo, el hombre que exigía que cada iniciativa, cada enmienda parlamentaria, cada acusación concreta a la ineficacia y el despilfarro del pentapartito se apoyaran en datos sólidos y en estudios exhaustivos. Ni una sola concesión a la demagogia. Nunca se celebraron tantos simposios, encuentros, jornadas de estudio, etc., a todos los niveles; nunca se elaboraron tantas ponencias, tantos informes, tantas investigaciones técnicas; nunca se trabajó tanto colectivamente, así en la elaboración misma del proyecto político como en su “explicación”, en su difusión y popularización, por encima de las personas que lo encarnaban; es decir, por encima de un liderazgo que vino a polarizarse artificiosamente en amendolianos e ingraianos, a pesar incluso de la voluntad de los dos presuntos jefes de fila.
El PCI de Luigi Longo (3) nunca se planteó las cosas en el estilo “lo primero es echar a la DC y sus aliados del gobierno; luego, ya veremos qué es lo que hacemos.” Acudió con alegría a las citas electorales y arrancó en cada una de ellas nuevas porciones de poder local y regional; pero lo hizo a través de un aluvión de propuestas de cambio sostenidas de forma coherente en todos los niveles del país y de su administración, basadas en dos grandes ejes prioritarios: el fortalecimiento del Estado frente al poder de los monopolios, y la promoción de reformas de estructura tendentes a democratizar las relaciones económicas.
Corrían los años sesenta, una década de prosperidad y afluencia. Pero no era el desarrollo en sí, sino el “modelo” de desarrollo lo que preocupaba a los comunistas italianos; y también el “modelo” de Estado del bienestar, algo que nunca ha sido un bloque homogéneo y trasplantable  de una a otra latitud sin merma de su calidad intrínseca. Desde el recuerdo lejano, hoy tienden a simplificarse las cosas. Italia nunca tuvo el mismo Estado social que Suecia, como España no tuvo el mismo que Italia. No era ni siquiera concebible un modelo común; en cada lugar la historia, la tradición y la correlación de fuerzas imponían pautas propias. Tampoco hoy basta con reclamar: “¡Queremos un Estado del bienestar!” Porque no se venden prefabricados. Hay que trabajarse el invento.
 
2. Trabajando el invento
En ese trasfondo situaba yo mentalmente mi arrebato del otro día. Al constatar, no ya la baja calidad del gobierno de la nación, sino la baja calidad de la oposición, considerada en bloque. Aquí la forma normal de incidencia intra/extra parlamentaria es el zasca mediante un tuit. Si se consigue un número elevado de “me gusta”, se empieza a soñar ya con una mayoría holgada de escaños. Convendría apartarse del escaparate y trabajar más en el taller de corte y confección. Elaborar, primero; extender y popularizar la elaboración después, con una insistencia menor en las efigies visualmente atractivas de las/los líderes del cotarro. La democracia no es un concurso de belleza.
Puestos a entrar en el fondo insondable de la reforma de las estructuras, mi idea era acudir en primer lugar a lo urgente, a lo puntual incluso, pero desde una lógica de corredor de fondo. Dar unos primeros pasos en la carrera de obstáculos, con la intención de no perder comba, claro, pero también de acumular fuerzas que poder luego invertir de forma sensata a lo largo de un recorrido forzosamente largo. Todo lo cual, quede claro, no es la emanación de una consigna forjada colectivamente, sino la expresión de una opinión individual. Como el sembrador evangélico, me limito a arrojar a voleo la semilla, sin mirar si caerá en el pedregal, entre las zarzas o en tierra abonada.
 
3. Coordinando las políticas
La realidad indisimulable de las cosas como son, sumada a unos acuerdos internacionales de lucha contra el cambio climático que han señalado objetivos muy concretos y cuantificables a los Estados firmantes (España entre ellos), impone un cambio de modelo energético en favor de fuentes limpias y no contaminantes. Es un primer tema en el que la oposición puede apretar al gobierno inmovilista de Rajoy, que prefiere a todas luces hacerse el longuis y conservar el dividendo en lugar de conservar el medio ambiente. Este es un punto en el que el interés del bien común se confronta con el interés de los monopolios: un terreno de pugna característico. Es imperdonable que los intereses de los lobistas prevalezcan sobre los del procomún. Por mucho que Felipe, consejero de Gas Natural, y Josemari, de Endesa, nos den matraca con Venezuela. No ahí, sino aquí, queremos comprometerles.
Un gran pacto de oposición sobre el modelo energético no desalojaría a Rajoy, pero sí le forzaría la mano en el sentido conveniente. Parece fácil llegar a acuerdos sensatos entre las tres principales fuerzas parlamentarias que no son el PP. Habrán de ser, sin embargo, acuerdos resultantes de estudios solventes, sujetos a una elaboración cuidadosa y explicados de forma adecuada a la ciudadanía, que habrá de dar su respaldo más o menos explícito. Se trata de hacer crecer la democracia, no de sustituirla.
La instalación masiva de fuentes de energía no contaminantes distribuidas de forma racional en el territorio traería otra bendición aneja, la de crear puestos de trabajo cualificados. La educación en este país viene siendo una variable independiente, un engranaje que rueda por libre. Las aulas escolares, universitarias y de FP vuelcan cada año una nueva promoción en el vacío. El mercado de trabajo es impermeable a la solicitación de los saberes. Una parte del mal reside en la inadecuación de los planes de enseñanza a las necesidades que plantea el nuevo paradigma productivo. Esto es algo que debe cambiar con urgencia. Un primer paso, incluible en ese pacto de oposición soñado, sería la preparación de especialistas en la instalación, la gestión y el mantenimiento de las nuevas fuentes energéticas limpias que va a ser necesario crear.
A la segunda dificultad que obstruye la fluidez del paso de la escuela a la empresa dedico el último titular en gerundio de mi perorata.
 
