sábado, 25 de marzo de 2017

NO ME DIGAS "CIERRA LA PUTA BOCA" NUNCA MÁS


Podría ser el título de un libro de autoayuda sobre las relaciones de pareja. De hecho, se publicó uno (de Montserrat Roig) titulado “Di que me quieres aunque sea mentira” (Digues que m’estimes encara que sigui mentida), si bien no era de autoayuda y tampoco trataba de las relaciones de pareja. Los ejemplos más tópicos de frases efectistas en este terreno son la de Love Story, «Amar es no tener que decir nunca ‘lo siento’», o la otra no menos sobada de Saint-Exupéry, «Amar no es mirarse uno al otro, sino mirar los dos en la misma dirección.»
Encuentro que hay más amor, más paciencia, más firmeza, más compromiso, en la frase de cabecera, por más que no se trata exactamente de una frase de amor. La dijo su entrenador a la tenista hispano-venezolana Garbiñe Muguruza. Las cosas estaban yendo mal sobre la pista. La estadounidense McHale había ganado la primera manga 0-6, y Garbiñe solo pudo empatar la segunda en la muerte súbita, después de levantar varias bolas de partido. En la tercera manga los nervios de las dos jugadoras estaban disparados, y los errores se amontonaban sobre las pifias. “Dime algo que no sepa”, comentó agria Garbiñe cuando vio que el coach se acercaba a su silla entre punto y punto. Milagro, el entrenador consiguió encontrar las palabras justas para calmar a su pupila. La tercera manga finalizó 6-4, y Garbiñe pasó a la ronda siguiente. Es el flash perfecto sobre cómo debe comportarse un entrenador con experiencia en momentos críticos.
La frase es válida también en otros escenarios. Está al alcance tanto del varón como de la mujer, no hay ninguna predeterminación en un sentido o en otro. Y tanto puede ser utilizada por un entrenador/ra, un compañero/ra, un amigo/ga del alma. Tiene la dosis justa de sensatez, de firmeza, de racionalidad tranquila. Implica que se ha llegado a un límite peligroso en la relación interpersonal, a una línea roja; pero también implica que no se desea que el deterioro vaya más allá.
Amar es también tener que decir muchas veces ‘lo siento’. Amar es dejar alguna vez de mirar ambos en la misma dirección, porque nunca está de más darse también un repaso puntual, despacio, el uno al otro. Y sin duda la formulación de la exigencia de no volver a oír nunca más un destemplado ‘cierra la puta boca’, expresada en voz lo bastante alta y firme para que te oigan los periodistas sentados en la primera fila al borde de la pista, es también un acto inequívoco de amor. Amor clasificable en alguno de los miles de casilleros de que dispone ese sentimiento. Una de las frases heroicas de Gabo García Márquez, una de las que nunca salen en los powerpoints que te mandan amigos sentimentales entre música de violines e imágenes de prados en primavera, es: «El corazón tiene más cuartos que una casa de putas.»
 

viernes, 24 de marzo de 2017

RENTA BÁSICA UNIVERSAL, PALANCA O MULETA


El punto importante en discusión es si la renta básica universal puede servir de instrumento válido para reducir la desigualdad, o bien como un tratamiento paliativo de una desigualdad que se reconoce de forma tácita que no es erradicable; que, como se suele decir, “está aquí para quedarse”. En este segundo caso, la renta definida como “de ciudadanía” no lo es, sino más bien una compensación graciosa que se abona a un sector variable de ciudadanos demediados, siempre que acrediten de forma fehaciente en la ventanilla donde corresponda su minusvalía cívica .
No solo el concepto de RBU, sino todo su entorno teórico y práctico, es diferente de un caso al otro: varían el sentido y los objetivos de la actividad económica, cambia el valor intrínseco que se da al trabajo asalariado y heterodirigido. Incluso se desliza de un sentido inclusivo a otro excluyente ese término proteico y ambiguo, utilizado a menudo a beneficio de inventario tanto para un roto como para un descosido, que es la idea de la ciudadanía.
Palanca o muleta: dos formas opuestas de considerar la renta básica universal. Palanca para mover en una dirección distinta las relaciones de producción y las formas de conjugar eficazmente lo público y lo privado. O bien, muleta para disimular en la medida de lo posible la cojera demasiado patente de un modelo de desarrollo que, a pesar de todo, se sigue considerando como único paradigma viable.
No acierta, a mi entender, Guy Standing al entender el “precariado” como una nueva clase social, emergente frente a unas clases trabajadoras “tradicionales” prósperas, caracterizadas por el acceso creciente a la propiedad, a la cultura y a la patrimonialización del ahorro. Desde que publicó su libro en 2011, hemos visto la debacle progresiva del trabajo asalariado, la proliferación de contratos eventuales de un recorrido cada vez más corto, el recurso generalizado a los minijobs, las condiciones leoninas de “conciliación” de vida y trabajo, el descenso indiscriminado de las retribuciones, la pérdida generalizada de autonomía en las decisiones de los trabajadores por cuenta ajena, la proletarización de los técnicos, la precariedad extendida en mancha de aceite como acompañante inseparable de todas las formas de relación laboral por cuenta ajena.
La precarización universal es un proceso en curso, todavía reversible si se adopta otro tipo de políticas. La renta básica universal puede ser un instrumento para hacer avanzar ese otro tipo de políticas; una red para detener la caída de sectores cada vez más amplios de trabajadores más o menos descualificados, más o menos prescindibles, en el abismo de la marginación. De ningún modo puede entenderse que sea, sin más, una solución en sí misma, un recurso utilizado para seguir tirando del carro por el mismo camino, en la misma dirección.
 

jueves, 23 de marzo de 2017

EUROPA, EUROPA


Estoy rabiosamente a favor de la tribuna/manifiesto “Relanzar la Unión Europea”, que firman en elpais Nicolás Sartorius, Emilio Lamo de Espinosa, Emilio Cassinello y Jorge Bacaria (1). Rabiosamente a favor, en el fondo. En la forma, encuentro que los firmantes deberían haberse esmerado un poco más. La lectura del documento produce un cansancio infinito. El primer párrafo arranca con «Hace sesenta años que se firmó el Tratado de Roma». El segundo: «Hoy observamos, con creciente inquietud» El tercero: «Ante esta situación, cuyos retos vamos a tener que afrontar.» Y el cuarto y conclusivo: «Por esta razón, estamos convencidos.» Por en medio, algunos clisés infaltables: «populismos de uno u otro signo, nacionalismos de nueva y vieja factura», «empeño que, de consumarse, nos introduciría en una senda de peligrosas incertidumbres y de creciente impotencia», «un camino equivocado que conduciría a un mayor estancamiento de consecuencias no deseables», «viejos y nuevos egoísmos y cegueras.»  
Los populismos son siempre, en esta clase de literatura, “de uno u otro signo”; la inquietud, “creciente”; las incertidumbres, “peligrosas”. Nada hay de malo en ello, de hecho se describe una realidad reconocible, pero es como recibir una carta de amor y encontrar en el encabezamiento aquello de «Me alegraré que al recibo de la presente te halles bien de salud, como sinceramente te deseo.»
No quiero ser tiquismiquis. Me sumo a la convicción de los firmantes de que necesitamos más Europa, y no menos; de que se precisa una unión no solo económica sino además política, y más aún que solo política: consciente de las interdependencias que se entrecruzan en un mundo mal diseñado, solidaria hacia dentro y hacia fuera. Podría hablarse también en el documento de la lucha contra los abusos de los grandes monopolios, de la necesidad de más igualdad, de profundización en los mecanismos democráticos que garantizan la participación de todos. Nada de todo ello es absolutamente imprescindible, sin embargo.
Las palabras, en último término, no importan tanto como la urgencia del llamamiento. La retórica no añade nada a la sensación angustiosa de que "nuestra" Europa amenaza ruina, de que se nos podría desmoronar, de forma quizás irreversible, delante mismo de nuestros ojos. ¡Europa, Europa! ¡Ahí! ¡Tranquila! ¡Resiste, que ya llegamos!
  