4. Aflorando el lumpen empresariado  
La empresa es impermeable a los saberes. Esta afirmación es genérica, falsa e injusta para muchos empresarios; pero mayoritariamente exacta. Basta ver el número de empresas censadas en España (en este blog se ha echado en alguna ocasión la cuenta), acogidas a la benevolencia del impuesto de sociedades. La relación laboral pura y dura se oculta con tapujos. El último, la “colaboración”. La economía colaborativa es el estandarte de una nueva esclavitud en la que todos los derechos están de un lado y todas las obligaciones y los riesgos del otro. También en las ETT y las llamadas empresas multiservicios se tiende a convertir en “socios” a trabajadores subordinados hasta profundidades abismales. De esta forma, la lumpen empresa se ahorra la cotización a la Seguridad social, y arroja sobre el trabajador la carga de la prevención de riesgos de enfermedad y accidente, además de privarle para el futuro de la percepción de una pensión que retribuya los años de actividad productiva. Cuestiones en el candelero como la Renta Básica Universal dejan este flanco al descubierto: si no se vigila todo el proceso de negociación, pueden desembocar en modelos de prevención “de mínimos” a cargo del Estado, exonerando de forma definitiva al empresario de las responsabilidades que son inalienables a su figura. El empresario tendría así el mando omnímodo e indiscutido sobre sus subordinados, pero ninguna responsabilidad relacionada con la seguridad, salud o permanencia en el puesto de todos ellos.
Un primer objetivo de cara a una reforma laboral que debería tener a la larga muchos más bemoles, sería así el de extender los derechos y las obligaciones recíprocos derivados de la relación laboral (incluido, por supuesto, el derecho a la negociación colectiva) a todos los sectores “nuevos” de trabajadores desamparados por la aparición vistosa y flambuayante de este neo lumpen emprendimiento, que se asienta en un vacío legal fácil de remediar.
Fácil de remediar... con una voluntad política inequívoca, y con el auxilio inapreciable del iuslaboralismo, que sabe a la perfección de qué pie cojea el mercado laboral desregulado.
Si no lo remediamos entre todos, no llegaremos a ninguna parte.
 



(3) Cf. Alexander Höbel, Il PCI di Luigi Longo (1964-1969). Edizioni Scientifiche Italiane, 2010.

 

sábado, 19 de agosto de 2017

EL SUEÑO DE LA RAZÓN


Tengo en mente, incluso en un primer borrador, una “exposición de motivos” de la propuesta azarosa que lancé hace días (cuantitativamente, pocos; cualitativamente, una eternidad) en torno a un posible pacto de oposición sobre temas de infraestructuras, a saber: producción energética, producción de saberes (la educación) y empoderamiento de la fuerza de trabajo en lo que toca a las relaciones laborales. José Luis López Bulla respondió generosamente a mi provocación con algunas observaciones acertadas, y vino a pedirme menos concisión y más precisión en mis argumentos (1). Cosa que es muy razonable pedir, y que podría enredarnos a los dos una vez más – y van tantas – en un debate nada académico sino jugoso y razonable por estar anclado en experiencias vividas, y no en argumentos de autoridades, sean estas Tomás de Aquino o la señora Chantal Mouffe.
Quédese para mañana. Hoy atiendo de urgencia a algunos monstruos que derivan, como apuntó don Francisco de Goya, del “sueño de la razón”. Ha habido serios esfuerzos, desde editorialistas sesudos hasta trolls, para conectar el atentado de la Rambla con los avatares del procès. No vale la pena detenernos en ellos; son un mero descarrilamiento de neuronas. La maldad particular de los secesionistas catalanes habría sido causa de que la providencia divina permitiera el atentado yihadista. Algo sostenible solo mediante la refinada manipulación de la lógica que sostuvo hace una docena de años que las muertes de Atocha habían sido promovidas desde la sombra por un ZetaPe ansioso de suceder a Josemari en el poder de atar y de desatar en el país. Todo se reduce a una especie de teología de andar por casa, o de saga del tipo Juego de Tronos visionada desde el inodoro.
Un tertuliano habitual ha dado la nota original relacionando el atentado con la “turismofobia”, y ha señalado que la furgoneta en la Rambla vendría a ser el sueño húmedo de las CUP en su reciente campaña contra el turismo.
Hay formas más elegantes de relacionar el culo con las témporas. Esta interpretación, como las anteriores, se niega a visualizar cadenas causales y aísla el acontecimiento como un caso único y peculiar, sin tener en cuenta que lo mismo que se ha hecho aquí se hizo antes en Niza, y que antes se encontraron otros medios para atentar en Nueva York, en Madrid, en Bruselas, en Estambul, en Londres y aun en otros lugares sin relación con el procès ni con la afluencia turística. No hay turismofobia en quienes atentan; sí hay catalanofobia en quien lo comenta.
Desde la otra orilla, es decir desde el procès hacia afuera, se ha distinguido un (al parecer) historiador que ha incluido a Antonio Machado en una lista de personalidades “anticatalanas” indignas de dar nombre a una calle en Sabadell. No quiero ni pensar en lo que diría el citado profesor de Dante Alighieri, que habló ¡en verso! de “l’avara povertà dei catalani”. Todo deriva de la convicción de que “nosotros”, en tanto que pueblo, raza, género, etc., somos la hostia, y que esa realidad es indiscutible por más que individualmente lo que más nos distingue sea poseer ideas muy escasas, pero muy fijas. En tiempos, en Euskadi, hubo quien declaró persona non grata al poeta Gabriel Celaya porque no apoyaba con suficiente empeño las tesis abertzales, y quien cuestionó a Agustín Ibarrola vandalizando el bosque de Oma, amorosamente pintado por el artista para crear un espacio mágico único en el mundo.  
El sueño de la razón engendra estos monstruos.
 