 

miércoles, 22 de marzo de 2017

BACANALES DE LA VIDA


Las palabras con las que Jeroen Dijsselbloem (Jerón Diselblón) expresó su idea de la solidaridad al periodista de la Frankfurter Allgemeine Zeitung que le entrevistaba, son en sí mismas irreprochables: «Uno no puede pedir ayuda después de gastárselo todo en alcohol y mujeres.» No pretendía decir el jefe del Eurogrupo que no sea posible físicamente; sino más bien que, de ser conocida la circunstancia, a quien así actúe le resultará difícil recabar solidaridad ajena.
Desde ese punto de vista, y en abstracto, el razonamiento es de cajón. Ciertamente está mal estirar más el brazo que la manga en gastos relacionados con el alcohol y las mujeres; también, por supuesto, en otras mamandurrias tales como jamón pata negra, percebes, perfumes de Givenchy, trajes de Armani, Masseratis. No es ese el punto, sin embargo. El punto, en el caso de Diselblón, fue la inoportunidad con la que colocó su pequeña moraleja calvinista en una conversación en la que se le preguntaba por las dificultades de los países europeos del sur para hacer frente a sus déficits públicos.
Convengamos todos en que se trató nada más de un resbalón, por más que don Luis de Guindos reclame una muestra de arrepentimiento que no acaba de llegar. Especialmente inoportuno, de otro lado, es el hecho de que la presidencia del Eurogrupo, que le toca desempeñar a Jerón a lo largo de todo este año, está en estos momentos en globo. El partido socialdemócrata solo ha conseguido nueve escaños en el parlamento holandés, menos que la CUP en una cámara más pequeña como es la catalana; y es muy difícil que el liberal Mark Rutte, que previsiblemente repetirá como primer ministro, quiera mantenerlo en su gabinete.
Mientras, el primer ministro portugués ha pedido que ese hombre “desaparezca”, y en una foto tomada en Bruselas se ve al ministro griego de Finanzas conteniéndose para no darle un guantazo mientras Diselblón intenta explicarle alguna cosa.
La situación de este hombre resulta crítica. Si pierde de una tacada el ministerio holandés de Finanzas y la presidencia del Eurogrupo, habrá de volverse seguramente a su localidad natal de Wageningen (35.000 habitantes), donde residen su compañera y sus dos hijos, chico y chica. Tal vez impartirá en la Universidad local clases de economía agrícola, la carrera que cursó de joven allí mismo. No es probable que una persona tan íntegra, con esa valentía para hacer reproches públicos a la laxitud de gobiernos incapaces de refrenar sus apetitos desorbitados de alcohol y mujeres, y que se ha negado luego a pedir perdón, emprenda como cualquier mindundi el camino fácil de las puertas giratorias.
No más alcohol y mujeres para Diselblón. Austeridad. Cálculo minucioso día a día del debe y el haber en el libro familiar de cuentas. Fortaleza de ánimo. Parsimonia. Será uno más de tantos hombres que, como los describió Antonio Machado, guardan el secreto de sus «rostros pálidos, / porque en las bacanales de la vida / vacías nuestras copas conservamos / mientras con eco de cristal y espuma / ríen los zumos de la vid dorados.»
 

martes, 21 de marzo de 2017

EL CORTO PLAZO EN LA POLÍTICA


Estamos todos aproximadamente de acuerdo en que las coordenadas del mundo, tal como nos habíamos acostumbrado a conocerlo y a evaluarlo, han cambiado sustancialmente. Los puntos cardinales que nos servían de referencia ya no señalan ningún territorio, o lo indican de forma condicionada y ambigua. Todo obedece a un cambio copernicano en la perspectiva económica. La idea de que el egoísmo individual de los actores que concurren al mercado global de bienes y servicios es, por paradoja, la mejor garantía de la máxima satisfacción de todas las partes intervinientes, ha tenido en las modernas sociedades postindustriales el efecto balsámico de la tópica luz al final del túnel. Basta, desde la introducción de tan salvífica idea, con que cada cual se aferre a sus propios intereses privados, y todo lo demás le será dado por añadidura. Esa, al menos, es la doctrina oficial.
La política se está mostrando incapaz de corregir el rumbo emprendido por la economía. Muy al contrario, se observa un mimetismo acusado en la forma de abordar los problemas políticos, respecto de los económicos. El Estado ha renunciado de buen grado a una gran parte de su antigua soberanía, y los partidos políticos, para no ser menos, renuncian a la defensa y representación en las instituciones de sectores específicos de la sociedad, y buscan en cambio una transversalidad uniformizadora. Se entiende de algún modo que ya no hay clases sociales, ni en consecuencia intereses contrapuestos en el seno de la sociedad. Es el mercado con sus leyes inmutables quien premia a los más diligentes y penaliza a quienes han hecho un movimiento erróneo. La igualdad es una mera suposición teórica en relación con las posiciones de partida de una inmensa clase media que nos abarca a todos; la desigualdad sobrevenida en el proceso, la mera consecuencia de los méritos y los deméritos relativos de los participantes. Esta forma de ver las cosas genera un gran inmovilismo y una feroz resistencia al cambio.
Se reconocen, desde luego, algunas desigualdades de partida, aunque no en la clase. El género significa una brecha social consistente y un fuerte agravio comparativo. Algunos lo niegan; un eurodiputado polaco sostiene que toda la explicación está en el hecho de que las mujeres tienen una capacidad intelectual menor que los varones. No obstante, su postura es desmentida por los hechos de cada día; no hace falta recurrir a Madame Curie. Y si hay mujeres capaces de desempeñar el mismo trabajo que compañeros varones con el mismo grado de competencia, es injustificable desde una perspectiva racional que el salario sea en cambio consistentemente desigual entre unos y otras.
Pero esa desigualdad es asimismo transversal, ajena a la clase. Todos los partidos se posicionan en contra de la desigualdad de género (no todos luchan con el mismo ardor por corregirla, sin embargo). Algo parecido ocurre con los marginados de nuestras sociedades de amplias clases medias: los inmigrados, los nuevos parias. La ciudadanía, una categoría en principio inclusiva, se convierte en su caso en argumento excluyente. Los no ciudadanos no pueden tener los mismos derechos que quienes sí lo son. La operación masiva emprendida por Trump en su país es paradigmática, pero nuestras autoridades también han sido Trump, en una escala menor, en muchas ocasiones.
Más inquietante es la deriva creciente del cortoplacismo desde la perspectiva económica hacia la política. Si en aquella la tendencia general es la de la inmediatez del proceso estímulo/respuesta (para el caso, inversión/retribución), en política cobran cada vez más importancia las ventanas de oportunidad, los aprovechamientos electorales (electoralistas) de movimientos de humor generalizados. Los programas de medidas de gobierno tienden a adelgazarse, en tanto que se multiplican los motivos puntuales de confrontación en la campaña, las prioridades de usar y tirar. Del mismo modo que tenemos una economía “de casino”, también la política frecuenta la mesa de juego y allí se reparten cartas, se hacen apuestas, el ganador se lleva el bote y se vuelve a barajar.
Sería necesario detener esta carrera hacia la relevancia política de lo efímero: programas, políticas, prioridades, líderes incluso, efímeros. El electorado se convierte en espectador de un torneo de tenis disputado sin dar respiro: ahora la pelota está en un campo, ahora en el otro. Los intereses sustanciales de las personas concretas, su trabajo, su ocio, su bienestar, lo que antes eran los objetivos centrales y permanentes de la política, se emborronan y se difuminan percibidos a la actual vertiginosa velocidad de crucero.
Pero no hay ningún punto de llegada, ninguna dirección. Tanto traqueteo se agota en sí mismo.
 

lunes, 20 de marzo de 2017

DEMOCRACIA TELEMÁTICA


La escaramuza política montada por Albano Dante Fachin, en nombre de Podem Catalunya, resulta difícilmente comprensible. Ha sometido a su militancia a una consulta para determinar si el partido se sumaba o no a la confluencia de diversos grupos de izquierda en una nueva fuerza, encabezada por Ada Colau y Xavi Doménech, capaz, si se tienen en cuenta las performances de sus partes componentes en las últimas contiendas electorales tanto a nivel municipal como autonómico y general, de situarse en un primer plano destacado en la vida política catalana. Fachin, sin embargo, es partidario de no integrarse, a la vista de que no se atienden tres demandas para él fundamentales. Son ellas la participación electoral por vía telemática, las listas abiertas y proporcionales para conformar la ejecutiva, y la adopción de partida de un código ético cerrado.
No parecen en principio líneas rojas muy significativas. La convivencia de la democracia con la telemática es muy reciente; en efecto, la segunda data de hace cuatro días mal contados, y la primera tiene ya veinticinco siglos de vigencia, si contamos desde la Atenas de Pericles. Resulta aventurado, entonces, considerar la participación telemática como condición sine qua non para la existencia de democracia interna. La cuenta de la vieja puede servir igualmente para contar votos, y no parece estar más desprovista de garantías por su condición rudimentaria desde el punto de vista tecnológico.
Tampoco el hecho de cerrar antes o después un código ético, si este es razonable y consensuado, se sitúa más allá de lo puramente instrumental. En cuanto a la propuesta de listas abiertas proporcionales para la ejecutiva, es un disparate sustentado en una concepción exageradamente individualista de la actividad política. Una ejecutiva, en cuanto que equipo de gobierno, contiene en su seno tareas diferenciadas que exigen habilidades y saberes distintos. Entonces, dejar al voto popular la composición de toda la ejecutiva viene a ser como decidir de ese modo la alineación de un equipo de fútbol para la próxima jornada. Podrían salir siete delanteros y ningún defensa central. Lo sensato es votar el equipo en bloque, tal como ha sido propuesto por los candidatos a la dirección, o simplemente votar al líder, y dejar que sea él, consagrado como el mejor o el más idóneo, quien designe a su propio equipo.
Para lo que sí sirven las listas abiertas en votaciones de este tipo es para favorecer los votos concertados de castigo sobre uno o varios nombres determinados. La idea tampoco es nueva. Cuenta Plutarco de Arístides que, cuando se dirigía a la asamblea anual que votaba el “ostracismo” (el destierro) para uno de los políticos en activo, un campesino le pidió ayuda porque no sabía escribir. Tomó Arístides la tablilla y preguntó qué nombre debía poner. “Arístides”, dijo el otro. “¿Cómo es eso? ¿Te ha hecho algún mal?” “Ninguno, ni siquiera lo conozco, pero estoy harto de oír decir a todos que es el más virtuoso de los atenienses.” Arístides rellenó la tablilla con un suspiro, fue votado mayoritariamente en la asamblea, y marchó disciplinadamente al destierro.
Fachin pedía el voto a 52.000 inscritos, y los que realmente han votado, a lo largo de los tres días prescritos, han sido 3.901. El 7,5%. Hay varias maneras de interpretar un porcentaje tan reducido. Fachin está contento porque estima que, a pesar de la baja participación, se ha dado una lección de democracia. Otra posible explicación, sin embargo, valoraría la abstención como un voto severo de castigo al convocante.
Es lo que tiene de peculiar la abstención, que ningún instrumento telemático puede descifrar de forma rigurosa su auténtico sentido. En cualquier caso la circunstancia importará poco, porque la nueva fuerza del “País en Comú” no se aglutina a partir de cuotas cerradas de partidos. Así pues, los 52.000 inscritos de Podem podrán apuntarse, sin ninguna traba de disciplina interna, a aquello que tenían ya decidido antes de votar o de abstenerse.
 

domingo, 19 de marzo de 2017

MISAS TELEVISADAS


No soy un fan de las misas televisadas. Si he de decir toda la verdad, tampoco de las otras. Ocurre en las misas que ya está todo dicho desde el principio, y al oyente apenas se le deja otro recurso que murmurar “Amén” de cuando en cuando. Oír misa no resulta emocionante ni glamuroso ni siquiera en la parroquia, imagínense delante del televisor.
La misa de la 2 ha sido un recurso socorrido de las residencias de ancianos para tenerlos a todos reunidos y en estado de revista durante las horas matinales dominicales, a la espera de que lleguen los parientes con las flores, que no se pueden poner en el dormitorio, o con los bombones o los pastelitos de crema, prohibidos para las/los residentes por el colesterol alto, de modo que se los comen las cuidadoras. Las actividades del domingo se vienen a repartir de forma más o menos equitativa entre la misa para los pacientes, y las gollerías para el personal médico.
Así ha sido hasta que Podemos ha pedido la supresión de misas televisadas por una cadena pública costeada por el contribuyente. La petición tiene su fundamento: los obispos ya reciben su porción del IRPF y disponen de abundantes frecuencias propias para evangelizar a los incrédulos e impartir bienes espirituales a manos llenas. Que luego lo hagan, o no, es otra cuestión. En la 2, a esa hora de los domingos, se podría amenizar la programación con conciertos de bandas de música autonómicas (por riguroso turno alfabético) o con documentales científicos, que tienen prácticamente la misma audiencia que la misa, y que los residentes, que aman Pasapalabra y Sálvame de Luxe, acogerían con la misma olímpica displicencia, mientras tratan de adivinar si hoy les traerán bartolillos o bombones de licor, aunque no pueden probar ninguna de las dos cosas.
Sin embargo, son muchos los que han juzgado inadmisible e intolerable la propuesta podemita, y las misas televisadas han subido de pronto a un rating del 21%, nivel hasta ahora solo asequible para Belén Esteban y para el fútbol en diferido. El trastorno sufrido por la parrilla ha generado daños colaterales: se ha mantenido la misa, pero en cambio ha desaparecido el programa de María Teresa y Terelu Campos, que alimentaba con eficacia las apetencias de comprensión y empatía de la audiencia de más edad.
Quizás la permanencia de la misa de la 2 aporte alguna utilidad social como vehículo de contestación religiosa. Me refiero a lo que practica Bittori en Patria, de Fernando Aramburu (Tusquets 2016), una novela que todos deberíamos leer para no hacernos demasiadas ilusiones sobre nosotros mismos.
Bittori dejó de creer en Dios cuando un pistolero de ETA hizo pum a su marido, el Txato, en la calle, a dos pasos de su casa, en un pueblo de Guipúzcoa. El Txato no había pagado el impuesto revolucionario, pero no por mala voluntad, es que no le daba el negocio de sí, buscaba contactos discretos con la Dirección para poder explicarse, pedir una moratoria, un respiro. Primero aparecieron las pintadas, y muy deprisa, antes de que pudiera reaccionar, argumentar de alguna manera, llegó el pum. Bittori hubo de dejar el pueblo porque todos los vecinos le hacían el vacío, ninguno se atrevía a hablarle no fuera que alguien les estuviera observando y tomara nota. En San Sebastián, Bittori no tenía nada en qué ocuparse. Por eso a veces iba a misa, aunque ya no creía, y se sentaba en una de las últimas filas, sola. Y cuando el oficiante decía “El Señor está con vosotros”, ella replicaba en voz baja “No”. “Oremos.” “No.” “La paz sea con vosotros.” “No.”
Es algo que podría hacerse con más comodidad en las misas televisadas.
 