 

viernes, 18 de agosto de 2017

SIN PALABRAS


Los capilares nerviosos de las redes sociales trajeron la noticia a Poldemarx a la hora plácida del café, antes incluso de las últimas horas urgentes de las televisiones, cuando el hecho mismo aún era solo un rumor vago, sin precisiones ni contornos definidos. “Ramblas. Atentado. Furgoneta. Muertos. ¿Estáis bien?”
Estamos bien, y no lo estamos. La onda del interés solidario ha sido universal. Llegaban de continuo mensajes al móvil de Carmen, con la misma pregunta, “¿Estáis bien?” A Nicos, mi yerno griego y médico, lo llamaban sus pacientes desde Atenas: “¿Todo bien, iatrós?”
¿Es un alivio que la catástrofe no se haya cebado con ningún familiar, con ninguna persona directamente conocida? Lo es, y no lo es. Sabemos ahora que en el mundo global no hay terrenos acotados libres de amenaza, lugares en los que sea posible estar con plena seguridad, con total confianza. Vivir supone siempre y para todos un riesgo sobreañadido; la vida (para citar el título de una ácida comedia francesa de hace bastantes años) no es un largo río tranquilo.
Transcribo unas palabras de una novela que he empezado a leer ayer (Margaret Atwood, El cuento de la criada, Salamandra 2017, traducción de Elsa Mateo Blanco, p. 94). Se refieren a cómo eran antes las cosas, y cómo han dejado de serlo definitiva, inexorablemente: «Las noticias de los periódicos nos parecían sueños o pesadillas soñadas por otros. Qué horrible, decíamos, y lo era, pero sin ser verosímil. Sonaban excesivamente melodramáticas, tenían una dimensión que no era la de nuestras vidas.
            »Éramos las personas que no salían en los periódicos. Vivíamos en los espacios en blanco, en los márgenes de cada número. Esto nos daba más libertad.
            »Vivíamos entre las líneas de las noticias.»
Ahora nosotros, los anónimos, estamos también incluidos, sin remedio, en las líneas de la noticias de cada día. El atronador ruido informativo canalizado por los medios habla siempre, también, de nosotros. Sin palabras, casi siempre; pero eso no supone ningún consuelo.
 

martes, 15 de agosto de 2017

O CAMBIO O DIVIDENDO


Las superestructuras no ofrecen muchos asideros para un cambio de gobierno, lo ha dicho Meritxell Batet, portavoz del PSOE: no hay buenas expectativas de que tenga éxito una moción de censura a partir de una alianza de socialistas y podemitas en el hemiciclo.
Tampoco llegan muy allá las perspectivas para una reforma de la constitución – bien en sentido federal, o en otro –, ni para la legalización de referéndums decisorios o consultivos que canalicen el proclamado “derecho a decidir” el sí o el no al Estado de esta o aquella porción de la ciudadanía. Son temas apasionantes los relacionados con las superestructuras, monopolizan la atención de las audiencias y son el mejor ornato de los proyectos políticos existentes, pero el terreno de juego está muy trabado, y parece difícil que consiga prosperar cualquier iniciativa medianamente significativa al respecto.
Vamos a pollas, entonces. Centremos nuestra atención en las infraestructuras, ese terreno tan desagradecido desde el punto de vista de la política de escaparate.
Propongo cuestionar desde amplios pactos de oposición el modelo actual de relaciones laborales, el modelo educativo y el modelo energético. Son tres temas de mucho recorrido. Pueden añadirse otros capítulos (sanidad, prevención social, política de género, modelo financiero, por ejemplo). Pero los tres citados bastarían para condicionar en un sentido positivo la política económica que está desarrollando el gobierno Rajoy, política que ha alcanzado cimas estadísticas empíreas sobre la base de ofrecer al personal pan (poco) para hoy, y hambre (mucha) para mañana.
Lo que ofrece el modelo de relaciones laborales puede sintetizarse en el conflicto del aeropuerto de El Prat: la guardia civil al mando, y el laudo arbitral como solución de emergencia. Aún no hace dos telediarios que la patronal en bloque se negó a considerar en forma alguna el mantenimiento del poder adquisitivo de los salarios, en la mesa de negociación con las centrales mayoritarias. Los conflictos Eulen, por consiguiente, van a multiplicarse este otoño. Algún remedio habrá que poner.
En relación con la educación, Estella Acosta nos ha preguntado en Nueva Tribuna “por qué lo llaman sobrecualificación si es subempleo”. Buena pregunta. El mal planteamiento de la política educativa en el nuevo paradigma de la producción conduce al despilfarro de los recursos, a la fuga de los cerebros y al torpedeamiento del futuro de las generaciones que despuntan. Habrá que poner algún remedio, también.
Finalmente, en lo que respecta a la producción de energía, según datos de Red Eléctrica de España (REE), la sequía ha disparado la emisión de gases invernadero en 2017 (el 3,2% respecto al año anterior), debido a la “pertinaz sequía”. En román paladino: el bajo nivel de los embalses ha disminuido la producción de energía de origen hidroeléctrico, y el déficit ha sido suplido con un incremento de consumo de energía sucia (carbón), única opción factible dado que desde 2013 el gobierno tiene paralizada la instalación de nueva energía renovable, libre de CO2.
El gobierno está priorizando la conservación del dividendo de las eléctricas a la conservación del medio ambiente. No hacen falta ni una reforma constitucional ni un voto parlamentario de censura para obligarle a modificar una política tan regresiva y peligrosa. Ni en este tema, ni en los de la concertación laboral y la educación. Siempre que las fuerzas de oposición del país consigan converger sin dramas en una alternativa definida, con cara y ojos, con proyectos y programas compartidos, bien razonados y estructurados.
 