sábado, 18 de marzo de 2017

EUROPE FIRST


Han empezado en Roma los actos de celebración de los 60 años del Tratado que dio origen a la Unión Europea. La presidenta del Parlamento italiano, Laura Boldrini, se dirigió a representantes de todos los parlamentos europeos con un discurso ambicioso, en el que repitió varias veces la consigna “Europa primero” (Europe First), como réplica al America First de Donald Trump. Apuntó Boldrini a la necesidad de una profundización de la temática relacionada con la dimensión social de la Europa unida, lo que no está nada mal si el apunte no se queda en mera retórica celebratoria; la ausencia de una preocupación social paralela a la liberalización del mercado de capitales ha sido una de las carencias más marcadas en todo el trayecto comunitario, muy singularmente en su último avatar, desde los años noventa del siglo pasado y a partir del crac de 2008.
El belga Siegfried Bracke describió los tratados de 1957 como el arranque de una nueva Roma; no un nuevo imperio, sino una nueva civilización. Romano Prodi describió una Europa moviéndose a dos velocidades, pero acogedora y abierta a todos. Ana Pastor, presidenta del Congreso español de los Diputados, demandó más esfuerzos para transmitir a las generaciones jóvenes que la integración europea “ha valido la pena”.
Me pregunto en qué estaba pensando Pastor al hacer esa observación. Más en concreto, cuál es la pena que ha valido, y cómo evaluarla. Sergio Mattarella, presidente de la República italiana que recibió a los parlamentarios europeos en el Quirinal, había reconocido en su alocución que la integración europea alcanzada “es, en gran medida, mejorable”. Habrá un fuerte despliegue policial durante todas las celebraciones, por temor a la presencia de “elementos provocadores de tendencia anarquista y antisistema”. Es preciso concluir que la Unión no atraviesa por momentos felices en lo que se refiere a reconocimiento y popularidad entre los jóvenes. Ni entre los ancianos. Ni los euroescépticos. Ni los liberales. En fin, casi entre nadie.
El contraste entre los discursos y los acontecimientos que se desarrollan detrás de las bambalinas puede ser penoso. El presidente del Eurogrupo Jeroen Dijsselbloem, castellanizable como Jerón Diselblón para entendernos mejor, pasa por momentos delicados debido al desastroso resultado de su partido en las recientes elecciones holandesas. Es más que probable que, cuando se forme gobierno, se vea obligado a dejar su cargo de ministro de Finanzas, y eso, en virtud de una ley no escrita, lo descartaría como jefe del Eurogrupo. Hay dos resquicios en los que intenta resguardarse contra la némesis terrible que le amenaza con ser descabalgado simultáneamente de su posición holandesa y de su cargo europeo: la primera es precisamente que se trata de una ley no escrita, y Jerón clama que si no está escrita es que no existe. ¿Desconoce tal vez la fuerza de la costumbre inveterada como fuente del derecho, que a todos los estudiantes se nos enseñó ya en el primer curso de la carrera? El segundo resquicio es que el puesto, en virtud de los equilibrios y las componendas establecidas entre la crema de la élite, habría de corresponder a un ministro de Finanzas del grupo socialista, y, dada la situación muy precaria de la socialdemocracia en el actual establishment europeo, no se avizora a nadie que pueda ofrecerse como recambio. Luis de Guindos sería capaz de cualquier cosa por postularse, pero está descartado porque los conservadores ya acumulan un récord de cargos, y uno más haría hasta feo. La alternativa de un griego o un portugués sería para los Guardianes de los Tronos tanto como entregar al enemigo las llaves de la fortaleza.
De modo que ahí queda la incógnita. Diselblón, por su parte, se siente a gusto en la poltrona y dice que hasta el año 18, que es cuando toca, nadie le va a mover de su silla por más que caigan chuzos de punta. El idealismo del mensaje de Baldrini viene a chocar así con las rugosas asperezas y las afiladas aristas de la realpolitik.
¿Europe First?
 

viernes, 17 de marzo de 2017

CAMBIOS EN EL CALLEJERO DE MADRID


El colectivo llamado “Comisionado de la Memoria” ha terminado su trabajo sobre el callejero de Madrid-capital y alrededores con la propuesta de 47 cambios de nombres. Los he estado examinando uno por uno. En general me parecen bien las propuestas, producto de un sensato deseo de consenso amplio, y no de trágalas desafinados. El nomenclátor madrileño lucirá más con los nuevos nombres. Una de las calles de nombre más abiertamente fascista, “Caídos de la División Azul”, se redimirá con el recuerdo de la matanza terrorista de la estación de Atocha: “Memorial 11 de Marzo de 2004”. Tanto el PP como C’s han anunciado enmiendas al trabajo del Comisionado, pero espero de ambas formaciones – el beneficio de la duda es siempre de rigor en estos casos – que no enmienden ese cambio en concreto.
El paseo de Muñoz Grandes pasaría a llevar el nombre de Marcelino Camacho; la calle José Luis de Arrese honraría al Poeta Blas de Otero; la de los Héroes del Alcázar, a la filósofa Simone Weil. La Avenida del Arco de la Victoria quedaría rebautizada como Avenida de la Memoria. El cambio más chocante a primera vista es el de la plaza Arriba España, que pasaría a denominarse Charca Verde. Suena duro, pero existe una explicación: la plaza se forma a partir de un ligero ensanchamiento de una calle, y la calle se llama Charca Verde. No hay intención aviesa, por consiguiente, en la nueva propuesta. Nadie se dé por ofendido. Peor aún suena que Charca Verde desemboque en Arriba España, y es precisamente lo que está sucediendo con el nomenclátor actual.
Los cambios, entonces, pintan bien, a mi juicio. Los tiempos de verbo en condicional de todo el párrafo anterior obedecen a que, para consolidarlos de forma definitiva, está pendiente todavía la opinión de las respectivas Juntas de Distrito. Pero si a las Juntas no les parecen bien los nuevos nombres, no pasará nada grave. Se consensuarán otras denominaciones. Las piedras serán las mismas en todo caso, los accesos llevarán a los mismos lugares, y el cambio de nomenclatura no significará en principio un cambio de sentido.
Salvo por el hecho de que los nombres nunca son inocentes.
Hacía mucha falta una mano de pintura en un nomenclátor procedente directamente de la dictadura, para eliminar, o disimular, costrones y cochambres antiguas. De eso se trataba.
La noticia ha visto la luz el mismo día en que ETA ha anunciado su desarme incondicional y unilateral. Nos hemos quitado a un tiempo dos losas de encima.
 

jueves, 16 de marzo de 2017

LA NUEVA PIEL DEL CAPITALISMO


Así se titula el nuevo libro de Antón Costas y Xosé Carlos Arias (Galaxia Gutemberg). He leído hoy en elpais, en catalán, una entrevista de Lluís Pellicer a Costas con motivo de la aparición del libro, que tengo intención de comprar. Siempre es provechoso leer a Costas, no tanto porque sea catedrático de Política Económica, sino sobre todo porque es un conservador razonable. Necesitamos hoy más personas razonables (razonadores lo somos todos), y también seguramente más personas conservadoras. Tengo un vago recuerdo de que en una ocasión Pier Paolo Pasolini afirmó que el Partido Comunista Italiano era el más conservador del arco parlamentario de su país, en el sentido de que trataba de conservar bienes y derechos valiosos mientras otros “conservadores” de título no tenían escrúpulos en hacerlos desaparecer de tapadillo por el desagüe. No digo con esto que Costas tenga nada que ver con los comunistas, ni siquiera con los italianos; pero sí tiene que ver con la operación delicada de conservar aquello que vale la pena de ser conservado, y tirar por el escotillón la ganga que nos colocan  en el candelero con argumentos artificiosos.
Dice Costas que el capitalismo de hoy está afectado por dos “mutaciones patológicas”, que son la desigualdad social extrema y la hiperfinanciarización. A ambas se suman unos monopolios en crecimiento elefantiásico que se comportan como diligentes extractores de rentas de los hogares de estratos sociales medios y bajos, abocados a unos niveles prácticamente obligatorios de consumo inducido. Las ganancias obtenidas se van depositando en fondos de inversión opacos, y la búsqueda de rentabilidad inmediata de esos fondos prioriza la especulación y obstaculiza la viabilidad de los “proyectos de empresa” asentados en el largo plazo y en la utilidad social del producto o servicio que proporcionan. El crédito bancario tiende a rehuir entonces los plazos largos de los procesos productivos, para buscar sus mejores opciones de ganancia en el "casino" de una economía predominantemente especulativa.
En ese contexto, las viejas soluciones de la socialdemocracia son insuficientes en la medida en que se basan en la simple redistribución de las rentas, cuando hoy esa redistribución se está realizando por otros medios y con criterios distintos de los del Estado social. La reacción que está apareciendo con fuerza es la de una política “a la contra”: revueltas populares, auge del populismo y aparición en el escenario mundial de líderes autoritarios y megalómanos.
Costas critica los excesos de una etapa de economía sin política (un “cosmopolitismo dogmático y acrítico”, lo define), y rechaza también su contrario, una política sin economía, demagógica y simplificadora. Es necesaria la economía al lado de la política, pero asignando al economista, al “experto” capaz de proponer soluciones, el papel de hablar, no al poder, como ha venido haciendo hasta ahora, sino a la sociedad. Recuperar la función dirigente de la democracia participativa, promover la libre competencia, frenar el poder de los monopolios y de los movimientos especulativos de las finanzas, serían prescripciones útiles para remediar las deformidades patológicas del actual capitalismo con nueva piel.
De seguir esas prescripciones seguiríamos, eso sí, dentro del territorio del capitalismo; un capitalismo, diría yo, con las uñas recortadas. Habrá a quien no satisfaga la receta. No obstante, las propuestas razonables situadas dentro de un pensamiento conservador, pueden ser una herramienta formidable de consenso para enderezar el rumbo sesgado de una economía en estado salvaje y peligrosamente no sostenible.
 

miércoles, 15 de marzo de 2017

TALIBANISMO EXTRADEPORTIVO


Un talibán del madrileñismo, de nombre José María Melendo, encabeza una cruzada extravagante dirigida a convertir una proeza deportiva, la remontada del Barça contra el París-Saint Germain, en un suceso vergonzoso. Nadie en París se ha tomado el arbitraje del turcoalemán Aytekin con tanto ardor; hay azares incontrolables en la práctica deportiva, y es evidente que las apreciaciones del árbitro, que no es un ser infalible, influyen en un sentido o en otro; también la meteorología, el estado del césped, la actitud del público, el miedo escénico, incluso la hora fijada para el encuentro. Nadie, que yo sepa, había pedido formalmente nunca la repetición de ningún partido por ninguna de estas cuestiones. Y mira que errores arbitrales garrafales los ha habido, incluida la “mano de Dios” de Maradona que decidió un Mundial. Melendo ha innovado en el tema, sin la menor probabilidad de que la petición sea escuchada porque, además, crearía un precedente peligrosísimo para la fijeza de los resultados deportivos.
No creo, por todo ello, que la iniciativa del forofo madridista se dirija al fin que en apariencia reclama, sino a rebajar en el inconsciente colectivo el mérito de unos jugadores que hicieron un partido estupendo, dominaron en todo momento a su rival y condujeron el juego de ataque con un alto grado de inspiración y de virtuosismo. El único problema para admitir semejantes hechos probados es que quienes lo hicieron no fueron los jugadores del Real Madrid, club de los amores del señor Melendo, sino los del FC Barcelona, sobre los que se extiende la sombra eterna de su aborrecimiento.
Todo lo cual es perfectamente lícito en democracia. Las extravagancias de los forofos furibundos son la sal de la tierra, el fútbol sin personajes tales como Pedrerol, Roncero o este Melendo se nos haría tan aburrido como, al parecer, resulta el sexo normal para los adictos a las sombras de Grey.
Lo verdaderamente insólito es que en un programa deportivo de gran audiencia, en una televisión pública, el presentador lance a las ondas la siguiente pregunta: «¿Tienen razón las 200.000 personas que piden la repetición del Barça-PSG? - Sí - No - NS/NC»
Un hecho así, y hablo ya al margen del deporte, plantea cuestiones inquietantes sobre el papel de los medios públicos en las modernas sociedades del espectáculo. En un primer análisis, se lanza un debate apasionado sobre una trivialidad al modo de una cortina de humo, en momentos en que muchos representantes conspicuos del estamento político se están viendo colocados frente a juicios muy severos relativos a sus ligerezas culpables con las finanzas públicas. En el trasfondo, y de forma más solapada, la pregunta, que ni va ni viene al Real Madrid ni al deporte español en general, hurga en las contradicciones y los enfrentamientos instalados desde hace tiempo entre comunidades. No se promueve el debate; se atiza el odio. Desde una cadena de televisión pública. De forma torpe y gratuita. Tomando como pretexto una iniciativa ridículamente exagerada e inverosímil.
¿Así se hace país?
 

martes, 14 de marzo de 2017

SIN ESTRÉPITO Y SIN FURIA


Doy cuenta de la lectura prácticamente consecutiva de tres buenos artículos de tres grandes articulistas, en torno al momento congresual de Comisiones Obreras.
Ignacio Muro (en “bez”) se centra sobre todo en los desafíos y las tareas que aguardan al sindicato en una época novedosa por muchos motivos, y en la que habrá de actuar a contrapelo del paseíllo militar, con banda de música incluida, que el pensamiento único neoliberal pretende realizar con vistas a un nuevo milenio de hegemonía. Los breves apuntes de Ignacio dibujan un marco de actuación difícil pero posible, bajo un paradigma de la producción novedoso que ofrece, dentro de las dificultades que implica, mil razones y mil oportunidades para incidir.
Antonio Baylos, en Nueva Tribuna, apunta a los recambios generacionales en la dirección, y a la forma como se han llevado a cabo. Sin primarias, sin confrontación mediática de candidaturas, sin chisporroteo, a partir del debate pausado de los materiales y de un consenso inmenso tanto sobre las políticas como sobre las personas. Sin estrépito y sin furia. Tales son, recordará el lector, las dos cualidades que según la señora de Macbeth hacen que la vida se asemeje a un cuento contado por un idiota: llena de estrépito y de furia, carente de todo significado.
No ha habido furia ni estrépito, y sí en cambio un significado profundo en el camino emprendido por Comisiones Obreras. Quizá conviene detenerse un punto en la singularidad de un sindicato que, a pesar de verse zarandeado desde todos los acimuts, ha sido capaz de encontrar en sí mismo, en el patrimonio acumulado a lo largo de años marcados por la resistencia, la alternativa y la defensa cercana, a ras de tierra, de los derechos del conjunto asalariado, la fórmula para abordar unos cambios necesarios – cambios de personas, cambios de perspectivas –, desde la identidad. No es ese el talante de otros sujetos políticos, mucho más propensos al transformismo o al arrebato. Yo diría que se desprende una lección provechosa para todos de estas jornadas particulares, puesto que, sin ningún hincapié especial en las cajas de resonancia propias de las redes, ha sido el colectivo implicado el protagonista real de una decisión difícil, sin que se haya alzado ninguna voz por encima del diapasón de una normalidad asumida.
Y el tercer buen artículo lo firma José Luis López Bulla, en el blog de aquí al lado, con una llamada a la feminización del sindicato como consigna urgente. Siempre han estado ahí las mujeres, de una forma u otra; pero ahora se necesitan más mujeres en los puestos de dirección, más decisiones trascendentes de mujeres, una aportación colectiva más relevante para acabar con los estigmas que las han relegado históricamente a una situación de subordinación respecto de los subordinados.
Mientras las infantas y las lideresas siguen cantando la palinodia del “yo de esto no sé nada, el que entiende es mi marido”, las mujeres trabajadoras se disponen a tomar cartas decididas en el asunto para hacer valer erga omnes sus derechos, y su forma de entender la vida, y la conciliación de las tareas laborales y familiares; para que, con ellas, todos juntos demos un salto adelante en lo relativo a la condición y a la dignidad del trabajo.
Las mujeres en el sindicato son aún un capítulo abierto, una asignatura pendiente, la idea de una recomposición necesaria para definir sin complejos un cambio radical de estrategia. Porque sin ellas, la lucha por la igualdad de todas/os no se sostiene.
 