lunes, 14 de agosto de 2017

ISQUIOTIBIALES


No quise perderme el espectáculo en directo de los últimos cien metros de la carrera de Usain Bolt. Era un momento histórico (es decir, de la historia del deporte) y no me defraudó, a pesar de que los cien metros prometidos se quedaron reducidos en la realidad a unos cuarenta.
Ya saben ustedes el motivo: un tirón en los isquiotibiales del muslo izquierdo. Bolt había quedado detrás de Justin Gatlin en la prueba del hectómetro individual, y la carrera de relevos podía ser, así la vendían los medios, una revancha en belleza. Nada de eso. La megafonía puso ya, en los prolegómenos de la prueba, las cosas en su punto: Gatlin correría la tercera posta, Bolt la cuarta en competencia con el joven Coleman, un recién llegado. ¿Miedo de Gatlin a que su rival le ganara una última batalla después de muerto? Llaménlo cautela, tentarse la ropa, como quieran. Gatlin se había arrodillado delante de Bolt después de arrebatarle el oro en la carrera individual. Magnífico gesto; pero ahora maniobraba de forma más tortuosa para no desvalorizar su oro duramente conquistado. Como el avaro protege su tesoro con siete llaves.
Bolt no se comportó igual. Su carrera deportiva incluye infinitos más oros que los de Gatlin, pero igual la colocó sobre el albur de la pista. El tirón en el muslo había aparecido en las series, por la mañana. Podía haberse excusado de correr una final en la que perder era prácticamente su única opción; solo faltaba comprobar por cuánto, cuántos quedaban delante de él.
Decidió que correr era su deber. Deber con su prestigio y con sus infinitos admiradores. Se quedó tirado en el tartán a media recta. Una imagen tan hermosa, tan simbólica, como la del que alza los brazos después de la victoria; por lo menos, para quienes no creemos en la religión de los triunfadores eternos.
Nunca ha sido Bolt más Bolt que tendido en el tartán de Londres; nunca ha sido Gatlin menos Gatlin que en esa tercera posta perfecta que a fin de cuentas tampoco le sirvió para ganar, porque Coleman fue superado por un inglés.
 

sábado, 12 de agosto de 2017

BALLENA MUERTA O LANCHA A PIQUE


Puede que no haya elegido bien la lectura para este agosto. Moby Dick tenía que desengancharme por unos días de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, pero los tales eventos se adornan con acentos de epopeya y de “a por ellos, oé” en las páginas de los periódicos digitales. El Kim y el Trun’ rivalizan para ver cuál de los dos mea más largo: uno promete arrasar Guam con sus misiles, y el otro amenaza en contrapartida con «un mar de fuego inimaginable». En España, el portavoz del PSOE responde a García Page que, igual que las cañas se tornan lanzas en ocasiones, las “alianzas espurias” pueden convertirse en arpones afilados con los que alancear a la gran ballena azul de doble joroba sobrevolada por dos gaviotas. Y en Cataluña, Puigdemont insiste en que continuará su marcha insensata hasta el final, porque el referéndum unilateral será plenamente legal aunque no sea legal, y el derecho de autodeterminación de los pueblos se sitúa por encima de las constituciones (e incluso por encima de los resultados de las votaciones, al parecer).
En estas precisas circunstancias evenemenciales, en mi libro el capitán Acab ha convocado a toda la tripulación en la popa del Pequod, ha hecho circular un ponche «más fuerte que la pezuña de Satanás», ha clavado una onza de oro española en el palo mayor, y la ha ofrecido como recompensa a quien primero vea resoplar en lontananza a una ballena blanca. «¿A qué son remáis cuando vais a la caza?», pregunta. Y contestan todos a coro: «¡Ballena muerta o lancha a pique!» El compromiso febril de la tripulación con sus propios planes secretos complace a Acab, que concluye la escena con un juramento tan provocador como impío: «¡Que Dios acabe con nosotros, si nosotros no acabamos con Moby Dick!»
La agresividad se ha situado de pronto tan a flor de piel que rezuma en toda la línea, desde la ficción a la realidad. Tal vez el diagnóstico médico señalaría como causa última un exceso de testosterona diluido en el medio ambiente, ¿será un efecto secundario del cambio climático, o qué nos está pasando en este mes de agosto, mientras nos ponemos en remojo a la orilla de un mar milenario que las ha visto ya de todos los colores?
Redoblan en todos los rincones los tambores de guerra, y yo me digo por lo bajo, como el primer oficial Starbuck: «Dios me tenga en su mano… ¡y a todos nosotros!» Incluso a pesar de que me consta que Dios no va a mover un dedo en la coyuntura, y que va a dejar, como acostumbra, que nos apañemos solos.
 

viernes, 11 de agosto de 2017

VOTOS Y/O ALIANZAS


Después de echar un vistazo al programa (en formato cartel) de las CUP para el 1-O, leo en elpais una entrevista de Juan José Mateo a Emiliano García Page, que estrena en Castilla-La Mancha un gobierno flamante de coalición PSOE-Podemos. Todo lo que dice Page a lo largo de la entrevista me parece plausible, pero me detengo en la siguiente frase: «A los gobiernos solo se les echa con votos, no por alianzas.»
La frase en sí es discutible. Los ejemplos en contra están a la vista: ha habido una alianza en Francia para marginar a Le Pen en segunda vuelta. Una alianza que bien podría llamarse “espuria”, puesto que se resolvió en el voto al mismo candidato (Macron) de churras y merinas indiscriminadamente. Pero la coherencia de la idea de Page resplandece si se contempla el esperpento actual del procesismo en Cataluña, basado en una alianza contra natura del pijerío neoconvergente con el desahogo de la ANC, que postula un referéndum sin quórum como mero trámite con el que solventar por vía administrativa una independencia ya decidida por los estados mayores, y con el desmadre de los cupaires, que parecen convencidos de que el referéndum abarca al conjunto de los Països Catalans, por no hablar de otros detalles asombrosos de su cartel.
La devaluación continua y acelerada del voto popular en la determinación de la sedicente independencia catalana está erosionando toda la trabajosa argumentación acumulada anteriormente para demostrar que la democracia está del lado catalán, y el autoritarismo en el lado español. He aquí que con un 15% de participación y 300 votos más a favor que en contra, las normas dicen que la independencia sería “legal” y al día siguiente se iniciaría la desconexión. Una desconexión por narices, evidentemente. Con la variante, aportada por las CUP, de que podría incluir territorios donde ni siquiera se hará campaña electoral ni se pondrán las urnas.
«Escombrem-los!» La fábula en la que sostienen sus esperanzas los independentistas a todo trance se asemeja en efecto, más que a ninguna otra cosa, al cuento de la rateta que escombrava l’escaleta. Estas cosas, como habría dicho mi abuela, no se conciben ni en ambientes de cómicos.
Los votos y las alianzas no están reñidos, en principio. Los votos mandan, las alianzas pueden sumar más votos que los inicialmente recontados y llegar a modificar el escenario de forma sustancial. En lo que Emiliano García Page tiene toda la razón del mundo es en que las alianzas no pueden sustituir a unos votos inexistentes, y configurar mayorías espurias en cuyo interior solo se alcanza a percibir anhelos minoritarios y pujos claramente antidemocráticos.
 

jueves, 10 de agosto de 2017

NUEVA VISITA A SANT ROMANÇ



De izquierda a derecha, Conxa, Alain, Merche y Paco, en el interior de Sant Romanç restaurado.