lunes, 13 de marzo de 2017

GEMMA DONATI


Dicen, o decían algunos en tiempos pretéritos, que detrás de cada gran hombre se puede encontrar a una gran mujer. A veces resulta difícil descubrirla. Apenas sabemos nada de Gemma di Manetto Donati, que fue esposa de Dante, tuvo de él cuatro hijos – tres varones, Giovanni, Iacopo y Pietro, y una chica, Antonia – y sobrevivió a su marido durante un decenio por lo menos. Se sabe porque reclamó en 1329 por vía notarial su dote, que había sido confiscada, junto al resto de las pertenencias del atrabiliario poeta y político, por el Governo della Signoria.
Los esposos no debieron de llevarse mal. Las dos familias habían concertado el matrimonio cuando Gemma y Durante (todo el mundo le llamaba Dante) eran dos mocosos que apenas levantaban un palmo del suelo. Pudieron tener la misma edad, él nació en 1265, y de ella se calcula la misma fecha, aunque no hay constancia documental. Dado el curso tormentoso de los acontecimientos posteriores, los Donati en peso votaron en su día a favor del destierro del incómodo Alighieri, motivo que no impidió que él siguiera demostrando un afecto particular a varios de sus parientes políticos.
Sin embargo, en toda su obra literaria Dante no incluyó la menor mención a su legítima. Puede que quisiera reservarla en un santuario muy especial, tal vez una torre de marfil, y tenerla allí a salvo de murmuraciones (no las evitó; primero por parte del fenomenal cotilla que fue Giovanni Boccaccio, y siglos después, de la pluma de un literato olvidable, de nombre Vittorio Imbriani).
Pero si esa fue su intención, ¿por qué se comportó de un modo tan diferente con “Bice” (Beatrice) Portinari? Afirma el propio poeta que la vio tan solo dos veces en su vida; la primera dejó en su ánimo una impresión tan honda, que desde entonces callejeó con la esperanza de cruzarse de nuevo con ella por el barrio del que todos, los Donati, los Portinari y los Degli Alighieri, eran vecinos. Su insistencia tuvo premio tan solo nueve años después; Bice, rodeada de sus damas de compañía, estaba aquel día de buen humor y, además de sonreírle al pasar, le dirigió un breve saludo con la mano.
La breve visión provocó un cataclismo emocional, que nos ha dejado uno de los sonetos más bellos que jamás han sido escritos: Tanto gentile e tanto onesta pare, incluido en el capítulo 26 de Vita Nuova. Después, en la Commedia el poeta convirtió a Beatrice en su guía en el paraíso, adonde no podía acompañarle Virgilio por no ser creyente. Mientras, ignorante de tanta adoración, Bice se había casado con Mone (Simone) dei Bardi y había muerto en la flor de la edad, a los 23 años. Su nombre y sus rasgos imaginados han recorrido todos los capítulos posteriores de la historia de la literatura y del arte. ¡Vaya con el ruido que ha armado a lo largo de los siglos la risueña Beatrice! Mientras tanto, la silenciosa Gemma no ha dejado huellas perceptibles de su larga existencia tan parecida a cualquier otra, tan repleta sin duda de cotidianidad afanosa y de heroísmos mínimos.
 

domingo, 12 de marzo de 2017

ESTABILIDAD RELATIVA


Desde el Consejo de Europa se ha pedido al gobierno español la reconsideración de la reciente reforma que da al Tribunal Constitucional la potestad de suspender a cargos institucionales electos, por causa de incumplimiento de las propias sentencias del TC. Algún medio de prensa ha calificado la tal recomendación de “varapalo”. Tal vez lo sea en el fondo, pero en la forma el gobierno del PP podrá seguir adelante con sus propósitos, sin mayor molestia que un ligero encogimiento a fin de absorber mejor el dolor en el costillar castigado. Ni la Comisión de Venecia ni el Consejo Europeo tienen a efectos de política interna más autoridad que la que deriva de un consejo sensato y amistoso. Otra cosa será cuando la cuestión llegue al Tribunal de La Haya, pero hasta entonces puede llover mucho, y la única intención de Mariano con esta bonita finta jurídica es ganar tiempo.
Ganar tiempo ¿para qué? La respuesta es simple y circular: ganar tiempo, a Mariano le permite ganar tiempo. No hay nada detrás de esa realidad: ninguna estrategia a largo plazo, ninguna meditación acerca de un tiempo de sazón más oportuno. Mariano tiende a conducirse (espero que se entienda rectamente la metáfora circunstancial, compatible con el respeto más profundo a la persona) como el burro que mueve la noria con su esfuerzo circular. Su  único propósito de fondo es eternizarse a sí mismo allá arriba, conseguir que todos se acostumbren a verle al mando.
Sol Gallego-Díaz especula en elpais sobre el “espejismo de la estabilidad” y señala que el gobierno habrá de buscar votos externos para aprobar los presupuestos, y que se trata de una situación que no puede eternizarse. Pero no está claro que no sea posible de un modo u otro eternizar la situación, eso en primer lugar. En segundo, Mariano, hombre profundamente serio, no está por hacer carantoñas al PNV. Tampoco a Ciudadanos, dicho sea de paso. Los dos últimos mensajes a Rivera han sido sintomáticos: uno, que él no da por rotos los compromisos adquiridos en torno a la lucha contra la corrupción, muy al contrario. A pesar de lo que está sucediendo con el presidente de Murcia; a pesar de que sigue todavía sin ponerse en marcha la comisión acordada sobre las impresentables actuaciones del ex ministro del Interior. En ambos casos, Rajoy sigue haciendo valer de un lado la presunción de inocencia, y trabaja al mismo tiempo subterráneamente para que nunca se lleguen a reunir las pruebas materiales que harían quebrar tal presunción.
La otra advertencia a Rivera ha sido que mucho ojito con Podemos, que se están dando unas complacencias de C’s por esa banda que no gustan nada en la corte.
Rajoy se comporta en todo como un monarca absoluto con sus vasallos. No tiene, de hecho, una mayoría absoluta; pero finge tenerla, y le resulta. Tiene a Rivera sujeto por hilos invisibles, y está en condiciones de presionar a un PSOE dividido y en horas bajas, desde varios ángulos. Desde el Congreso mismo, situándolo frente al espantajo de un sorpasso de Podemos; desde el Senado, donde la preeminencia del PP es absoluta y donde Mariano quiere ubicar, para mayor comodidad, la comisión parlamentaria que investigará a Fernández Díaz; y también desde el “poder” judicial, terreno en el que los dos partidos juegan a repartirse cuotas de influencia asimétricas, basadas en los añejos principios medievales de la feudalidad y el vasallaje.
Por si fuera poco, la corte mediática que rodea al gobierno es numerosa y nada tímida en el momento de expresarse. Hemos visto manifestaciones recientes de acatamiento al poder y hostilidad desbocada a sus enemigos, por parte de Victoria Prego, Felipe González, Mario Vargas Llosa, Juan Cruz y Jorge M. Reverte, cito los que me salen de memoria y ahorro al lector un largo etcétera. Una plétora de personalidades “independientes” colabora esporádicamente en el apuntalamiento de la estabilidad relativa del gobierno numéricamente inestable de Mariano. Hoy disparan todos contra Podemos, desde la ficción consensuada de ser víctimas todos ellos de los modos amenazantes y la sanfasón populista de los podemitas. Pero en el momento crítico de la aprobación de los presupuestos, el PSOE se verá en serios apuros para sobrellevar las azagayadas de esa tropa, caso de empeñarse de nuevo en mantener la fórmula, ya acuñada y probada con escasa fortuna, del “No es No”.
 

sábado, 11 de marzo de 2017

MAS UNA VEZ MÁS


Ya no es la CUP la que pide a Mas un paso al costado; ahora es la propia dirección del renacido PDECat la que, colocada frente al precipicio, ruega al ex president valentía para dar un gran paso adelante. La noticia viene en lavanguardia, no es una invención de ABC ni de los alegres pistoleros de la caverna madrileña. “Hay que matar de nuevo al padre, pero no sabemos cómo”, se lamentan los flamantes dirigentes democrático-europeos. “Nadie quiere una carnicería, ya tenemos bastante con la que está cayendo.”
Artur Mas se lo ha buscado. Auguró un choque de trenes y colocó imperturbable su convoy en trayectoria de colisión. Algunos piensan que la catástrofe aún está por llegar, porque no se ha activado el 155 de la Constitución. Pero hay víctimas del siniestro, cuéntenlas. Mas fue una de las primeras, y ahora reincidirá, por haberse empeñado en irse sin irse, en tomar billete de ida y vuelta en el mismo tren que ya estrelló una vez. Mas morderá el polvo una vez más.
Le ha caído encima el tema del 3 o 4%, más el asunto del Palau. Es decir, polvos ya aireados en las crónicas de antaño, y hoy convertidos, por falta de saneamiento adecuado, en lodos pestíferos. Suele ocurrir en las fugas hacia  adelante que las viejas cuentas no pagadas acaban por alcanzar al fugitivo. El cartero siempre llama dos veces.
Hace pocos días unos revendedores de papel murieron aplastados por toneladas de periódicos guardados en unas estanterías, que cedieron. Salvando diferencias de detalle, a Mas le está ocurriendo lo mismo; lo mata el peso de la hemeroteca.
Lo cual no impide que componga la figura y siga manteniendo que todo es mentira, una conspiración urdida en Madrid, un delirio senil de dos octogenarios. En vano. Nuevas pruebas apabullantes saltan cada día a los titulares de la prensa. Aun así, Mas quiere pilotar el nuevo bólido de Convergència, para el circuito de las elecciones, para el del referéndum, y para el aplazado viaje a Ítaca. Pero el vehículo tiene roto el motor, porque el motor era Mas, y su escudería anda buscando con urgencia un recambio. Puigdemont ya ha renunciado a serlo.
Como último argumento, un Mas cada vez más autista, más encerrado con un solo juguete, niega la pringue que le rezuma y plantea la cuestión como un caso de ojeriza personal por parte de otros. “¿Qué quieren, que lo deje todo? Debo molestar mucho, ¿no?”. Lo ha dicho en una entrevista radiofónica en RAC1. Molesta, sí. Ya no solo a los compañeros de viaje, CUP y Esquerra, sino a las mismas huestes del partido que fue el suyo. Horrorizadas, ven cómo la presencia de este estafermo agitando en el aire los brazos en mitad del campo de batalla les impide cualquier maniobra defensiva en el momento en que se masca la derrota y la única idea que parece inspirar a los votantes es empezar a hacer, ordenadamente, mutis por el foro.   
 

viernes, 10 de marzo de 2017

LA CLASE REINVENTADA


Corren malos vientos para la lucha de clases; en general, se estima que se trata de un concepto caducado por no adaptarse a las crecientes complejidades de la estratificación social en las sociedades postindustriales. Un experto en la materia tan poco sospechoso como Bruno Estrada ha dejado escrito: «Que la clase social sea el envolvente emocional colectivo de un abanico de trabajadores tan diverso y plural se me antoja un ejercicio político baldío.» (1)
Dejemos a un lado los “envolventes emocionales colectivos”; mal servicio haremos a la obra de Marx considerando la conciencia de clase como un factor emotivo, un mero ideal subjetivo de “comunidad”. Así pues, si el recurso a la clase y a los intereses de la clase es un “ejercicio político baldío”, por fuerza eso significa que la lucha de clases ha dejado de ser – si alguna vez lo fue, que esa es otra cuestión – el motor de la historia.
Sigamos el razonamiento de Estrada: «La ciudadanía democrática debería ser el catalizador de los sentimientos de pertenencia a una comunidad incluyente. La enorme virtualidad social de la democracia es que nos permite sentirnos individuos libres a la vez que formamos parte de una colectividad en cuya definición participamos.»
No pretendo discutir esta afirmación; la aplaudo y la subrayo. Es solo que no veo contradicción ni incompatibilidad entre la clase y la ciudadanía. En primer lugar, los dos conceptos corresponden a dos lugares diferenciados del proceso histórico enfocado hacia la humanización de las relaciones humanas. Me excuso si la última frase parece redundante; la humanidad, en la teoría de Marx, no es un punto de partida sino un punto de llegada de la historia, y aparece como epifanía una vez eliminados vicios originales tales como la propiedad privada y su corolario, la explotación del hombre por el hombre. (Afinemos esta última formulación: explotación de una persona por otra persona, que nadie ponga en duda que las mujeres forman parte necesaria y en condiciones iguales de todo el proceso.)
Pues bien, la clase es un concepto situado en el inicio del trayecto; agrupa a todas/os aquellas/os que solo pueden ofrecer en el mercado su fuerza de trabajo, porque carecen de medios propios de subsistencia. La clase agrupa en principio a las personas humanas sometidas a la explotación de su trabajo subordinado y heterodirigido; la ciudadanía, en cambio, aparece en mitad del camino hacia la emancipación, como ingreso en la pertenencia a una comunidad más amplia que la propia clase.
Entonces, ¿por qué contraponer clase a ciudadanía, por qué imaginarlas incompatibles, cuando tan bien se complementan y se refuerzan las dos situaciones en un contexto que impulsa constantemente a seguir avanzando más allá, hacia la humanización plena de las relaciones sociales, sin conformarse con hacer punto final en la mitad del camino?
Pero es posiblemente necesario redefinir la clase, o incluso reinventarla, porque (en eso tiene toda la razón Estrada) hoy sus signos distintivos son mucho más imprecisos que en el siglo XIX, porque sus límites se difuminan y las situaciones subjetivas (emocionales, si se quiere) que comprende se han ido extendiendo y diversificando hasta formar una maraña difícil de devanar.
No será posible abarcar a toda la clase en una definición escueta, sencilla y movilizadora, al estilo de: la “gente” contra la “casta”. Esa fórmula no funciona. Por muchas razones, pero sobre todo porque no da una idea de dirección ni de avance. Tomada como idea central, dibuja una confrontación social puramente estática, sin abrir ninguna perspectiva más allá de la indignación (y es que, como bien advertía Pietro Ingrao no hace tantos años, “indignarse no basta”).
La lucha de clases ofrece, por lo menos, una articulación y una coherencia mucho mayores que la dicotomía gente/casta. Las categorías utilizadas no son un totum revolutum, no son ni mucho menos “transversales”: de un lado están los poseedores de los medios de producción; del otro, los meros poseedores de su fuerza de trabajo subordinado y heterodirigido. Las líneas maestras de avance serán entonces:
Primero, la conquista de una sociedad de iguales frente al principio secular de la subordinación de unas clases sociales a otras. En ese camino se encuentra la ciudadanía como un objetivo intermedio, que significa la vigencia de unos derechos y unos deberes concretos que son iguales para todas/os.
Y segundo, la aportación progresiva de elementos de autoconciencia y autodirección en el trabajo heterodirigido, de forma que este sea cada vez más autónomo, más racional, más eficiente, más útil al común, y en último término, más humano.
 