«No es un gran monumento; apenas un espacio murado mal cubierto por una bóveda agujereada. No justifica grandes inversiones para su rescate, sólo reclama un poco de cariño por tratarse, a fin de cuentas, del testimonio de un pasado que nos pertenece.» Es lo que dejé escrito en este blog (1) hace más de tres años, sobre Sant Romanç de Sidillà. En una nueva visita he tenido la alegría de comprobar que el pequeño monumento ha encontrado el cariño que reclamaba y las modestas inversiones que garantizan su conservación y disfrute.
La comparación entre la fotografía que encabeza este post y la de abril de 2014 ahorra cualquier comentario. Sin alardes, se ha desembarazado el interior de piedras caídas, zarzas y matojos; se ha eliminado el puntal que sostenía el precario arco que subsistía en la bóveda más que medio derrumbada, y se han reforzado los muros, restaurado las losas del suelo y cubierto el conjunto con una cubierta metálica. El Empordanet, tierra feliz, ha recuperado así un santuario de la memoria, entre el castell de Foixà y la casa de la encomienda de Sant Llorenç de les Arenes.
En Foixà dicen que cierra Can Quel, otro santuario, este gastronómico. Ojalá la situación de la popular casa de comidas sea reversible a corto plazo. No es deseable que se pierda ninguna de las modestas delicias del territorio.  
 




 



miércoles, 9 de agosto de 2017

REGLAS DE WASHINGTON


El otro prisionero de Zenda, capítulo 6 (*)

– ¡Pisha, ahueca, tenemos que abrirnos ya, o aquí no la contamos!
La voz sonaba urgente en mi semiinconsciencia. La respiración se me hacía difícil, un humo espeso atufaba el ambiente. No me importaba en absoluto, mi cuerpo y mi mente necesitaban con urgencia un largo descanso; un descanso eterno tal vez.
– ¡Despabila, joer, cagüen tó!
Reconocí en medio de mis sueños desfallecientes el inconfundible español macarra chapurreado por Karla, el superespía ruso de cuya presencia en Zenda me había informado Vladimir Putin en un SMS. Él le llama invariablemente Józef K., pero Karla fue siempre su nombre de guerra. Tuvo en tiempos del antiguo régimen soviético un rifirrafe bastante sonado con George Smiley, de los servicios secretos británicos. Creo que alguien ha contado en alguna parte esa historia, aunque con inexactitudes flagrantes. Después del final de la URSS, Karla se adaptó a regañadientes a los nuevos paradigmas de la globalización. En la Rusia actual es un profesional respetado y bien pagado, si bien se le considera ideológicamente poco fiable. Tiene mi misma edad, es decir que le ha llegado de largo la edad de la jubilación; pero sigue en activo. Yo también. Los dos, por excelentes razones. Él es el as de los espías; yo, el as de los chivos expiatorios. Nos valoramos y respetamos mutuamente.
Karla me cargó sobre sus hombros y me bajó por las escaleras hasta el patio de armas. Por el rabillo del ojo vi lenguas de fuego asomando por las ventanas del torreón de poniente. Me despabilé al instante.
– ¿Qué está pasando?
– L’han prendío fuego. Trun’ no soporta que siga dempié un sitio donde él ha estao prisionero.
– ¿Y yo? ¿Tenía que morir también en la hoguera, como Juana de Arco?
– Reglas de Washington – replicó Karla. – Liminación porfilática de testigos potenciales indeseables.
– No es nada personal – recordé en voz alta las palabras de Freddy.
– Sazto.
Me condujo a otra escalera que bajaba a los sótanos, evitando la puerta principal (“si quiés salir por hai, te yevas una ensalá tiros”). Recorrimos un largo pasillo subterráneo con mazmorras alineadas a ambos lados. Entramos en la del extremo, y Karla levantó una trampilla del suelo.
– Esto sale ar foso, a cuatro metros de profundidá. ¿Tendrás juerza pá subir a superficie tú solo?
– No – dije.
– Entonse aguanta la respirasión, quillo.
Me empujó al pozo y se tiró detrás. El agua me acabó de despabilar, y con muchos manoteos y algo de ayuda de Karla pude llegar a la superficie. Frente a la fachada del castillo en llamas se mantenía un grupo compacto de tropa, con las armas listas en prevengan. Nosotros salimos a tierra por la parte trasera, desenfilados de vistas. Karla me llevó a un bosquete en el que estaba oculto un Opel Corsa destartalado, de color gris sucio.
– Sube.
– ¿Dónde vas a llevarme, Karla? ¿A Moscú?
– ¿Moscú? Nasti de plasti, quillo. Yo soy un agente independiente, a ver qué. ¡Moscú! Mira el deo, cómo se m'ha puesto.
Y me enseñó el dedo corazón de la mano derecha, rígido.
Cuando amaneció, habíamos cruzado la frontera de Montenegro. La luz del sol naciente aparecía enturbiada por el resplandor rojizo del incendio de Zenda y la columna de humo y cenizas que se alzaba hasta el cielo desde allí.
* * *
Me despedí de Karla en el aeropuerto de Podgorica. Tuve en ese momento la esperanza utópica de encontrarme a salvo. No había ningún vuelo directo a Barcelona, solo uno de Lufthansa a Berlín, desde donde pensé que me sería factible volver a casa sin problemas. Pero cuando la policía del aeropuerto de Tegel vio mi documento de identidad, me apartó de la cola sin más explicaciones y me encerró en una habitación vacía.
Allí pasé más de cuarenta y ocho horas, sin que nadie se dignara darme ninguna explicación. Me dieron comida, eso sí, a sus horas, y también me pasaron la prensa del día, en alemán y en inglés. Leí en inglés, el segundo día, que un fuego originado accidentalmente en las dependencias del resort ubicado en algún lugar de la región del Adriático donde Donald Trump se relajaba jugando al golf después de su larga gira europea de buena voluntad, había exigido una evacuación de urgencia de todo el personal. Por fortuna el presidente estaba ileso y a salvo, pero dos personas de su séquito habían fallecido víctimas de la virulencia del fuego repentino. Eran Julius W. Sapt, coronel del staff del Alto Mando estratégico, y Frederick Tarlenheim, asesor comercial. Los cuerpos de ambos habían sido repatriados en un avión militar, para ser inhumados en Arlington, con honores.
Seguía meditando sobre la noticia cuando dos fornidos policías alemanes me sacaron de mi celda de aislamiento, me introdujeron sin explicaciones pero sin violencia en un automóvil, y me acompañaron hasta la puerta del despacho oficial de Ángela Merkel en la cancillería del Reich. Yo nunca había estado allí, pero había visto varias veces el lugar por videoconferencia.
– Así que aquí estamos, herr Gottráiguetz – me saludó Ángela con la efusividad de un témpano de hielo a la deriva por el Pacífico Sur.
– Aquí estamos, Ángela.
Frunció el entrecejo.
– Yo para usted no Ángela, yo Fräulein Merkel.
– Aquí estamos, Fräulein Merkel – respondí, sumiso.
– Mucho yo por usted preocupada estos días atrás. Preguntando insistentemente a Washington qué haber sucedido a herr Gottráiguetz en incendio del castillo de Zenda. Ellos me dicen Zenda no existe, castillo no existe, herr Gottráiguetz no existe tampoco. Solo fuego accidental en un club de golf. Ahora usted me explica lo sucedido desde su punto de vista.
Le conté sin arabescos lo sucedido. Narrar solo los hechos, sin ninguna interpretación, me llevó unos ocho minutos. Solo me callé la intervención de Karla; entre colegas es un deber ayudarnos recíprocamente. Añadí al final que mi no existencia era la mejor defensa del Departamento de Estado caso de que alguien pretendiera llevar adelante una conferencia de prensa sobre lo ocurrido, o una reclamación ante los tribunales. ¿Qué credibilidad podía tener una persona que nunca había estado en el lugar de los hechos, cuyo nombre no constaba en ningún documento oficial, que no era literalmente nadie? ¿Y qué testigos podía aportar?
Fräulein Merkel me miró pensativa.
– ¿Puede yo fiar entera y absolutamente de versión suya de los hechos?
– Puede.
– ¿Cómo explica que primos de América han querido deshacerse de usted, un agente reclutado por la República Federal Alemana y sometido a nuestra autoridad independiente?
– Reglas de Washington – respondí –. Desactivar a testigos potencialmente comprometedores. No es nada personal.
– Entonces, ¿las muertes de Sapt y Tarlenheim? – preguntó la cancillera.
– Eran también testigos. Amistosos en principio, pero en política las alianzas son mudables. Y si el chivo expiatorio principal se vuelve ilocalizable y queda fuera de control, por fuerza otro debe ocupar su lugar. Reglas de Washington.
– Yo comprende – suspiró Fräulein Merkel rompiendo un largo silencio –. Lamentablemente todo concuerda. Su historia se sostiene, herr Gottráiguetz.
– ¿Qué es lo que concuerda, cancillera? ¿Qué es lo que se sostiene? No entiendo su observación.
Otro suspiro de Ángela, más profundo, reveló una fuerte carga de estrés acumulado.
– Yo lleva dos días oponiendo veto formal de Unión Europea, de Bundesbank y mío personal a una operación que Departamento de Estado tiene empeño ser necesaria. Ellos quieren eliminar aún otro testigo peligroso.
– ¿Quién?
No se me ocurría a bote pronto de qué otra persona podía tratarse.
– Herr Papa.
– ¡No es posible! – exclamé, casi sin querer.
– Lo mismo dicho yo, y me insisten ya se ha hecho antes.

FIN

 

(*) Puede leerse la historia completa en este blog a partir del post del 4 de agosto, “Cabello de Ángela”. Los siguientes capítulos son, por este orden, “Hablando de Dios, aproximadamente”, “Una proposición deshonesta”, “Rumbo a Zenda” y “Técnica del contragolpe de Estado”.

 