 

jueves, 9 de marzo de 2017

EL SUBIDÓN


Lo digo sin ningún rubor: yo nunca creí en la posibilidad de una remontada del Barça. Soy agnóstico, los milagros no existen y la ley de las probabilidades dejaba solo un resquicio, una fracción ínfima para un resultado favorable. Cierto que los chicos son magníficos, y todo eso. Y que los jeremías que llevan cinco o seis años diciendo que se ha acabado el ciclo no causan ninguna grieta en la coraza de mis convicciones últimas. Estas son que el Barça puede ser en ocasiones el mejor equipo de fútbol del mundo, pero no todas las semanas, no en todas las competiciones, no partido a partido y año tras año. Porque eso no puede ser, y lo que no puede ser es imposible. Alguna vez tiene que perder. Alguna vez ha de quedar eliminado por otro plantel de jugadores también excelentes.
Eso no quita que quisiera ver el partido de vuelta contra el PSG. Ya había visto entero el de ida en París, sin pestañear, sin zapear a otro canal, sin lanzar maldiciones ni postular que esos figuritas de belén son todos unos sinvergüenzas y unos vagos, sin gruñir que ninguno de ellos se merece el sueldo que cobra. (En relación con lo que cobran los futbolistas de elite, no emito juicios de valor. Hay artistas que cobran una millonada por cuatro pinceladas en un cuadro que ni se entiende lo que quiere representar. ¿Es justo eso, o es un abuso? ¿Cuál es el precio equitativo que debe cobrar alguien tan bueno en su oficio que es capaz de sobresalir por encima de toda la numerosísima competencia?)  
Vi en consecuencia el partido de vuelta, y disfruté mucho a lo largo de la velada pero sin creer en ningún momento que la remontada, a pesar de que tenía visos de posible, se haría efectiva a fin de cuentas. Entonces, lo que ocurrió en el minuto 95, apenas a diez segundos de consumarse el tiempo añadido, fue un tremendo subidón.
Tampoco me lo creí entonces, de primeras.
“¿No ha habido fuera de juego? ¿Va a pitar fuera de juego?”, pregunté (a nadie, al destino) cuando observé que el guardameta rival agitaba el brazo, en ese gesto casi instintivo de todos los metas fusilados por un puntapié a bocajarro que reclaman posición ilegal.
No había fuera de juego, no se señaló fuera de juego. El marcador mudó para exhibir impertérrito el improbable 6-1 con el que tantos habíamos soñado, y los jugadores se fundieron en montón sobre el césped como los naipes de una baraja desparramada sobre el tapete verde de juego.
No fue el mérito, no la constancia en la fe. Ambos elementos podían haber sido exactamente iguales, y sin embargo no haber alcanzado Sergi Roberto con el empeine aquel balón enviado en parábola por Neymar. O haber tocado el balón con un exceso imperceptible de fuerza, suficiente para enviarlo por encima del larguero.
No hubo ninguna conjunción esotérica con ningún destino prefijado por un oráculo. Las cosas ocurren, simplemente. Hay un componente grande de azar en todo lo que, por el hecho de suceder, viene con su ocurrencia a desmentir minuto a minuto tantas otras cosas diferentes que también podían haber sucedido pero quedaron en el limbo de lo inédito. Alea, decían los romanos. Alea jacta est, balón adentro.
El éxito final fue menos aún consecuencia de un “som i serem” que algunos, el inefable Puigdemont el primero, se han apresurado a entonar con un orgullo corporativo tanto más ridículo en el día en que Montull está declarando ante el juez, por el asunto Palau. No es más que vanidad el buscar una relación entre las glorias deportivas de un grupo de mercenarios, en el sentido más respetable de la palabra, y los avatares de la nación que les alberga.
Dicho y sentado todo lo cual, y rubricado ante notario si preciso fuere, dejo también constancia de que aquel minuto 95 me supuso un subidón como pocas veces he sentido.
Veremos qué ocurre en cuartos de final.
 

miércoles, 8 de marzo de 2017

EL SÍNDROME DE SAN ISIDRO


Decía hace ya algunos años Manuela Carmena que, dentro de los parámetros de su generación (que es la mía), se consideraba afortunada en su relación de pareja, aunque con algún matiz: «[Eduardo] siempre admiró mi capacidad profesional, respetó mucho mi vocación. Otra cosa es que lo de lavar los platos siempre pensó que era mejor que lo hiciera san Isidro.» (1)
Posiblemente la alusión al santo resulte enigmática para las generaciones más jóvenes, poco familiarizadas con nuestro santoral. Isidro, labrador y santo patrono de Madrid, tenía la costumbre inveterada de postrarse de rodillas a cualquier hora del día para orar al cielo con fervor extático. Halagado por tanta piedad, pero precavido ante los resultados previsibles de un ejercicio tan drástico de la misma, el Señor le escuchaba complacido desde las alturas, pero al mismo tiempo enviaba a un par de ángeles de servicio para que empuñaran el arado y roturaran el campo, sembraran y/o cosecharan.
Ese síndrome de san Isidro lo hemos tenido a mansalva los varones de mi quinta. En la sociedad en la que vivíamos, se daba por descontado que estábamos exentos de fajina. Ayer, de forma incidental en la escritura de un post políticamente poco correcto, señalaba los cuatro ámbitos en los que transcurría antes la vida de las personas, en forma de doble contraposición: el lugar de trabajo, marcadamente viril, frente al hogar, exclusivamente femenino; y el templo, frecuentado por una parroquia predominantemente  mujeril, frente al burdel, reservado a los caballeros de posibles.
Fuimos educados y entrenados de forma exhaustiva en esas divisiones. Mi madre nunca me dejó pisar la cocina de casa, salvo que fuera allí para llevar alguna noticia o para picar algo en la nevera (picar de la nevera era prerrogativa varonil, terreno de conquista; de ninguna manera un desdoro para nuestra masculinidad). Las reivindicaciones feministas hubimos de asumirlas en tiempo real, a medida que empezaban a expresarse en nuestro entorno con la aparición de grietas cada vez más marcadas en el bloque granítico del franquismo sociológico.
No estuvimos demasiado diligentes en la tarea. Lo ha expresado así Cristina Almeida (tomo la cita del mismo libro ya reseñado antes): «Nunca había visto planteada en mi gente, en mis gloriosos camaradas, en mi Partido, en todas las cosas, no había visto planteada esa cuestión de género. Y daban por supuestas todo ese tipo de desigualdades sin cuestionarlas. Por lo tanto, para mí aquel día nació un cuestionamiento global del modelo político, del modelo de militancia, de muchas cosas, y se contaminó todo mi compromiso con el compromiso de la lucha feminista.»
No sé decir si las cosas están ahora algo mejor, o algo peor que entonces. Hay seguramente más conciencia feminista en muchos varones; hay también una hostilidad mucho más marcada, en otros ámbitos. Es evidente que el machismo tosco no ha remitido. Con todo nuestro síndrome isidril a cuestas, a los hoy setentones jamás se nos habría ocurrido llamar “feminazis” a las defensoras de determinadas reivindicaciones.
La línea de solución de unos problemas en los que nos jugamos entre todas/todos una libertad plena y compartida, la veo en la ruptura con las estructuras de género en los cuatro grandes ámbitos citados, a saber: feminización del lugar de trabajo, masculinización del hogar familiar, y desaparición de la iglesia y el burdel del horizonte social. Me refiero con esta última propuesta a que, si bien cada cual seguirá disfrutando de libertad para frecuentar el templo o la mancebía, es necesario eliminar las normativas sesgadas que se imparten desde los dos ámbitos sobre las formas más adecuadas de ser hombre y de ser mujer.
Un ejemplo muy claro de por dónde no deben ir las cosas lo tenemos en la estúpida campaña de los autobuses de Hazte Oír.

 

(1) Citado en I. Díaz, J.G. Alén y R. Vega, Cristina, Manuela y Paca. Península 2017.