martes, 8 de agosto de 2017

TÉCNICA DEL CONTRAGOLPE DE ESTADO


El otro prisionero de Zenda, capítulo 5 (*)
Como todo el mundo pudo saber gracias a Google Earth hasta que la información ha sido bruscamente borrada de la red en fecha reciente, una calzada-puente de unos 60 metros de largo era la única vía que permitía el acceso al castillo de Zenda, cuya fachada principal se abría a un lago rodeado de bosques. La calzada, bien asfaltada, unía la aldea de Zenda con el castillo, y como queda dicho, su último tramo cruzaba el lago y terminaba delante del severo portal dieciochesco de la fachada principal del edificio. El ultimísimo tramo del puente, de una longitud de unos 4,5 metros, era levadizo. Cuando el coronel Sapt lo observó con sus prismáticos desde la orilla boscosa en la que había disimulado a nuestro aguerrido pelotón de asalto, el puente estaba levantado, y el castillo, por consiguiente, incomunicado.
– Podemos hundir el rastrillo a cañonazos y acceder a la puerta por medio de pontones – observó Sapt entre dientes.
– No tenemos cañones, no hemos traído pontoneros, y un ataque frontal pondrá seguramente en peligro la vida del presidente – objetó Freddy. Sapt lo miró de arriba abajo.
– Enseñas a tu abuela a freír huevos, novato. Me he limitado a enunciar la teoría. Y la teoría dice que, en caso de imposibilidad de un asalto frontal, lo indicado es el desborde con un movimiento imaginativo de flanco.
La parte trasera del castillo, en tiempos unida a tierra firme, había sido aislada en algún momento del siglo XIX mediante la excavación de un foso de tres metros de ancho y seis de profundidad, rellenado con las aguas del mismo lago. La planta baja de esta parte del edificio albergaba las cocinas. Las mazmorras quedaban debajo. La cena para los moradores del castillo y el prisionero albergado en él con carácter excepcional debía haber sido servida temprano, porque todas las luces de aquella sección del edificio monumental estaban apagadas. Dos ventanas de tamaño mediano, sin embargo, habían permanecido abiertas; podían corresponder a unos aseos, o un guardarropa. Sapt las señaló.
– Ahí está la llave que nos permitirá rendir la fortaleza. Un hombre puede cruzar el foso a nado, entrar en el castillo por una de esas ventanas, maniobrar desde dentro para bajar el puente levadizo, y facilitar así nuestra irrupción.
– ¿Por qué un hombre, y no dos, o tres, o más? – pregunté yo, ávido siempre de clarificar las ideas.
– Un hombre solo puede disimular su presencia, en la oscuridad. Cuanto más numeroso sea el grupo, eso será cada vez más difícil.
– Usted, Rodríguez, puede hacerlo – intervino Freddy.
Yo era el menos indicado, el menos entrenado, el menos aguerrido. Aparte de que por aquellas ventanas abiertas podía haberse colado en Zenda la Sexta Flota al completo. Pero Sapt y Tarlenheim insistieron.
– A nosotros nos conocen. Usted puede pasar por uno más de la servidumbre.
Desde luego yo no iba ya vestido ni maquillado como Donald Trump. Había recuperado mi propia fisonomía. La posibilidad de rondar por ahí dentro inadvertido tenía algún viso de resultar razonable. Pero ¿no íbamos a armar una operación de asalto? ¿Qué fin podía tener pasar inadvertidos?
Discutir no sirvió de nada. Tengo poca madera de héroe pero sí mucha fibra de estoico, de manera que me puse entre los dientes la bolsa impermeable que me pasó Freddy, en cuyo interior iba un arma automática capaz de vomitar veinticuatro proyectiles por segundo; crucé el foso a nado en cuatro brazadas, y me acurruqué detrás de una roca que sobresalía en la base del castillo. Allí, esperé a que se me secaran las ropas. Más o menos una hora más tarde, cuando casi todas las luces de los pisos altos del castillo se habían apagado ya, una señal luminosa desde las sombras del bosque me indicó que era el momento de entrar. Me encaramé a la ventana del guardarropa y enseguida estuve dentro. Repasé para mí mismo las instrucciones de Sapt: a) yo tenía el factor sorpresa de mi lado; b) una vez dentro debía eludir la vigilancia y buscar el habitáculo desde el que se accionaban los mecanismos del puente levadizo y del rastrillo; c) ese lugar estaría probablemente situado en algún punto de la barbacana, encima del patio de armas, con buena visibilidad hacia el exterior y el interior. “Hay un noventa por ciento de posibilidades de que usted lo consiga, Rodríguez, quizá más, crea en mi larga experiencia.”
Avancé por pasillos desiertos en penumbra, y al salir al patio de armas me camuflé detrás de uno de los grandes pilares que sostenían las arcadas. Desenfundé allí el subfusil automático, y comprobé el cargador al resguardo del pilar detrás del cual me había disimulado.
No había cargador. Freddy me había pasado un arma sin munición. Paradójicamente, me sentí desde ese momento más tranquilo. Había alcanzado la certeza absoluta de que, tal como me temía desde hacía días, yo no era el héroe improbable de aquella aventura, sino el chivo expiatorio previa y debidamente señalado.
El patio de armas estaba vacío y silencioso. No había patrullas, ni centinelas, ni movimiento de ninguna clase. Subí por una larga escalera de piedra hasta la barbacana. Encontré sin dificultad el puesto de mando del mecanismo del puente. El soldado de guardia allí estaba enfrascado en la visión de unos vídeos porno en su tableta.
– Baja el puente levadizo ahora mismo – le amenacé con el arma descargada –. Cuidadito con dar la alarma ni hacer ningún movimiento extraño.
– Vale, vale, ya va, tranquilo – me contestó el hombre, cachazudo.
El puente levadizo descendió. El patio de armas se llenó al instante de gente, mientras por la calzada avanzaba a paso de desfile nuestro pelotón asaltante. Cuando los dos grupos convergieron en el centro del patio, los jefes se saludaron militarmente, se estrecharon las manos y el personal formó en dos pelotones colocados uno frente al otro. Irrumpió en ese momento una limusina de carrocería plateada, que se detuvo justo en medio de ambos pelotones. Vi bajar a Trump pausadamente la escalinata desde el piso noble, y entrar en la limusina, mientras los hombres de uno y otro lado le presentaban armas. De alguna parte surgieron las notas del himno de las barras y estrellas. Desde mi posición de observador, Trump me pareció en aquellos momentos críticos un hombre presa de una cólera mal reprimida.
Fred Tarlenheim subió sin prisas la escalera de piedra y entró en el habitáculo donde estábamos el guardián del puente y yo.
– No hace falta que me expliques nada – le advertí.
– Llegamos por fin a un acuerdo de último minuto con Hillary – se disculpó Freddy. Y siguió desparramando las disculpas que nadie le había pedido –: Escuche, Rodríguez, no nos guarde rencor por esto, no hay nada personal contra usted, se lo garantizo.
En ese momento preciso el otro hombre, que se había colocado a mi espalda, me golpeó junto a la oreja. Debió de ser un golpe de profesional de las artes marciales, dado con el canto de la mano, enormemente efectivo. Lo vi todo negro y supongo que caí al suelo desvanecido.
(*) El lector encontrará los primeros capítulos de la historia en el post del 4 de agosto, “Cabello de Ángela”, y los días siguientes: “Hablando de Dios, aproximadamente”, “Una proposición deshonesta” y “Rumbo a Zenda”.

domingo, 6 de agosto de 2017

RUMBO A ZENDA


El otro prisionero de Zenda, capítulo 4 (*)
Oír silbar las balas en los oídos no predispone a un humor juguetón, y la situación en la que nos encontrábamos era de lo más desairada. Conté toda la conversación con Hillary a mis amigos e insistí en que, a menos que ella me hubiese mentido, Trump había sido llevado, o estaba siendo llevado en esos momentos, a un lugar idílico entre montañas y a orillas de un lago. No era mucho, pero por ahí había que empezar a investigar.
– Bueno, no es en el Sahara, podía haber sido peor – ironizó Sapt, de un humor tétrico. Freddy fue a avisar a Recepción del hotel de que los tiros se habían debido a un ejercicio deportivo del señor Trump, y que se pagarían generosamente los desperfectos. Luego se enredó en una larguísima charla, smartphone mediante, con sus superiores en Langley.
Mi propio móvil dio señales de vida en ese momento. Estaba entrando un largo SMS. Era de Putin. Leí:
“Vladimir saluda a su gran amigo Paco Rodríguez. Paz y fraternidad entre los pueblos. El vergonzoso atentado de la corrupta clique financiero-militar estadounidense contra un gran estadista amigo de la distensión en el mundo, acabará sumido en el fracaso estrepitoso que merece. Mis servicios me alertan de que Donald Trump, a pesar de la conmoción sufrida, está vivo y con buena salud. Ha sido llevado del hotel a una base aérea de la OTAN, y conducido desde allí en helicóptero militar hasta Ruritania, pequeño país balcánico que ha recuperado su independencia en fecha reciente, solo para caer en las garras del imperialismo de Wall Street. Imágenes muy precisas emitidas por satélite indican que un automóvil blindado, de color negro, con lunas oscurecidas, ha trasladado al señor Trump desde el aeropuerto de Strelsau hasta el puente levadizo del castillo de Zenda, a orillas del lago de Zenda. Envío a ese lugar de inmediato a mi mejor agente, con el fin de coadyuvar a la liberación del prisionero. Usted, Paco Rodríguez, conoce ya a Józef K. Él se encargará de activar el contacto si el curso de los acontecimientos lo aconseja. Quebraremos juntos en fraternidad indestructible las gruesas cadenas del imperialismo yanqui asesino. Salud y amistad eterna.”
– Está en el castillo de Zenda – dije escuetamente a Sapt y Freddy. Mi sexto sentido me llevó a callar por el momento los demás pormenores del mensaje.
– ¿Por qué Zenda? ­– se preguntó Sapt.
Freddy aventuró una explicación de orden estratégico-psicológico.
– Bueno, cuando se emprende una acción subversiva, todo el orden previo constituido queda subvertido también, de modo que es normal que se elija un escondite que empiece por la última letra del abecedario.
– Ah – fue el escueto comentario de Sapt y mío.
Mientras tanto, mi entrevista con el papa Francisco había generado una conmoción de características mundiales. Dimos por terminada la gira de buena voluntad, pero en los cinco días siguientes protagonicé un total de quince ruedas de prensa en quince ciudades distintas, en las que expuse en líneas generales la intensa impresión que me había producido la refinada espiritualidad de un hombre sencillo como el papa Francisco. Reconocí haber bebido un martini con tónica durante la entrevista, aunque apunté que habría preferido una cocacola; y definí Italia como un país pequeño y lleno de ruinas, pero que en otros aspectos no estaba tan mal. Cuando me preguntaron por el porvenir de la Unión Europea, puse cara inocente y pregunté a mi vez: “¿Porvenir? ¿Qué es eso?” Mi salida de tono fue muy celebrada por los valedores del Brexit, pero le sentó fatal a Merkel. Me mandó un mensaje encriptado y redactado en su peculiar español: “Situación delicadísima usted no empeore chistes sin gracia. Urgente actúe.” Recibí, en la cuenta de Trump desde luego, otros mensajes de destacados jefes de Estado y de gobierno, en aquellos días.
Theresa May: “Dales en las pelotas, Donald, machácalos.”
Emmanuel Macron: “Sueño europeo más grande, más vívido, más actual hoy, usted Donald no debe ignorar un horizonte radiante.”
Mariano Rajoy: “Sé fuerte, Donald.”
Me habrían divertido más aquellas interminables ruedas de preguntas de no haber sido por el temor de que cualquiera de los periodistas presentes me señalara con el dedo y me acusara de no ser Trump. Pero nadie lo hizo. Todos los corresponsales fueron de la opinión unánime, sin embargo, de que se me notaba muy cambiado después de mi larga charla espiritual con el papa Francisco.
Un mensaje de Hillary Clinton a Fred Tarlenheim vino de pronto a poner las cosas en su punto crítico exacto. «La impostura no debe alargarse más. El falso Trump declarará públicamente en un plazo de 48 horas su intención irrevocable de dimitir. Estamos abiertos a negociar las formas y las condiciones, no el fondo de la cuestión. El prisionero goza de buena salud; si todos obramos con sensatez esta historia acabará felizmente tanto para él como para el país. La pelota está en vuestro campo.» Indicaba a continuación una web segura para parlamentar.
Tuvimos una reunión seria los tres, y Freddy, el hombre de la CIA, resumió así las cosas:
– Nuestra única ventaja es que sabemos dónde está él, y ellos no saben que nosotros lo sabemos. La web segura es una patraña. Negociando no adelantaremos nada, no es momento para una guerra de posiciones. Nuestra única alternativa válida es asaltar frontalmente el castillo de Zenda.
– Adelante – se limitó a decir Sapt, hombre siempre de pocas palabras.
Emitimos un comunicado en el sentido de que Donald Trump necesitaba un lapso de descanso y reflexión, con vistas a adoptar una decisión personal grave de mucho calado, y que se disponía a llevar a cabo un retiro espiritual en un campo de golf. Se suspendieron todos los actos previstos para los dos días siguientes, y pusimos rumbo a Zenda respaldados por un pequeño grupo de especialistas. Bueno, especialistas… Me refiero a esos seres de pesadilla a los que los británicos llaman War Dogs.